16 de enero de 2011

GRAFITTI LATINOAMERICANOS


SOBRE EL ARTE DE HABLAR CON LA PARED

¡Graffiti!
La sola mención de la palabra hace que tiemblen las paredes y que más de una yugular amenace con estallar. La especie, sin embargo, es tan vieja como el Hombre. Apenas erguido, aún tambaleante, el homo sapiens fue presa inmediata de la irresistible tentación de registrar tal acontecimiento en la paredes de sus residencias prehistóricas en Aurignac, Lascaux o Altamira. Desde aquel lejano entonces, ninguna muralla ha estado a a salvo de la inspiración de una mano que escribe o dibuja. Dejó sus huellas en los prodigios de Gizeh, en los templos mayas del Tical y en los arenosos laberintos de Susa. Fue la misma mano que en los muros del palacio de Baltasar, rey de los caldeos, escribió la más enigmática de las anunciaciones: „Mene mene tekel u-parsin“, cuya traducción a lo fatal se la debemos a Daniel, el profeta. Y antes de que el Vesubio castigara para todos los tiempos a la pecaminosa Pompeya, aquella mano garrapateó alegremente en la Via di Stabia: „Chryseros cum Sucesso hic terna futuimus“ ("Aquí folló Chryseros tres veces con Sucesso"). Y en las tinieblas de la Torre de Londres o en la - según la leyenda- sempiternamente asoleada cara occidental del Muro de Berlín esa misma mano continuó su larga crónica de nostalgias e iracundias. E impertérrita continúa escribiendo, rayando, pintando, arañando en todas las superficies posibles e imposibles. Esa mano no encontrará paz mientras haya una razón que la inquiete. Independientemente de formas y contenidos y a despecho de todo el poder del estado los graffiti gozan de una porfiada presencia que los hacen emular con la eternidad.

Los graffiti son anárquicos por naturaleza. Sus autores permanecen, por principio, en el anonimato. En contra de los esfuerzos policiales y a pesar de los llamados morales de ediles inmaculados el graffito, como hijo de la urbe, sólo terminará con el fin de la ciudad. Ni un minuto antes o después. Graffiti y ciudad están unidos indisolublemente por toda la vida y hasta que la muerte los separe. Aceptado este hecho, vale la pena preguntarse si no sería más razonable tomar y comprender los graffiti como un signo de su tiempo, antes que entregarse al sísifo trabajo de querer erradicarlos. Porque, enojosos o abyectos, los graffiti son un componente innegable del psicograma de nuestras ciudades, en nuestro tiempo.

Cierto es que sólo en pocos graffiti se adivinan intenciones estéticas. Como en otras artes mediales establecidas también aquí son infrecuentes la idea desafiante, el verbo ingenioso o la imagen más allá de la medianía. La mayoría de los graffiti de hoy corresponden a la categoría más simple de su especie: los tags. Desde su apoteósica aparición en Nueva York, hace más de sesenta años, estos han devenido por desgracia en esos primitivos mamarrachos que hacen sospechar que sus autores no pueden hablar, sino sólo eructar. Son nombres, iniciales o rúbricas dibujadas con un solo trazo de spray o marcador. Su supuesto y único mensaje: „YO ESTUVE AQUI“ se esfuma tras los muros de sus códigos secretos. Es ese el tipo de graffiti que domina la calle y la hace verse desoladamente sucia.

¿Qué distingue al graffito latinoamericano de sus lejanos congéneres en otras latitudes? América Latina se inclina manifiestamente por la variante del graffito escrito. De realización más barata que el de intención plástica de los países ricos. Después de luengas dictaduras militares y de reformas neoliberales no menos despiadadas, en las últimas dos décadas del pasado siglo XX ha crecido y se ha extendido a lo largo de las murallas latinoamericanas un denso texto silvestre, de abundancia y variedad nunca antes vistas. Todavía son visibles en él vestigios de la legendaria primavera parisina del 68. Pero al contrario de esta, el ductus general del actual graffito latinoamericano está transido por una ironía nihilista y una iconoclastia radical. En lugar de aquel nostálgico grito de batalla: “¡La imaginación al poder!”, se lee ahora: “¡La imaginación contra el poder!”. Detrás de ello no se esconde empero ningún ideal anarquizante, sino la más profunda de las desconfianzas frente al sistema imperante. En lugar de llamar a la unidad en la lucha contra él, el graffitero latinoamericano se conforma con el aullido del lobo solitario frente a la luna. No le falta en eso ni ingenio ni fuerza, pero más pesa en él una perplejidad agresiva.

