EL CARTELITO
El alemán Christoph
Schlingensief (1960-2010) fue un “artista de acción”. Tal definición es lo
suficientemente holgada como para albergar todas las variaciones
interpretativas que a uno se le antojen, o ninguna. Por lo mismo es bastante
precisa para describir la actividad artística que Schlingensief desplegó a lo
largo de su breve residencia en la tierra. Con envidiable desparpajo y no poco
talento metió las manos y las patas en el cine, el teatro, la ópera, la
televisión, la dramaturgia, la performance
callejera, y por supuesto también en los muladares de la televisión. Pero lo que
caracterizó su quehacer artístico fue, sin duda alguna, su extraordinaria
capacidad de provocación intelectual y política. Schlingensief era en este difícil arte de la
comunicación una suerte de Rey Midas: todo lo que hacía se transformaba en un
gargajo en el ojo del establishment,
en una bravata al orden natural o espurio de las cosas (incluída en estas por
cierto, el cáncer que lo liquidó).
Advierto aquí
que estas pocas líneas están lejos de ser un piadoso in memoriam de Schlingensief. Tampoco son un loor obnubilado de su
obra, la que ofreció siempre –fiel a sí misma- un generoso espacio común para
el enfrentamiento de sus detractores y admiradores. Si hago esta necrológica
evocación de Schlingensief es porque acabo de terminar la siempre indigesta lectura
de la última encuesta de “opinión pública” que mes a mes se realizan en este
país en el que vivo y que junto a otros diecisiete millones insisto en llamar
mío aunque, mirado el asunto de cerca, este enunciado de posesión sea más que
dudoso. Fue, pues, esta lectura la que me llevó a recordar que en 1997
Schlingensief fue detenido por la policía alemana por encargo expreso de un
fiscal pequeñito por dentro y por fuera (muy parecido a otros) que lo imputó
por “incitación al magnicidio” y por el “delito de sedición”.
El origen
de estas imputaciones fue un cartelito que Schlingensief había mostrado en una
de sus famosas Kunstaktionen (“acciones artísticas”) en el marco de la Documenta de 1997; a saber, una de las muestras más importantes de arte
contemporáneo que se realiza quinquenalmente en la ciudad de Kassel.
El
cartelito en cuestión decía:
“Tötet
Kohl!” (“¡Maten a Kohl!”).
Recordemos
que a la sazón el democratacristiano Helmut Kohl era el canciller todopoderoso
de la nueva Alemania reunificada. El cartelito de Schlingensief levantó la
polvareda que él esperaba y fue motivo suficiente para que la derecha alemana
hiciera tronar sus trompetas morales llamando a impartir un correctivo ejemplar
al insoportable contestatario ácrata (el mismo que tiempo antes había organizado
excursiones natatorias de indignados para ir a mostrarle el culo a Helmut Kohl
en su residencia austriaca de verano en el Lago Wolfgang, como delicada señal
de desaprobación de su forma de gobernar). Afortunadamente los jueces de la
causa del Estado alemán contra Christoph Schlingensief, aceptaron la
argumentación de la defensa en el sentido que tal invitación al magnicidio no era
sino un recurso artístico. Una hipérbole, digamos, que simbolizaba, aunque de
modo extremo, la crítica radical del artista a la situación política general
del país y a sus gobernantes. Los magistrados reconocieron así el primado de la
libertad artística del bufón por sobre las razones de lesa majestad.
Volviendo
a las encuestas nacionales mencionadas más arriba, todos sabemos que ellas han
registrado una altísima temperatura del ánimo popular frente a los “gestores”
políticos tanto del gobierno como de la oposición, y ante la precariedad
funcional de las instituciones y poderes del chileno estado. No cabe duda que
en la actualidad esta temperatura se acerca con rapidez al nivel crítico que
precede a las explosiones sociales que suelen hacer historia. (Ingobernabilidad
la llaman los siúticos melindrosos). Después de leer tales estadísticas fue que
me recordé de la ominosa invitación artística que aquella vez Schlingensief
hizo a los alemanes en Kassel. Pensé que
quizá también en Chile ha llegado el momento de escribir un cartelito parecido.
Mejor varios.
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