29 de octubre de 2012

CONFIESO QUE HE VOTADO


CONFIESO QUE HE VOTADO

Consummatum est.
Acabo de regresar del Liceo Augusto d’Halmar de Ñuñoa: lugar de votación en las chilenas elecciones comunales deste año. Confieso que he votado con una acibarada mezcla de frustración, autocompasión y bronca. También con una considerable pizca de asco. Acaso lo hice en ejercicio de una de esas tantas supersticiones de las que somos prisioneros desde que nos nacieron, o guiado quizá por esa misma falta de imaginación que durante más de once siglos llevó a los siervos de la gleba a ahinojarse frente a su señor y el obispo, para reconocer así, en y ante ellos, la única forma posible de convivencia social a la que podían aspirar en su miserable y terrenal vida. Con seguridad hay otros muchos motivos de origen igualmente difuso en mi inconsciencia histórica que, nolens volens, me llevaron esta espléndida (y rápidamente podrida) mañana de domingo a cumplir con mi parte de monaguillo triste en esta misa negra con que nuestra mal llamada democracia celebra sus impudicias disfrazadas de virtudes. De lo único que estoy seguro (valga esto a modo de excusa repetida) es que no voté por alguien, sino solamente en contra de alguien: un neanderthalensis con aspiraciones de sapiens.

Ciertamente esta excusa no logra justificar mi participación en un rito que ha mucho se vació de contenidos para quedar en lo que ahora es: un mal guiñol sin luces ni gracia. Todos sabemos de sobra que desde la kafkiana metamorfosis de la democracia en mercado, el votante es ahora sólo un consumidor al que se debe convencer de las bondades de un producto que alguna vez se llamó esperanza y hoy se llama candidato. Las ofertas programáticas (si es que podemos llamarlas así) tienen la consistencia y el peso de un flato revenido. La vacuidad de los slogans que en vísperas de esta “fiesta democrática” (así el imaginativo tropo del subsecretario de los sobreprecios) daba cuenta de esta mutación es simplemente sobrecogedora. “¡Aquí estoy!”, “¡Siempre contigo!”, “¡Vamos por más!”,  “¡Te lo firmo y te lo cumplo!”, “¡Junto a ti las veinticuatro horas”, ¡Tú me conoces!”. La lista es larga. Ya se ha escrito bastante sobre la abrumadora estadística de estos eructos mentales (que en verdad deben leerse como un psicograma de curvas rojas), pero con seguridad aún no logramos entender su patología.

¿Por qué, a pesar de tal espeluzno con que se nos muestra esta “democracia”, insistimos en aferrarnos a su culto?

¿Por qué, cuando se trata de entonar el canto de sirenas con que Circe nos invita al naufragio de esta democracia en que navegamos, armonizan en perfecto dúo, voces tan disímiles como la del esclarecido Cristian Warnken con la del templario Gonzalo Rojas (el Otro, el Falso)? ¿Por qué el fresco trino incendiario de Camila Vallejo se funde en una sola nota con el rebuzno troglodita de un tal Moreira?  

¿Por qué pervive esa curiosa coralidad con que tirios y troyanos elevan sus ditirambos a esta farsa de expresión soberana del ciudadano “libre”?

No hago más que repetir algunas de las muchas preguntas que ya se han hecho y siguen haciendo otros más ilustrados e indignados, que en número creciente comienzan a descubrir que el Rey está desnudo, por mucho que él y sus cortesanos afirmen lo contrario. Mucho me temo que las respuestas a estas interrogantes, se encuentran más en las aproximaciones cognitivas de Levi-Strauss o Mircea Eliade a nuestros oscuros cultos ancestrales, antes que en los pretendidos racionalismos de la sociología o las ciencias políticas.

Ideada apenas hace dos mil años como una dinámica posibilidad del desarrollo humano compartido, la democracia hace tiempo que se ha empantanado en los cenagales del descrédito y la impotencia al que la han empujado los verdaderos dueños del poder. Otra esperanza humana petrificada en dogma. Otra audacia del pensamiento transmutada en estampita religiosa con forma de voto.

Entre los cultores de esta moderna superstición llamada democracia, no pocos se empecinan en afirmar que ella es el sistema político menos malo, o al menos tiene esa camaleónica capacidad de renovar el maquillaje con que actúa. (Lo “menos malo” sigue siendo malo y por lo mismo no puede impedir el desafío de la búsqueda de “algo mejor”).

Sobre esto recuerdo lo que me decía al respecto una buena conocida alemana (digamos, una amiga cercana del tercer tipo). Mientras el país existió, ella fue una apasionada, estricta y fiel militante del partido que gobernó casi 40 años la RDA (un paisito bien conocido por algunos de nuestros actuales prohombres y promujeres públicas). Después de la caída del Muro de Berlín, esta amiga, por obra y gracia del birlibirloque de la buena oportunidad, se transformó en apasionada, estricta y fiel militante de otro partido, en todo diferente, al que había servido en su vida anterior. Cuando tocábamos ese (y otros objetos menores que no vienen al caso), ella, con mucho gracejo me decía mimosa: “Las elecciones en el socialismo eran carreras donde corría un solo caballo. Las elecciones en la democracia, en cambio, son carreras donde corren muchos caballos, pero todos son del mismo dueño”.

Después de depositar mi voto, al abandonar el Liceo Augusto d´Halmar de Ñuñoa, (con el cachito de cola que me queda entre las piernas), se me vino a la cabeza esa frase final de la obra “Marat-Sade” de Peter Weiss. (En rigor, la obra se llama: “Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade).

En este final teatral, la figura del revolucionario Jacques Roux (representada por un erotómano), con la camisa de fuerza anudada a su espalda, mientras los enfermeros lo arrastran fuera, grita desesperado al público: “¡Cuándo vais a comprender! ¡Cuándo vais a comprender!”.

Naturalmente yo no dije ni grité nada. Yo no tengo el valor de Roux (y en lo que respecta a la erotomanía, el trapo ya no me da ni siquiera para imaginarme muchas cosas). De haberlo hecho, los milicos (¿qué hacía allí esa manada en traje de combate?) me habrían interpelado con su modus habitual. Por lo tanto, me vine simplemente a casa a beber una cerveza (prohibida estrictamente por nuestra virtud republicana en días de elección).

Con la lata en la mano, mirando la majestuosa montaña que nos dio por baluarte el Señor, me resigné pues, a suspirar estas líneas.

 
NOTABENE.

Al cierre de esta edición me entero que en la región metropolitana un trío de damas (que gozan de toda mi simpatía – no las conozco, así es que no puedo decir más) acaban de desbancar a un duro trío macho de nuestro pleistocénico más reciente. Me alegro por ello. Tal operación de limpieza sin embargo, no invalida mis líneas anteriores. La extirpación ocasional de verrugas en el rostro de la democracia, no logra paliar y mucho menos mejorar el gangrenosum que la devora por dentro. Vale.   