En América Latina no fue solamente la derecha tradicional o renovada la que se alucinó con  el ectasy del ultraneoliberalismo. También son numerosos los ex-devoradores de capitalistas, que hoy lo adoran como una panacea prodigiosa contra todos los males. Entonces, „Soy marxista, pero del ala neoliberal“, es el comentario que se lee en la calle sobre esta metamorfosis de Saulus en Paulus. O también: „¡Pobre país! ... ¡Hasta los comunistas son de derecha!“. Las secuelas de la francachela neoliberal son visibles por doquier, y muy lejos de ser pretéritas. Incluso el Banco Mundial, institución no muy delicada cuando se trata de repartir consejos para el „saneamiento“ de las economías latinoamericanas y para exigir la reducción de la „carga del gasto social“, constataba con preocupación que en el año 2000 en ningún lugar del mundo la distribución del producto nacional bruto a pesar de las innegables tasas de crecimiento, había sido tan injusta como en América Latina. Chile en primer lugar. Dicho con otras palabras: „Este país tiene un gran futuro – La cuestión es si sobrevivirá el presente“. O como lo expresa el graffito favorito de García Márquez: „Si la mierda tuviera algún valor, los pobres nacerían sin culo“.
Nunca antes en la historia de America Latina desapareció tanto dinero en tan pocos bolsillos, como en los últimos veinte años. ¡Tanta democracia, tanta libertad, y tantos mendigos!“, suspira la muralla. Para más de dos tercios de la población latinoamericana los términos „modernización“, „privatización“ y „globalización“ no son más que ampulosas perífrasis de „empobrecimiento“, „malversación“ y „neocolonialismo“. Una aterradora mayoría juvenil entiende como „futuro“ la ausencia del mismo.
La casquivana integridad de no pocos políticos y hombres de estados latinoamericanos ha jugado y sigue jugando un papel protagónico en este proceso de descomposición. Sus nombres son legión. El ex-presidente brasileño Collor de Melho, el ex-presidente mexicano Salinas de Gortari, el ex-presidente peruano Fujimori, el ex-presidente ecuatoriano Bucaram, el ex-presidente colombiano Samper, el-expresidente Menem, etc. son sólo algunos de los casos más conocidos de una práctica habitual. Políticos honrados son elementos asociales“, informa la muralla. Ciertamente tal información es válida no sólo en América Latina, ella es el reflejo estadítico de una pandemia que azota todos los continentes. A propósito de pandemia y valga como ejemplo: el narcotráfico internacional. Por supuesto que nadie conoce las dimensiones exactas de la zona gris que existe entre el elegante negocio bancario y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico, pero todos saben que existe, aunque hay unanimidad en reconocer que lo más saludable es no tocar el tema. Así pues, a la muralla no le queda más que suspirar: „La moral está por los suelos ...¡Písala!
No es sorprendente entonces que en el continente de lo real-maravilloso, el graffito concentre su ataque permanente y principal contra este babilónico estado de cosas. Registra al mismo tiempo una implacable observación autocrítica de su propia impotencia para cambiarlo. Reparte, por lo tanto, su ira por partes iguales entre víctimas y victimarios, sin descuidar ni un aspecto de la vida social y privada. Y no permite que su fastidio ante la política real-existente se marchite en la afasia de la apatía.
El graffito clava indefectiblemente cada proceso electorero, cada decisión gubernamental, cada debate parlamentario en la picota pública de su palabra. De este modo, en las paredes latinoamericanas tiene lugar una catarsis muy particular, que al menos sirve para una transitoria desintoxicación de las almas de autores y lectores, tan envenenadas por las desilusiones crónicas de nuestras democracias contrahechas.
Las inscripciones murales se extienden como un reguero de pólvora por todo el continente. Es difícil precisar el origen geográfico exacto de cada una de ellas. En esta peregrinación se van generando numerosas variaciones sobre temas comunes, adaptadas cada vez a las particularidades regionales. Así pues, mientras en Perú se lee: „Las putas a la legislación, los parlamentarios a la prostitución“, en Quito se propone: „Las putas al poder, sus hijos fracasaron“.
El graffito latinoamericano es la rebelión de los desdentados. De los que no muerden, pero que se esfuerzan en ladrar un poco. Ya no transporta ningún llamado a tomar el cielo por asalto, como en aquellos prístinos tiempos en que las utopías aún podían caminar. Lo que resta de aquel tiempo es una descascarada pátina de nostalgia. Por eso es que aún se puede leer de vez en cuando: „¡Atención, último llamado! ¡Proletarios de todos los países, uníos!“ o „¡El Ché vive! ¡Como adrenalina en nosotros!Aunque esto no sea tan cierto. También el comandante inolvidable vegeta ahora sin rumbo en camisetas descoloridas, y los proletarios tienen hoy preocupaciones más urgentes que la de luchar. A pesar de todo la pared insiste: „¡No mate sus ideales! ¡Son una especie en extinción!