 

 

 

 

10 de octubre de 2012

VOTAR POR BOTAR


VOTAR POR BOTAR

Me entero que en este país llamado Chile, en algún domingo próximo deste mes de octubre se realizan elecciones para elegir alcaldes y concejales de los gobiernos comunales. A primera vista se trata (al menos eso afirman, con sospechosa vehemencia, la contitusión bolítica de la repúvlica[1], los medios de comunicación, y por supuesto los propios candidatos) de expresar una voluntad política a través de un voto supuestamente informado, directo y secreto. Un ejercicio de democracia del pueblo soberano, dicen. Tras la eufonía de la expresión se esconde aviesa, una cacofonía falsaria. Se trata en verdad de un simple mecanismo indirecto con que los administradores del mercado y su sistema se aseguran que se produzcan todos los cambios políticos necesarios para que todo siga igual. (Gatopardo se llama esta bestia siemprerediviva).
El llamado voto informado, directo y secreto es sólo otra forma de “McDonald´s happy box”, la “cajita feliz de McDonald”, con que se accede a la “voluntad popular” de una masa electoral que hace mucho dejó de ser informada, para ser ahora simplemente manipulada. Al emitir su voto, el ciudadano elector entrega a un perfecto desconocido parte principal de su potestad personal de discernir y actuar sobre asuntos que le incumben. Y lo hace a cambio de nada. (A menos que se crea que lo que pregonan los afiches de supermercado con que se presentan los candidatos, son verdades celestiales).
El acto democrático en su quimérica versión aristotélica es el acto de un hombre libre. Espécimen que muy difícilmente se puede encontrar en una masa aherrojada a un sistema de mercado y mercadeo que ha hecho (y perfeccionado) de la estulticia y el engaño una fuente inagotable de su poder.
Hablando de esto, José Saramago dijo alguna vez que: “El poder real hoy es el económico, que es lo que verdaderamente gobierna al mundo. Pero los ciudadanos no tienen acceso, ni directo ni indirecto a ese poder, ya que su voto no define las políticas económicas. ¿Cómo podemos, entonces, seguir hablando de democracia si no tenemos los instrumentos para controlar ese poder? La democracia se convirtió en el instrumento de dominio de los grandes grupos económicos”.
Si miramos en nuestro redor ¿quién podría desmentir hoy en este país a Saramago?
Hablando sobre lo mismo, Leopoldo Lugones, un poeta que políticamente nada en común tenía con Saramago, decía hace ochenta años: entre una democracia mayoritaria y una verdadera hay la misma diferencia que entre la prostitución y el amor”.
Sería monótono seguir con citas semejantes de otros notables sobre la degeneración y envilecimiento de la idea esencial de eso que insistimos en llamar democracia. (A propósito, con suspirosa melancolía, me recuerdo  de esa bella consigna ácrata que exige “todo el poder para nadie y ningún poder para todos”).
Sin embargo, a pesar de toda mi bronca histórica y política conmigo y con mi tiempo, el domingo de las elecciones acudiré a votar. Pero votaré sólo para aportar a botar al actual esperpento regente de esta comuna en la que vivo. (Creo que es Ñuñoa o Providencia o Viña del Mar u otra parecida). No votaré por alguien, sino en contra de alguien. Por cierto no existe la más mínima garantía que a este esperpento no lo suceda otro u otra de igual catadura, pero debo reconocer que aun palpita en mí, débil, la cada vez más frágil  esperanza de vislumbrar aunque nomás sea a la distancia, una llamita de decencia en este túnel de la obscenidad política en que nos encontramos. ¿O sólo es un fuego fatuo?



[1] Las faltas ortográficas evidencian que se trata de un documento que requiere de manera urgente una corrección a fondo.

14 de mayo de 2012

PALABRAS Y CONTRAPALABRAS


PALABRAS Y CONTRAPALABRAS

(La pública opinión de Catalina)


Desde el año 2000, a comienzos del otoño, suele entregarse en Santiago de Chile el Premio Altazor: una distinción que pretende honrar meritorios rendimientos de creadores de todas las áreas de las artes nacionales chilenas. Hablamos de un premio de carácter etéreo, sin ningún respaldo en metálico (salvo la estatuilla de hierro que insinúa el metafísico vuelo del paracaidista homónimo, que encumbró la creación poética de Vicente Huidobro a una altura de vanguardia en la literatura hispanoamericana del pasado siglo XX). Es una premiación inter pares, porque quienes lo otorgan (con más o menos buen criterio) y quienes lo reciben (con más o menos méritos) son ante todo colegas de pasión y oficio. Se trata entonces, más bien de una graciosa reverencia con que los artistas chilenos se honran a sí mismo por sus servicios prestados al siempre sísifo desarrollo de la “cultura nacional”. (Binomio este último, que la demagogia política suele enunciar en público con eufónica rimbombancia, para luego condenar en la práctica a la gran mayoría de los posesos hacedores que día a día se arriesgan a construirla y mantenerla viva, a la precariedad existencial de los ilotas.) Se entiende por lo tanto que ceremonias de premiación de este tipo, tan pobretonas de reflectores, sin alfombras rojas, sin el glamour del billete grande ni el oropel de la farándula, gozan de escaso interés general y del generoso desinterés oficial.

Esta vez sin embargo, un episodio más bien anecdótico convirtió un pequeño acto cultural que debía pasar perfectamente desapercibido, en un espectáculo de impensada pirotecnia.  
    
Uno de los “Altazor” de este otoño cayó en manos de Catalina Saavedra, por su trabajo actoral en “Gladys” (pieza teatral de Elisa Zulueta, igualmente galardonada como la mejor obra teatral de la pasada temporada 2011). En sus palabras de agradecimiento, Catalina dedicó este premio a Iván Fuentes, el líder del Movimiento Social por Aysén y los ciento cincuenta mil indignados de la siempre maltratada región patagona (uno de los pocos dirigentes sociales que entre sus demandas incluye expresamente el acceso popular a la cultura en general y al teatro en particular). Al terminar su breve alocución de gracias, Catalina pronunció una consigna personal de combate que al día siguiente explotó como granada de fragmentación en el apático paisaje mediático nacional.
¡Viva el teatro, viva la cultura, abajo Piñera!”, dijo impúdicamente.

(Información para los desavisados: Piñera, Sebastián, es empresario chileno. Desde el 2010 se desempeña como Presidente de Chile. Eventualmente hasta el 2014. Lo que sí es seguro es que después de su mandato presidencial seguirá perteneciendo a la élite de los hombres más ricos del planeta Tierra).

Aunque el flamígero llamado de Catalina fue pronunciado como frase entera y así debe ser oído y entendido, preciso es reconocer –desgraciadamente- que sólo fue el último tercio de la misma el que de manera unánime despercudió la aletargada “opinión pública”. Pero no es por acaso que el ominoso “abajo Piñera” de Catalina siguió después de sus vivat al teatro y la cultura. Es de sobra sabido que el nivel cultural del presidente es inversamente proporcional a su extraordinaria capacidad y energía para demostrarlo en público. Como sea, fue ese “abajo Piñera” el chispazo que encendió (nomás por un breve instante) el entusiasmo de muchos, reavivó el odio de otros tantos y disturbó en varios otros la paz de su atardecer mental.

Por supuesto que la televisión chilena (al igual que los monos místicos de Nikkō y de acuerdo a su natural forma de ser) no vio, no oyó, ni dijo nada. Pero algunos periódicos y radios se apresuraron en pedir la opinión de romanos y cartagineses sobre el “exabrupto” de Catalina Saavedra. No viene al caso registrar aquí las solidarias voces en pro de su apelación. Son muchos los que la celebraron con aplausos y chirigotas. Sin embargo varios le negaron a Catalina toda originalidad en su decir, por cuanto sólo se había limitado a articular verbalmente el resultado de las últimas encuestas que cifra en un casi 75% el porcentaje de la población chilena que desea lo mismo que ella. Algo más preocupante que el jolgorio de esa mayoría fue el odio con que la otra parte acusó el lúdico golpe de cascabel que esta “Rata de izquierda” (así un lector de “La Segunda”) asestó al Señor Presidente. Fueron numerosos los llamados a degüello de la iconoclasta que la prensa de derecha se esmeró en reproducir en toda su alevosía.

Algunas otras personas, con menos beligerancia pero con igual ofuscación rechazaron molestos la expresión de la actriz. Unos la tildaron de “desubicada que emite opiniones en lugares que no corresponde”, otros consideraron sus palabras como “fuera de contexto” e “irritantes”. ¿Cuál sería, según ellos, el contexto apropiado y los lugares correctos para que una actriz lenguaraz le diga al Señor Presidente lo que una abrumadora mayoría piensa de él? No lo dicen. Olvidan que el escenario ha sido desde siempre (al menos desde Aristófanes en adelante) un buen lugar para asestar puyazos a los príncipes de todos los tiempos, pelajes y colores.

Más allá del grado de aceptación, rechazo o indiferencia que despertó la frase de Catalina, lo que a mí me ha parecido más relevante es su coraje para pronunciarla en público. Lo hizo aún a sabiendas que los poderosos no aceptan ni toleran voces disonantes, y no tienen remilgos a la hora de tomar desquite. Catalina me hizo reconocer mi propia falta de valor para expresar de viva voz mi opinión sobre asuntos de este tiempo que me incumben y afectan. Nunca me he atrevido a escribir, mucho menos decir, lo que yo pienso del actual Señor Presidente de este país en que vivo. Me gustaría decirle por ejemplo, que me parece un epígono caricaturesco de aquel regente italiano que hasta hace poco se jactaba de gobernar a un pueblo “sin cojones”; decirle que detesto su sonrisa de payaso maligno esculpida en su cara de palo; que me enferma su afán de riqueza y poder: que no soporto su devoción de Tartufo empedernido; que sufro lo indecible con su altisonancia de patán inculto, etc. Pero decir y/o escribir lo que pienso exigiría de mí una bizarría que yo, por desgracia, no tengo en bodega.

Por todo esto agradezco a Catalina su bendita frase. Y agradecerle también por el raro y complejo privilegio de ser su padre. 

 

     

30 de abril de 2012

A PROPÓSITO DE CONCURSOS


SANTIAGO SIN MIS CIEN PALABRAS

Como es de público conocimiento, una vez al año, la empresa operadora del Metro santiaguino organiza un concurso de micro relatos, patrocinado por la empresa minera La Escondida. No sólo se trata de una simpática iniciativa cultural, sino es además una elegante torera que le permite a ambas empresas presentarse ante la opinión pública como mecenas rangosos, aunque en sensu stricto todos saben que esta dadivosidad nace más bien de un frío cálculo tributario antes que de alguna bonhomía cultural.
Como sea, el mencionado concurso goza sin duda de una gran popularidad. Así, este año 2012 alcanzó el envidiable record de más de 58.000 participantes. No es impensable, quizá hasta acaso determinante, que tal popularidad sea estimulada por los premios en metálico con que vienen enjaezados los laureles. Seamos precisos: en caso alguno se trata de sumas estratosféricas. El premio mayor no alcanza a ser una quinta parte de lo que se embolsa mes a mes cada miembro del directorio de ambas empresas o lo que cada honorable senador de la república recibe por sus servicios a la patria. En este año, los dos millones de pesos que aguardaban por el ganador del concurso fueron un atractivo indiscutible para las decenas de miles de mortales comunes que se dieron a la simpática y nunca tan fácil tarea de enhebrar un relato en cien palabras. (Monterroso lo lograba con menos). Los dos millones eran un atractivo al que tampoco yo, desde mi acostumbrada precariedad existencial, pude resistirme. (Como siempre hago en estas ocasiones, hasta me farreé imaginariamente y por adelantado los dos millones en un viaje a Buenos Aires: despilfarrados en libros, picaditas con buenos amigos en “El Federal” y aperitivos vespertinos con mejores amigas en alguno de los cafés notables de Palermo.) 
Por supuesto no me gané ni siquiera un peluche de consuelo.
En el proceso digestivo de esta nueva derrota me dije que el jurado, compuesto en su parte principal por dos jóvenes plumas de renombre (oí que se trataba de una damielita y un bolañito), con toda seguridad no había leído mis opúsculos. Porque era imposible que ellos, los miembros del jurado supremo, hubieran leído las 5.800.000 palabras de los 58.000 textos en el escaso tiempo del que disponían para emitir su juicio. No, lo más probable es que ellos sólo se hubieran limitado a juzgar sobre una minúscula preselección, hecha por anónimos funcionarios del metro o de cualquier parte, vaya uno a saber quienes. Si me hubieran leído, me dije, me habrían tirado a lo menos uno de los premios chicos. Pero después de pensar otro momento, me dije que tal vez sí habían leído mis textos y los habían desdeñado, para terminar concediendo la gracia de su decisión (y los dos millones) a otros. Entonces, concluí mi proceso de lamer las heridas de mi maltratada vanidad recordando lo que sabemos desde siempre: que todos los jurados literarios cometen errores imperdonables. En todo caso, reconocí además, suspirando, que sería fantástico que alguna vez, para variar digamos, se les ocurriera equivocarse también conmigo.
Antes, mucho antes, mis manuscritos despreciados terminaban perdiéndose en los cajones del olvido. Ahora, merced a la digitalización, los arrojo sin grande cargo de conciencia al infinito papelero sin fondo de los unos y ceros que conforman nuestra hipermodernidad.
Total, la internet aguanta todo.
Aquí van pues, mis despechadas 3 x 100 palabras.