Como sea, los graffiti continúan siendo una pedrada en el ojo de los próceres urbanos. Según el criterio policial universal los „sprayers“ se encuentran en el lado oscuro de la sociedad y como tal deben ser tratados. Cualquier medio es bueno para combatirlos. Policías, jueces y moralistas descargan toda su artillería en contra de esta plaga de la palabra escrita. Los aún activamente existentes „escuadrones de la muerte“ latinoamericanos hace de los graffiteros, junto a la chusma de mendigos, niños vagos, putas y maricones, uno de los blancos favoritos de sus campañas de higiene pública, en el transcurso de las cuales cuenta a menudo con el apoyo decidido de los diezmil de arriba. Para no pocos bravos ciudadanos ejemplares, la justicia de Lynch es sólo una otra forma de practicar la „tolerancia cero“.
Curiosamente la respuesta de los graffiteros a esta malquerencia no es el gesto ofendido, pero tampoco el deseo de corregirse.  Maestro, ayude a su policía: torture a un niño“, recomiendan con servicial bonhomía en las calles hondureñas. Pero ya en la esquina siguiente de Ciudad de México llaman a participar en concursos de peor suerte: „¡Mate un policía y gánese un yo-yo!“. En los muros de cuarteles y regimientos de Buenos Aires preguntan con geométrica ingenuidad a los que viven detrás de ellos: „¿Che milico, si el mundo es redondo, por qué tu cabeza es ˜ cuadrada?“. Y acto seguido proponen: „A los milicos habría que levantarles un monumento, pero encima“.
Por su parte, la jerarquía de la poderosa iglesia católica latinoamericana, visiblemente recuperada de la enfadosa teología de la liberación y controlada ahora en buena parte por el guante mórbido del Opus Dei, cree ver en el origen del graffiti pocos motivos terrenales, pero si una alarmante señal de satanismo. La inaudita lata de spray que osa suponer: „Dios te ama pero no se le para“, sólo puede ser movida por el Anticristo. Las tournées pastorales del Ioannis Paulus II por América Latina fueron precedidas por doquier con el conocido anuncio: „El Papa viene. Lo trae la Coca-Cola“.
Sí, evidentemente el Malo está en marcha. Esto lo puede comprobar cada feligrés de camino a la misa dominical, en alguna barriada quiteña, en las calles de Lima, pero también en los duros bancos de cualquiera parroquia para pobres, en donde se lee: „Cristo es el camino, Marx el atajo“. O: „¿Por qué son Cristo y la Iglesia tan diferentes?”. O: „Todos somos el chicle de Dios“, etc. Sí, tratándose de Dios, la pared puede hablar horas largas. Al Diablo en cambio, lo deja, por lo general, en paz.
Que amenazas canónicas o llamados misericordes logren silenciar al graffito, es más que improbable. A fin de cuentas, recuerda algún chusco indomable, "También Cristo fue un graffitero". Uno oral, claro.
Los bofetones del graffito alcanzan también a otros cómplices del sistema y los acusa de yanaconismo. Prensa, radio y televisión. ¡Periodista, sácale el condón a tu pluma, escribe la verdad!“, exige la pared. Y agrega: „Los hechos no se pueden cambiar, pero sí tergiversarlos“.
Los moralistas municipales afirman que la pared es papel del lumpen. Es posible que tal rudeza no peque de originalidad, pero en un punto tiene razón: en toda pared se puede escribir. Qué se escribe, es lo que enfurece a los sumistas de las ciudades latinoamericanas.
No son ciertamente la queja y la burla sobre las miserables deficiencias de este mundo y del cielo los únicos temas que mueven y conmueven la mano del graffitero. Una y otra vez se dejan arrastar por razones más hermosas, por motivos más sublimes. Cuando eso sucede, cuando el viejo milagro del asombro poético vuelve a ocurrir, entonces la mano que habla debe hurgar más profundo en la palabra. Y su voz se hace queda cuando pregunta: „¿Quién gritó cuando nació el azul?“. Se asombra en medio de la noche ilegal: „Aún existe el silencio“. Esa mano que escribe en el muro percibe el aliento de su ciudad materna y anota: „El viento trae el aullido de una rata“.
Los enamorados por su lado, hacen de la pared lo que siempre ha sido desde sus comienzos: poderosa trompeta del amor feliz o desgraciado. Pues todo el mundo debe saberlo: „Tu abrazo, una telaraña llena de luz“ o „Voy a llorar, voy a ladrar, pero nunca, nunca más volveré a hablarte“. Y él susurra: „Espera por mí, desnuda entre los escorpiones“. Y ella responde: „Allí estaré, con tu veneno en mi sangre“.
Quizás algún día, cuando (no sólo en América Latina) el graffito devenga en poesía, será mucho más peligroso de lo que hoy podemos imaginar. Puede ocurrir entonces que un día, un ejército de soñadores se decida a responder la pregunta „¿Por qué no damos entre todos una patada a esta enorme burbuja gris?“, con la osadía de la práctica. 
Bien saben los enemigos del graffito que la lucha en su contra no se puede ganar. Una posible solución sería batirlo con sus propias armas. ¿Pero cómo debería verse un graffito-antigraffiti que no fuera graffito? Y bueno,  eso habría que preguntárselo a un grafittero.




¡ESE MOZART!


QUERIDO WOLFERL


Más de alguien podría acusarme de lesa consideración por nombrarlo así: Wolferl. Pero no lo hago por falta de respeto, sino por exceso de cariño. Además, eso es menos untuoso que llamarlo Johannes o Chrysostomus o Wolfgang o Gottlieb que son los nombres que aparecen en su partida de bautismo, extendida en Salzburgo, el martes 27 de enero de 1756. Después en Viena le latinizaron postmortem el Gottlieb y lo dejaron en Amadeus, un nombre tan católicamente empalagoso que al ser pronunciado deja la boca fruncida como poto de gallina.

Para ser franco, si lo llamo Wolferl es porque así lo llamaban Nannerl, su hermana, su Konstanze inconstante y sus amigos de parranda y corazón. Agradecido y emocionado hasta el caracú, me incluyo entre estos últimos. Porque Mozart es una farra perpetua que conduce inevitablemente a la misteriosa adicción por lo divino y lo humano de la que está hecha su música.

Esta Humanidad inconclusa, a la que Wolferl sigue ayudando a humanizarse a pesar de tanto caníbal empeñado en lo contrario, encenderá en estos días sus pomposas pirotecnias jubilares para celebrar los doscientos cincuenta años de su nacimiento. Mercachifles del recuerdo y regentes melifluos volverán a filetear su cadáver exquisito, a la espera de los jugosos dividendos que manan de su inmortalidad. Esto no puede sorprender a nadie porque así fue siempre durante toda su vida.

Desde que Leopold Mozart, su padre, descubrió que a los tres años su hijo podía tocar el clavicémbalo con virtuosismo inimitable (sin que nadie se lo hubiera enseñado nunca) hasta su Réquiem inacabado, toda su vida fue la de un niño genial. Sólo entre 1760 y 1762, es decir entre los cuatro y seis años de edad, Wolferl escribió sus primeros veintidós minuetos y otras obritas que podrán calificarse de infantiles pero en ningún caso menores.