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DELITO MAYOR

Traté de alejarme lo más rápido del lugar. Pero ella reaccionó de inmediato.
“¡Atajen al ladrón!”, rugió furiosa apuntándome con el dedo.
Su grito en la vastedad de la estación Tobalaba fue la orden tronante que transformó a la dócil manada borreguil que a esa hora iba y venía, en una jauría de dogos sedientos de sangre. Comprendí de inmediato que estaba perdido. Mientras me aforraban, y antes de perder el conocimiento, alcancé a escuchar que alguien le preguntaba: “¿Qué le robaron, señorita?”.
“¡Mi corazón!”, respondió ella, anegada en lágrimas, “¡Este canalla me robó el corazón!”

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PELIGRO PÚBLICO
La primera en percatarse fue una pasajera. De inmediato alertó con un SMS al 133 de Emergencias Policiales. En la estación subsiguiente una unidad de fuerzas especiales logró bajar al tipo del tren, sin mayores dificultades. Después de un interrogatorio de varias horas, el fiscal decidió ponerlo a disposición del juzgado de turno. Frente al juez, el sujeto repitió su versión del hecho que se le imputaba: dijo que no usaba celular porque simplemente no tenía. El magistrado dispuso su prisión preventiva por todo el tiempo que requiriera el Servicio Médico Legal para el peritaje psiquiátrico correspondiente.

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SERVICIO ESPECIAL

Usted se apresura y logra subir al último vagón. Jadeando se deja caer en uno de los asientos reservados para la tercera edad. Curiosamente el tren está casi vacío. Una viejecita enfrente suyo le sonríe afable. Usted devuelve la sonrisa y luego se dedica a mirar por la ventana la veloz oscuridad del túnel. Cansado, entrecierra los ojos. Vuelve a abrirlos cuando el tren se detiene. Es una estación desconocida.
─Llegamos─, suspira la anciana.
─Yo me bajo después─, dice usted bonachón.
─Parece que usted no entiende─, le aclara amable la viejecita, ─Su viaje ya terminó. Sígame por favor.    










12 de enero de 2012

NO SÓLO PARA TEATREROS



Desde hace algún tiempo, dicto un pequeño seminario en el Programa de Magíster de Artes, con mención en Dirección Teatral, de la siempre benemérita Universidad de Chile.
Para mí, una experiencia miserablemente mal pagada y extraordinariamente enriquecedora.
El trabajo con jóvenes creadores teatrales, es libar de una inagotable fuente de Juvencia.
Experiencia por lo tanto, que no termino de agradecer.
Ahora sucede que este Programa está en peligro de desaparecer del mapa académico.
Así al menos lo anuncia una carta firmada por un coronel y una coronela de la 
Facultad de Artes de la U. de Chile.
Como al susodicho Programa de Magíster y al Departamento de Teatro,
me unen puramente lazos afectivos,
la carta del coronel y la coronela logró irritarme de muy buena manera.
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A PROPÓSITO DE LA CARTA DE LOS CORONELES
 

         A fines de 1996, en Berlín, gracias a un encuentro tan casual como grato con un viejo amigo del Teatro El Galpón de Montevideo, me enteré, así al pasar, de la existencia del Programa de Magister en Dirección Teatral de la Universidad de Chile. Debo decir que esta pequeña noticia (por llamarla de alguna manera) me alegró pero no me sorprendió. Consideré este Programa como una señal más del acelerado mejoramiento académico con que la Universidad de Chile se esforzaba en aquel tiempo, por llevar a cabo el difícil (aún inconcluso) proceso de recuperación plena de sus potestades esenciales, subyugadas por los diecisiete años de plomo de la dictadura militar del capital. Tarea particularmente ardua al interior de un sistema educacional que todavía hoy insiste en privilegiar los valores del mercado por sobre los humanos. Tampoco me sorprendió saber que este Programa de Magister en Dirección Teatral de nuestra Universidad era, a la fecha de su creación, el primero de esta naturaleza en Chile y me atrevo a suponer, también en América Latina. Por cierto este primer lugar tiene poca y ninguna importancia como valor estadístico. Su verdadero y gran mérito reside en su significación pionera para el arte teatral chileno e internacional. Por lo demás, con la creación de este Programa de Magister, la Universidad de Chile sólo ha continuado reafirmando su compromiso con la creación cultural del país al que pertenece y al que se debe. 
     Ahora debo reconocer que sí ha logrado sorprenderme la lectura de la ominosa carta del Director de Posgrado y de la Decana de la Facultad de Artes, en la que se comunica su decisión personal de cerrar el mencionado Programa de Magíster de Dirección Teatral. Pecando de una ingenuidad quizá extemporánea, siempre creí que el durísimo retorno a la práctica de la democracia (por mucho que esta nos siga pareciendo a muchos enclenque, cegatona y torpe) tenía visos de solidez que hacían poco probable una resurrección de los que fueron sus enterradores.
           La carta en cuestión me demostró que estaba equivocado.
          Aunque precario en su formalidad administrativa, este papel deja entrever la misma bruta intencionalidad que animaba los antiguos decretos militares de orden y mando, garrapateados y firmados con manu militari, por los que fue regida y sometida la vida académica de la Universidad de Chile en un pasado por desgracia aún muy cercano. La carta no entrega razones plausibles. No puede hacerlo, simplemente porque no existen razones que justifiquen la amputación de un órgano sano de un cuerpo vivo. Un órgano de uso perfectible, por supuesto, como todos los que sirven a la complejidad de la vida. Pero al margen de estos considerandos fisiológicos, lo verdaderamente inquietante de este “bando” taxativo, es su oscuro propósito de tapiar y negar un pequeño espacio de formación y libertad de expresión ad libitum a muchos de los futuros creadores teatrales de Chile y América Latina. Frente a tal intención, la respuesta de la comunidad universitaria en general y la teatral en particular, no puede ser si no la de siempre: la resistencia creativa ante la estulticia en ropaje académico. 
         No obstante, me empecino en creer que los firmantes de la carta en cuestión, no han reflexionado aún sobre los veros alcances de su capricho administrativo. Si lo hacen, que es lo que esperamos todos los creadores teatrales que nos sentimos ofendidos por tal capricho, la benedicta carta no pasará de ser una ínfima nota prescindible al pie de página de la autobiografía de nuestra Universidad.  

5 de enero de 2012

A PROPÓSITO DE ENCUESTAS


EL CARTELITO

El alemán Christoph Schlingensief (1960-2010) fue un “artista de acción”. Tal definición es lo suficientemente holgada como para albergar todas las variaciones interpretativas que a uno se le antojen, o ninguna. Por lo mismo es bastante precisa para describir la actividad artística que Schlingensief desplegó a lo largo de su breve residencia en la tierra. Con envidiable desparpajo y no poco talento metió las manos y las patas en el cine, el teatro, la ópera, la televisión, la dramaturgia, la performance callejera, y por supuesto también en los muladares de la televisión. Pero lo que caracterizó su quehacer artístico fue, sin duda alguna, su extraordinaria capacidad de provocación intelectual y política. Schlingensief era en este difícil arte de la comunicación una suerte de Rey Midas: todo lo que hacía se transformaba en un gargajo en el ojo del establishment, en una bravata al orden natural o espurio de las cosas (incluída en estas por cierto, el cáncer que lo liquidó).
Advierto aquí que estas pocas líneas están lejos de ser un piadoso in memoriam de Schlingensief. Tampoco son un loor obnubilado de su obra, la que ofreció siempre –fiel a sí misma- un generoso espacio común para el enfrentamiento de sus detractores y admiradores. Si hago esta necrológica evocación de Schlingensief es porque acabo de terminar la siempre indigesta lectura de la última encuesta de “opinión pública” que mes a mes se realizan en este país en el que vivo y que junto a otros diecisiete millones insisto en llamar mío aunque, mirado el asunto de cerca, este enunciado de posesión sea más que dudoso. Fue, pues, esta lectura la que me llevó a recordar que en 1997 Schlingensief fue detenido por la policía alemana por encargo expreso de un fiscal pequeñito por dentro y por fuera (muy parecido a otros) que lo imputó por “incitación al magnicidio” y por el “delito de sedición”.
El origen de estas imputaciones fue un cartelito que Schlingensief había mostrado en una de sus famosas Kunstaktionen (“acciones artísticas”) en el marco de la Documenta de 1997; a saber, una de las muestras más importantes de arte contemporáneo que se realiza quinquenalmente en la ciudad de Kassel.
El cartelito en cuestión decía:
“Tötet Kohl!” (“¡Maten a Kohl!”).
Recordemos que a la sazón el democratacristiano Helmut Kohl era el canciller todopoderoso de la nueva Alemania reunificada. El cartelito de Schlingensief levantó la polvareda que él esperaba y fue motivo suficiente para que la derecha alemana hiciera tronar sus trompetas morales llamando a impartir un correctivo ejemplar al insoportable contestatario ácrata (el mismo que tiempo antes había organizado excursiones natatorias de indignados para ir a mostrarle el culo a Helmut Kohl en su residencia austriaca de verano en el Lago Wolfgang, como delicada señal de desaprobación de su forma de gobernar). Afortunadamente los jueces de la causa del Estado alemán contra Christoph Schlingensief, aceptaron la argumentación de la defensa en el sentido que tal invitación al magnicidio no era sino un recurso artístico. Una hipérbole, digamos, que simbolizaba, aunque de modo extremo, la crítica radical del artista a la situación política general del país y a sus gobernantes. Los magistrados reconocieron así el primado de la libertad artística del bufón por sobre las razones de lesa majestad.
Volviendo a las encuestas nacionales mencionadas más arriba, todos sabemos que ellas han registrado una altísima temperatura del ánimo popular frente a los “gestores” políticos tanto del gobierno como de la oposición, y ante la precariedad funcional de las instituciones y poderes del chileno estado. No cabe duda que en la actualidad esta temperatura se acerca con rapidez al nivel crítico que precede a las explosiones sociales que suelen hacer historia. (Ingobernabilidad la llaman los siúticos melindrosos). Después de leer tales estadísticas fue que me recordé de la ominosa invitación artística que aquella vez Schlingensief hizo a los alemanes en Kassel.  Pensé que quizá también en Chile ha llegado el momento de escribir un cartelito parecido. Mejor varios.


2 de octubre de 2011

A QUIEN LE INTERESE

ADVERTENCIA PRELIMINAR

Existen en la humana conducta social, ejercicios y técnicas hasta cierto punto impudorosas para llamar la atención de otros sobre uno mismo.
En la infancia, esto consistía en ocasiones en golpear con estudiada displicencia el suelo con los pies, así como al desgaire, cuando uno quería que le admiraran los zapatos nuevos. Luego, a comienzos y durante la adolescencia (y bueno, también después), el asunto principal era arreglárselas de algún modo, para atraer la mirada de las muchachas de entonces, que siempre eran precisamente aquellas que a uno no le daban boleto.
Como sea, eran costumbres muy candorosas, y podríamos suponer sin grandes riesgos de equivocarnos, a menudo inútiles en extremo.
Mucho menos ingenuo es el estrépito del “autobombo”, que así se llama en chileno la práctica desvergonzada del autoelogio, y que en la esfera del exhibicionismo político y farandulero él suele alcanzar niveles evidentes de indecencia y estulticia.
Digo todo esto como frágil preámbulo justificativo de los textos que siguen a continuación. Ellos fueron leídos durante el acto de presentación de mi novela “Prontuarios y Claveles”, el pasado martes 6 de septiembre. Cometo pues, el impúdico acto de darle al “bombo” en causa propia. Sólo me resta agregar, como excusa final, que se trata de un bombo chiquito y sonido asordinado.

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PRONTUARIOS Y CLAVELES (1)