Algunos censuran al padre porque trocó la niñez de su hijo por una interminable tournée por los salones cortesanos de Munich, Augsburgo, Francoforte, Mannheim, Maguncia, Coblenza, Aquisgrán, Colonia, Bruselas, Amsterdam, La Haya, Versalles, Zurigo, Venecia, Florencia, Roma, Milán, París, Londres y siempre Viena, su ciudad-destino. Corrían extasiadas las babas reales ante las interpretaciones increíbles que este monstruito con espadín de juguete y peluca empolvada hacía de sus propias composiciones, no menos maravillosas que sus ejecuciones. Y entonces, los babosos coronados dejaban caer graciosamente sus ducados, florines y guineas en la mano extendida del orgulloso padre. No olvidemos que el secreto funcional del mecenazgo es siempre la avaricia, por lo que las propinas contantes y sonantes recibidas por Mozart nunca fueron tan grandes ni tan abundantes como los salivosos elogios orales de sus benefactores.

En esta parte, debo confesar que hasta cierto punto puedo comprender el afán del padre por cortarle una lonja dorada al destino de un hijo condenado a una gloria prometeica, aunque mucho menos rangosa de lo que podría esperarse. Es cierto que lo explotó por años como a un monito de circo, pero sin esta mezquina ambición paterna, al genio de Wolferl quizás le habría faltado espacio y abono para florecer, crecer y extenderse. Este ir y venir por los caminos de Europa le enseñó que había algo más allá de los horizontes propios.

Asi fue como durante su breve estadía en Londres se apropió del “estilo galante” de Johann Christian Bach, último hijo del gigante de Leipzig, de quién aprendió el arte de la seducción a través de los formatos de “salón”. Y en 1764 al escuchar por primera vez un concierto de la orquesta de Mannheim, la mas famosa de aquel tiempo, intuyó las veras dimensiones del juego orquestal, que luego hizo sonar en sus más de cuarenta sinfonías. En los jardines de Versalles, con nueve años incumplidos, experimentará la influencia -decisiva en su posterior obra de cámara- del clavecinista Jean Schobert, quién después de impartirle una lección de una hora en instrumentación dijo que a partir de ese momento dejaba de ser maestro de Wolferl, para convertirse en su discípulo. Algo después, su paso concertante por los estados vaticanos bastó para convertirlo en uno de los más originales compositores “italianos” y para que un boquiabierto Papa Clemente XIV lo nombrara “Cavagliere Pontificio della Spora d’oro”.

Así, sin proponérselo, a los diez años, Wolferl se convirtió en el primer europeo moderno de la Historia. Hablaba a la perfección cinco idiomas, pero su único lenguaje era el de la música.

Su lucha por liberarse de la rígida autoridad paterna fue tan larga y dura como su búsqueda de un protector comprensivo o al menos dadivoso. Ambas empresas tuvieron algunos breves trechos soportables pero nunca un final feliz. Las relaciones de Leopoldo Mozart con su hijo no fueron mejores que las que Wolferl mantuvo con sus colegas y patronos, las que llevaron siempre la impronta ominosa de la hostililidad y del abuso. Su talento de elegido olímpico, que nadie podía desconocer, sólo provocaba la envidia de un tiempo tan fatalmente chato como el actual nuestro.

Primero en Salzburgo y luego en Viena, una farándula babilónica de poderosos y vanidosos encargó a Wolferl todo tipo de trabajos. Ayer como hoy, a la decadencia nunca le faltan motivos para celebrar. Le pedían entonces alguna misa para una ocasión farisea, o una letanía de despedida para el sifilítico de turno, o quizás una partida de divertimentos onomásticos, y también algún concierto digestivo para después de la cena. Seguramente estos obispos, príncipes, regentes junto a sus cocottes y mancebos se asombraban al comprobar que en lugar de escuchar la musiquilla trivial de siempre, revelaciones inauditas de un sonido nuevo les venían a fundir el cerumen fósil de su intrascendencia centenaria. Así por ejemplo, lo que debía ser una breve reverencia musical al recién nombrado burgomaestre de Salzburgo, se transformó en la Sinfonía “Haffner”. Un apellido perfectamente casual que hoy sólo sirve para evocar la genialidad sin par de Mozart, el jornalero que la compuso. En similares circunstancias mercenarias nacieron la mayoría de sus 626 composiciones registradas en el catálogo temático de Ludwig von Köchel.