José Miguel Varas
Premio Nacional de Literatura


Este es un libro fácil de leer y difícil de comentar. Una de sus características más notable es la fluidez extraordinaria con que se desarrolla la narración, a tal punto que el lector se siente transportado, como por una escalera mecánica de un suceso a otro, de una página a otra. Y eso ocurre, aunque pasan cosas morrocotudas y aunque el narrador principal que es el escritor Jota-Jota Meruane no ahorra comentarios y opiniones sobre el Chile actual y el del pasado reciente fuera de múltiples alusiones culturales.
Este es un libro sobre el exilio y su autor es un exiliado. Me temo que para muchos compatriotas ésta no sea, precisamente, una recomendación. El exilio no tiene buena prensa en Chile. Los exiliados suelen estar rodeados de sospecha y, con frecuencia de envidia. Se estima que un millón de chilenos o algo así lo vivieron a lo largo de los 17 años de la dictadura, o más, repartidos en  unos 50 países de todos los continentes. En Chile el desconocimiento sobre lo que significa el exilio para quienes lo sufren es colosal.
Lo ha dicho con elocuencia y precisión el autor Omar Saavedra Santis, doblemente exiliado en Alemania por más de 30 años, exilio que inició en un pequeño país alemán que ya no existe, la RDA, y que luego continuó, sin moverse un milímetro del lugar donde estaba, en otro país alemán más grande y diferente del primero.
“Prontuarios y claveles” es una novela del exilio, de la picaresca del exilio. Pero también de la picaresca política nacional, o, más exactamente, del poder. Quedó atrás la época del heroísmo, de las gloriosas certezas y del futuro luminoso. La dictadura se desinfló sin dramatismo, muy a la chilena, y lo que vino después fue… lo que hoy vemos. Omar Saavedra Santis aclara que el exilio no es el único tópico de su literatura, ni siquiera es uno muy relevante, “pero no olvido que él es la circunstancia inicial y política que ha marcado toda mi existencia en la lejanía y bajo la cual ejerzo mi oficio de escritor con unas ganas muy parecidas a la pasión erótica”.
El escritor Jota-Jota Meruane, Juan José, personaje principal y autor de la intriga central de la novela, es un hombre sin ilusiones ni esperanzas, que en las páginas iniciales está considerando seriamente la posibilidad del suicidio y en las finales vuelve sobre el tema, aunque al mismo tiempo, en lo que cuenta y en lo que piensa predomina la mirada humorística, escasa en las letras nacionales. Escritor exiliado, se gana la vida escribiendo sesudas tesis científicas para estudiantes porros y artículos sobre variados temas en cuatro idiomas. A pesar de su escepticismo esencial, o existencial, Meruane confía en el poder de la palabra, y la peripecia que la novela relata demuestra que ese poder existe, aunque sus resultados resulten a veces imprevisibles.      
Todo gira en torno a la estrafalaria idea del insufrible Indalecio Puente de establecer una relación con la Presidenta Argentina Valdés (nombre no sólo improbable sino imposible)  con quien ha tenido un  encuentro fugaz muchos años antes, en 1976, y en la desaparecida RDA, donde ella estudiaba alemán en el Instituto Herder de Leipzig. Puente es un actor de talento, que alguna vez fue cura y también, en otro momento, militante comunista. Un pesado, un cargante, un bacalao, un “chanta” se dice hoy, a la manera rioplatense, para quien ser antipático es su forma natural de ser. Así lo ve Meruane. Lo cual no le impide secundarlo en su plan. Lo que se ha propuesto Indalecio es conmover a la Presidenta con una carta muy personal en la que se haga referencia a aquel encuentro ocasional (en el que no pasó nada más entre ambos, que tres piezas de baile) y se anude una relación que finalmente le permita a Puente conseguir una pega diplomática o similar de modesta categoría.
No hay para qué entrar en muchos detalles. La novela hay que leerla. Sí quiero destacar la habilidad y el talento con que el autor crea personajes, juega con ellos, los hace dialogar o, en última instancia los transforma. Meruane se va haciendo más complejo en el curso del relato, muestra una erudición sorprendente en materia musical, plástica y literaria y no es el mismo al final de libro. Tampoco Indalecio, quien descubre dentro de sí mismo –después de Meruane- y permite que salga espectacularmente del closet, el homosexual de su fuero íntimo. Frau Engelmann, la vecina alemana, una vieja chica, entrecana y pizpireta, cuya voz desde la casa de al lado paraliza a Meruane precisamente cuado se dispone a suicidarse lanzándose por el balcón, muestra atractivos insospechados y manifiesta un erotismo envolvente cantando con dulzura arias de óperas italianas que poseen cualidades   excitantes. En el libro encontramos dos personajes literarios del reino animal, con los que dialoga Meruane: el cuervo Edgar, que a todas las preguntas responde con un sepulcral "Nevermore"; y el robusto gato Rodolfo que trepa a lo alto del ropero de Frau Engelmann y sonríe de manera maligna como el gato de Cheshire en "Alicia en el país de las maravillas".
Particularmente interesante resulta Beatriz Walcott, la enana amiga y asesora de la Presidenta, que es como la voz de su conciencia, y de la de todos, incluído el propio Jota-Jota Meruane.

Libro curioso por su tema, por su estilo, por sus personajes, muy diferente de todos los que se escriben y publican en este tiempo, por la visión que transmite de una época, que es y no es la actual, y de un país llamado Chile donde muchos, o algunos de los exiliados de ayer viven con una sensación de extrañeza, sin terminar de posar los pies en tierra, una especie de segundo exilio.

                                                                 
PRONTUARIOS Y CLAVELES (2)

Cristian Montes Capó
Prof. Literatura Chilena Contemporánea
Universidad de Chile


1) La novela Prontuarios y claveles (2011) de Omar Saavedra Santis, tensiona y productiviza las complejas relaciones entre ficción y realidad. Su lectura posibilita entender de qué manera la ficción literaria se erige como un espacio privilegiado para develar ciertas condiciones de lo real, en este caso de la realidad chilena y de ciertos personajes claves en la historia del país. Demuestra así que la ficción literaria, no solo puede hablar por la realidad sino también complejizarla y hacerla, en definitiva, accesible al sujeto. A través de los mundos fictivos que las novelas configuran, y por la dimensión de la subjetividad que en ellas está más presente que en otras disciplinas, se logra alcanzar un develamiento de la realidad más iluminador del que logran otro tipo de discursos. Por tal razón los vínculos entre ficción y realidad no deben comprenderse como una oposición entre sus términos, sino como una relación de comunicación.

2) En consecuencia con lo anterior, es necesario enfatizar que  Prontuarios y claveles no pretender constituirse en un reflejo de la realidad chilena en tiempo del gobierno de Michele Bachelet. Sin embargo, es en la realidad histórica donde radica el impulso para construir justamente la ficción literaria. La motivación de la escritura y su proceso de gestación tiene por fin, en este sentido, tematizar una experiencia fundamental en el desarrollo histórico de Chile, como es la presencia de la primera presidenta mujer, situación que se liga a lo que ha ocurrido con Cristina Kirchner en Argentina, Dilma Roussef en Brasil, Laura Chinchilla en Costa Rica, entre otras mujeres que le han dado un sello y una vitalidad renovada al ejercicio de la política.  La inserción del tema del género permite visualizar las formas en que una determinada pertenencia sexual  se refleja en los modos de hacer política.
         En este contexto, el discurso de ideas del texto denuncia, a nivel implícito,  el oportunismo enquistado en algunas prácticas donde la autenticidad y la honestidad están ausentes de las conductas habituales. En este sentido, la eventual preocupación por el problema de las minorías sexuales, por ejemplo, aparece en el texto como un recurso para granjearse simpatías y profitar de los beneficios del poder. Respecto a los sucesivos gobiernos de la concertación y a la transición democrática, quien encarna la voz crítica en el texto, denuncia  “La obsecuencia de los gobiernos de la coalición democrática frente al poder militar”. La imagen del país que se denuncia es aquella que revela cómo Chile se fue convirtiendo en epicentro del neoliberalismo y de una “modernidad transgénica”. La pérdida de sentido histórico y de especificidad cultural generan, una crítica a una forma de convivencia signada por el narcisismo individualista y a “un país que hacía mucho tiempo había permutado su identidad por un reality show. “
        
3) En cuanto al aspecto constructivo de Prontuarios y claveles, la estrategia narrativa opta por la oscilación constante entre el presente y el pasado, puesto que allí están las claves, que, cuidadosamente dosificadas, permiten la comprensión de los acontecimientos descritos. Llama la atención en este proceso todo lo relativo a la construcción de los personajes, entendiendo por esto el conjunto de valoraciones, prejuicios, motivaciones y la densidad psicológica que los define. En esta configuración de caracteres, donde brilla especialmente el personaje llamado Beatriz, amiga y confidente de la presidenta, se hace evidente la influencia de la didáctica teatral y sus procedimientos de construcción de caracteres. Puede verse así, por ejemplo, en el caso del personaje Indalecio Puente, que su función se define como un proceso de autoconstrucción, es decir, de llegar a ser ese que en definitiva escoge ser, dadas las exigencias de la trama en la que se halla envuelto y de la cual es responsable. En Prontuarios y claveles es posible advertir la disposición del autor implícito de cautelar que los personajes nunca sean absorbidos por un lenguaje contrario a lo que verdaderamente son, puesto que su imperativo fundamental como personajes, es ser fieles a su propia biografía. La dimensión dialógica de la novela se nutre con las voces autónomas que pueblan la representación sin dejar que la voluntad autoral se imponga sobre personajes que ya han encontrado su lugar en el tejido dramático. Este aspecto del proceso constructivo de los personajes evidencia el dispositivo teatral responsable de la configuración de mundo. La presencia de la dinámica del teatro se procesa a la vez dentro del juego narrativo, puesto que, a nivel de la historia, los personajes deben actuar el personaje que van construyéndose. La comedia de equivocaciones en la que se hallan inmersos se une, además, a que tanto el narrador como su antiguo compañero Indalecio Puente fueron estudiantes de teatro en los años 1970, en los tiempos en que Allende fue electo.

4) Prontuarios y claveles tiene como aliado fundamental en la configuración de mundo la presencia del humor. La forma de narrar, las características de la perspectiva semántica, los dobleces de los personajes, la diferencia entre el modo que se perciben y cómo los procesa el lector, el tipo de imaginación involucrada, lo febril de los acontecimientos, el delirio de ciertas escenas, la figura que conforman los personajes, entre otros aspectos, refuerzan la idea de que el humor es, en definitiva, una forma diferente de procesar la realidad. La comicidad y la risa a ella asociada le otorga a esta dimensión carnavalesca del texto de Omar Saavedra el status de una auténtica catarsis y la capacidad de desacralización del mundo representado. La palabra indirecta, la polivalencia interpretativa, la ausencia de cualquier certeza autoritaria en la conciencia narrativa, encuentran su génesis en una enunciación eminentemente lúdica y lúcida. El humor y la risa, por lo tanto, son verdaderos dispositivos de desenmascaramiento del mundo, de los personajes y del sujeto escritural.

5) La escritura de Prontuarios y claveles es representativa de una condición de la literatura, entendida como mathesis, sugiriendo con ello la capacidad de contener diversos tipos de saberes al interior de la representación. En el caso de la novela de Omar Saavedra esta característica alcanza un particular despliegue, puesto que la enciclopedia cultural activada involucra saberes como la literatura, el arte, el teatro, la historiografía, la arquitectura, la política, entre otros. Dentro de esta imbricación hay, sin embargo, un saber que predomina y moldea una especie de discurso al interior del universo narrativo: la música. Las funciones que cumple en el texto dicha disciplina artística es variada y rebasa el nivel temático para configurarse como un potente elemento de significación. Es elocuente, al respecto que el repertorio que escucha el escritor Meruane está íntimamente ligado a  su estado de ánimo y a las cualidades performativas de la música. Escucharla y fusionarse en su universo sonoro deviene experiencia privilegiada para contrarrestar la precariedad del devenir cotidiano: “La música y la ópera lo desintoxicaban de las mordidas ponzoñosas que le asestaba la mediocridad nuestra de cada día”.
Para Meruane la música es una pasión que cultiva con la constancia de un melómano y de un coleccionista que compara versiones, establece juicios de valor respecto a las diversas interpretaciones y goza con la particularidad de cada una de ellas.
La música, sin embargo, no se asocia únicamente a situaciones serias o de sello sublime, sino que también productiviza el humor descarnado que cruza la novela. Elocuente, por ejemplo, son las arias de ópera que canta Frau Engelmann en los momentos del proceso amatorio y de exaltación erótica que, según Meruane, su amante eventual, eran francamente imposibles de olvidar.
Dentro de su pasión por la música, el personaje concentra su absoluta admiración en la figura de Mozart. En una concepción de mundo donde el tema religioso se limita a la  caricaturización de las formas en que la derecha cultiva una religiosidad para fines políticos y económicos, la admiración del protagonista por el músico austríaco alcanza resonancias que le adjudican la condición de un iluminado. Pertinentes al respecto son las reflexiones del filósofo Isaiah Berlin, quien señala que “Cuando los ángeles tocan para Dios, tocan a Bach. Cuando tocan entre ellos, tocan a Mozart”
Para concluir, quisiera enfatizar que la escritura de Omar Saavedra Santis activa un amplio dispositivo de recursos gramaticales, lingüísticos y estéticos, lográndose así un equilibrio perfecto entre la forma de narrar y los contenidos representados. La claridad conceptual, la sintaxis revisada hasta la perfección, la riqueza lexical y la  composición narrativa dan cuenta de una atención especial por la forma novela y sus potencialidades. Por otro lado, todo este rigor lingüístico, la técnica narrativa privilegiada y la elaborada inteligencia que sostiene la ficción no evidencian el esfuerzo y el trabajo sostenido en el momento de su producción. El estilo desplegado en Prontuarios y claveles revela una condición que en la estética del romanticismo  se definía con el concepto de gracia, es decir una cualidad donde dicha cualidad que alcanzan algunos artistas enmascara y disimula el trabajo que hay detrás. Tras la facilidad con que se nos muestra el acto artístico hay un ethos que lo configura, pero que en la dinámica de la gracia jamás debe mostrarse. En la novela de Omar Saavedra la técnica narrativa actúa en contrapunto con un cierto y necesario olvido de la misma. De esta manera, rigor y sentido artístico convierten a Prontuarios y claveles en un objeto artístico donde la calidad escritural establece un poderoso contrapunto con la solidez en la forma de articular una sugerente visión de mundo.