No sin razón se afirma que recién en su adultez, Wolferl pudo vivir la infancia que le negaron de niño. Algunos lo dicen para explicar así su aparente despreocupación con la que se entregaba al hoy sin pensar en el mañana, o para justificar sus frecuentes calaveradas con vino y pierna suave. Otros críticos -criados seguramente con leche cortada- creen ver en la obra mozartiana una simple artesanía con mucha paja formal y pocas “ideas”, que nunca logró traspasar los límites de una superficialidad pueril. Tales opiniones se parecen en mucho a aquella de Joseph ll, sacro emperador de Austria por mandato divino, a quién se le escapó por cierto la crítica a la soberbia occidental y cristiana encerrada en “El rapto del serrallo”, pero no le gustó porque tenía “demasiadas notas”.

Cierto, Wolferl no nació para ser filósofo, ni matemático, ni mucho menos teólogo. Para mayor gloria humana su estrella era otra. Aunque nunca su música padeció la pérdida de esa frescura terrenal que la hace tan cercana a sus contemporáneos de todos los tiempos, nadie puede desoír que en ella cohabitan también ángeles y demonios. Ya en sus composiciones más adolescentes comienza a sonar en su obra una sorprendente mezcla de resignación y alborozo, de sometimiento y alegría. Son los materiales principales de que se nutren el melancólico cinismo de “Don Giovanni”, la ironía filuda de “Las bodas del Fígaro” o su indagatoria por la luz en “La Flauta Mágica”.

El tiempo de Wolferl a este lado del espejo fue breve. La arena de su reloj terminó de escurrirse definitivamente poco antes de la una de la mañana del viernes 5 de diciembre de 1791. Todavía no cumplía los 36. Su ultima notación fue el octavo compás del Lacrimosa de su Réquiem, el que fue terminado después por Franz Xaver Süßmayr, un discípulo de Mozart, de acuerdo a indicaciones muy precisas del maestro.

Las leyendas en torno al Réquiem y la muerte de Wolferl comenzaron a tejerse antes siquiera de que su cadáver se enfriara. Lo primero que se dijo fue que la obra había sido el encargo de un misterioso mandante sin rostro. Después se agregó que el encargo provenía de una logia masónica como venganza por una supuesta traición de secretos de la Hermandad, la que además había decidido envenenar a Mozart con un sublimado de argento vivo, que le provocaría una muerte lo suficientemente lenta y dolorosa para darle tiempo y motivo para concluir el Réquiem. Luego se inculpó al pobre Antonio Salieri, un compositor italiano de moda y mala pata, que al enfrentarse y reconocer el genio de Mozart no le quedó más remedio que enloquecer de envidia y terminar sus días con camisa de fuerza en el manicomio imperial de Viena. Y siguieron otras versiones, una más truculenta que la otra. En verdad, el Réquiem fue ordenado secretamente a Mozart por el conde von Walsegg, un compositor aficioneque a quién le gustaba comprar obras ajenas que después presentaba a sus amigos como propias.

Este año la necrofilia mediática conmemorará el sesqui bicentenario del nacimiento de Mozart con nuevas especulaciones mortuorias que se agregarán sin pena ni gloria al centenar ya existente. Como si lo más importante de su vida hubiera sido su muerte.

Se cuenta que Antonin Dvořak, el célebre compositor checo que era famoso por su iracundia, durante una de sus clases de composición en el conservatorio de Praga hizo a su clase una pregunta de sospechosa gramática: “¿Qué es Mozart?”. Las débiles respuestas exasperaron de tal modo a Dvořak que no pudo contenerse, arrastró de la oreja a uno de los discípulos hasta la ventana, y le preguntó: “¿Dime qué ves?”. Turulato, el muchacho comenzó a describir lo que veía: faroles, gente, carruajes, etc. “¡Eres un ciego cretino!”, tronó Dvořak, “¿No ves acaso el sol? ¡Ahora ya lo sabéis, imbéciles! ¡Mozart es el sol!”.