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MIS AGRADECIMIENTOS

Omar Saavedra Santis

Desoyendo las muy precisas instrucciones de mi entrenador en estos asuntos chilenos de públicas relaciones, no voy a referirme a las particulares circunstancias, objetivas y subjetivas, bajo las cuales esta novela por fin aquí presente, fue gestada y nacida, hace ya un par de años, en una ciudad lejana y distinta en mucho de esta en que ahora nos encontramos. Para tranquilidad de ustedes, sólo voy a seguir aquella sugerencia que me recomendaba brevedad.
Una reminiscencia al margen y sin ninguna malignidad: un buen conocido mío y pintor de arte, cuando nos invitaba a su atelier a admirar sus últimas creaciones, tenía la costumbre, frente a cada cuadro suyo que nos presentaba, de entregarnos una dilatadísima y minuciosa aclaración de lo que habían sido sus motivos, intenciones, convicciones, objetivos, fundamentos, principios, razonamientos, emociones, ángeles y demonios que lo habían llevado a pintar lo que había pintado. A menudo eran los suyos esclarecimientos y análisis tan atractivos que terminaban por hacernos relegar sus cuadros a los páramos del olvido. Por lo tanto, mi reticencia a referirme a este libro ni con recuerdos ni explicaciones de ningún tipo justificativo, obedece a la simple y resignada convicción que, como autor, no considero una práctica muy meritoria, eso de andar ofreciendo servicios extras de postillón a los posibles lectores que se aventuren por mis páginas.
Permítanme agregar en esta parte una archisabida simpleza axiomática: para que un libro sea libro debe cumplir con dos condiciones esenciales, primero debe ser escrito por alguien y luego leído por otro. Creo no pecar de falsa modestia, cuando me atrevo a suponer que de ambas, es la primera condición la más fácil de cumplir, pues sólo requiere del solitario empeño del autor. Mucho más compleja me parece la segunda condición, porque para que ella se cumpla es menester que lo escrito por el autor se transforme efectivamente en un libro. Por cierto me estoy refiriendo al viejo libro de papel, un objeto cuyo futuro la mórbida modernidad digital ha ido llenando de interrogantes agoreras. Pero ese es un tema para otra ocasión. Hoy quiero referirme a las dificultades cada vez mayores que, en países como el nuestro, presupone la conversión de un manuscrito literario en libro. Son estas a mi juicio, dificultades múltiples de ninguna índole técnica y mucho menos de exclusivo arbitrio editorial, sino de carácter estrictamente sistémico-ideológico, (para utilizar una expresión tan “endemoniada” como demodé.)
Digo esto, porque por obra y desgracia de nuestra esperpéntica concepción de modernidad, también el libro -como tantas otras cosas que algunos alucinados considerábamos y nos emperramos en seguir considerando una necesidad inalienable del proceso de humanización del Hombre-  también el libro, digo, ha mutado en una mercancía más en el trapicheo omnímodo en que ha devenido nuestra existencia y razón de ser. Ni siquiera una de mucho valor intrínseco, ya que hablamos de una mercancía, a la que la avasalladora industria global de la comunicación y el comercio cultural le ha ido asignado un rol cada vez más prescindible en el negocio de conquista, domesticación, compra y venta de conciencias, al detalle y al por mayor, que se realiza en las vastas dimensiones sin fronteras del cyberspace.
Desde su mera nacencia han sido muchos los avatares que el libro ha debido y debe enfrentar antes de convertirse en uno (y también después). Ocurre a veces, cuando algunos de los que lo escriben aún están vivos (sin que esto signifique necesariamente que lo sean), esta sola contemporaneidad los condena a compartir el destino incierto de sus criaturas. Sobre esto decía Brecht en las cuatro líneas de una de sus “Elegías de Hollywood” en 1942: (permítanme que las lea primero en el idioma en que fueron pensadas y escritas, digamos como un pequeño saludo a una lengua, un autor y una cultura con los que estoy endeudado para siempre):


Jeden Morgen, mein Brot zu verdienen,
Fahre ich zum Markt, wo Lügen gekauft werden.
Hoffnungsvoll
Reihe ich mich ein unter die Verkäufer
.”


En castellano, esto suena más o menos así:

Cada mañana, para ganarme el pan,
Viajo al mercado donde se compran mentiras,
Lleno de esperanzas,
Tomo mi lugar entre los vendedores”.

Tal estado general de cosas que atañen al libro se hace particularmente difícil, aquí, en la fértil provincia y señalada en la región antártica famosa. Creo no cometer ningún delito de leso patriotismo, si ahora, a propósito de esto, saco a colación la opinión de varios poetas y escritores nuestros, partiendo por Huidobro, cuando dicen que este es un país donde, culturalmente hablando, se vive de manera muy precaria. De esta congénita precariedad republicana nuestra, dio también cuenta en sus días el porteño de Buenos Aires, Roberto Arlt; y si alguno quisiera poner en duda su argentina objetividad para referirse a nuestras chilenas miserias, agrego que hace muy pocos días, el historiador Alfredo Jocelyn-Holt, en su acostumbrado tono patricio recordaba y hacía suya esa desoladora estadística aproximativa que cifra más o menos en dos mil el número efectivo de lectores de libros existentes en Santiago, una ciudad de ocho millones de habitantes. Esta precariedad de la que hablamos se hace patética cuando el director saliente del Museo Nacional de Bellas Artes advierte que la principal tarea del próximo director será “salir a la calle a buscar plata”. Esta precariedad se torna ofensiva y obscena cuando se escuchan las estruendosas salvas de palacio con que se anuncian y celebran los porcentajes de nuestro sostenido crecimiento económico. Y esta precariedad alcanza ribetes siniestros, cuando precisamente la secretaria ejecutiva del Libro y la Lectura de nuestro Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, propone una delicada solución final al conflicto estudiantil que vivimos en estos días, con una conocida frase cuchillera referida a su principal dirigenta: “Muerta la perra, se acaba la leva”.
Si esta precariedad nuestra de cada día no alcanza a convertirse en desesperanza, es sólo gracias a que todavía nos quedan algunos porfiados en el país que insisten en pintar de azul los hospitales, que se empecinan en darle gracias a la vida, o que desde la escena se preocupan de asegurarnos que esta vida es sueño por vivir; sin olvidar, por supuesto, a los anónimos artistas que se niegan alegremente a capitular ante el adocenamiento de la trivialidad dominante y se arriesgan a garrapatear en los muros ciegos de la prepotencia política: “las putas al poder, sus hijos fracasaron”.
Para terminar estas marginales divagaciones, quiero decir que si esta novela mía se transformó en el libro que hoy lanzamos a alguna parte, sólo fue posible gracias a la solidaridad moral y práctica de aquellos amigos, encabezados por Enrique Fernández, con los que compartimos la certidumbre de que una vida sin libros “sería un error”. (Que es lo que Nietzsche, con la máxima justicia, dice sobre la música). Quiero agradecer también la prolija y bondadosa lectura que ha hecho Cristian Montes de estos “Prontuarios”, y las palabras de José Miguel Varas, a quién le debo, en muchos sentidos, mucho más de lo que él imagina. Y agradecer finalmente vuestra presencia en este pequeño acto ceremonial, para compartir este breve ejercicio de humanidad llamado libro.

Santiago, 6 de septiembre del 2011