Creo que no hay que esperar por ocasiones especiales para encontrarse con Wolferl. Escucharlo, es cantarse y celebrarse a uno mismo (dice Whitman). Además, cualquier día, cualquier momento es bueno para gozar del sol, especialmente en tiempos oscuros.



EL IBERO-AMERIKANISCHES INSTITUT EN BERLÍN


Viví muchos años con y entre alemanes
(a veces también en contra),
tal vez demasiados.
De esos años,
con seguridad algunos de los más felices,
los pasé en la Biblioteca del Instituto Ibero-Americano de Berlín, y no fueron pocos.
Al iniciar este "blog", como anoté en la primera página,
supe de antemano que en él la presencia y el ejercicio de la nostalgia serían inevitables.
El "Ibero" es motivo esencial de tal nostalgia.

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BARRIO SUDACA CON ESQUINA PORTEÑA
A ORILLAS DEL SPREE

Sabemos que uno de los temas recurrentes de Jorge Luis Borges –además de sus tigres, cuchillos, laberintos y espejos- era, como en muchos agnósticos, la vieja pregunta por los posibles territorios y días que, según tantas literaturas, existan acaso más allá del último suspiro. Es asi como el Grand Epateur de Buenos Aires solía repetirle a sus embelesados oidores, que si había de existir un paraíso, él lo imaginaba como ese universo que otros llaman biblioteca. Esta representación borgeana de nuestro destino posmortal es sin duda subyugante, pero en caso alguno original. Las interpretaciones sobrenaturales de la sumatoria de libros son de data tan vieja como la escritura misma.
Apenas consumado su sometimiento a las potestades temporales de las coronas luso-hispanas y a la espiritual del Papa, esa América que hoy llamamos latina se vió enfrentada de inmediato a la tarea más o menos urgente de rearticular su voz y recuperar su identidad perdida, o lo que había quedado de ella: una tarea sísifa que con más o menos fortuna perdura hasta hoy. En este ingente y permanente esfuerzo de autoliberación de la América Latina ha sido siempre el libro de papel una herramienta principal en la difícil producción de su pensamiento propio: curiosamente aquel mismo objeto -entonces tan desconocido como las cruces, mosquetes y lúes- que los conquistadores habían llevado a cuestas hasta las costas de las Nuevas Indias.
Las primeras bibliotecas en el nuevo Continente fueron por cierto modestas.
Su oferta en un comienzo no alcanzaba a ser más que un par de biblias y constituciones de las órdenes religiosas que las fundaron y rigieron. Porque siguiendo una tradición de las culturas más vetustas, las piedras fundacionales de estos lugares de libros fueron puestas por sacerdotes. Aunque la exportación de impresos de Europa al nuevo continente estuvo sometida al censorio de la Santa Inquisición a lo menos hasta fines del siglo XVIII, ello no impidió que – a pesar de las limitaciones que aquel control implicaba- el germen de las bibliotecas se enraizara y creciera con relativa pujanza en suelo americano. La administración de estas, fue por siglos tarea de los regulares de Dios. Fueron estos los encargados de tutelar el depósito, la preservación y la divulgación dosificada de un saber que en su origen y esencia se suponía divino.
Así pues, el ejercicio de la lectura tuvo largo tiempo las trazas de un acto de iniciación.
Se recalcaba de este modo el caracter sobrenatural de las bibliotecas, el que ha dejado su impronta en el devenir de esos “universos paralelos”, aún mucho después de concluído el proceso de su secularización y laicización. Este proceso, no podía haber sido de otro modo, fue una de las consecuencias políticas inmediatas de los movimientos independentistas americanos de inicios del siglo XIX, creaturas todas de reconocida inspiración librepensadora. Quizá sea la creación de las “bibliotecas nacionales” latinoamericanas lo que mejor ilustre la intención de lograr una transferencia efectiva del poder del pensamiento escrito de las viejas elites coloniales a las jóvenes criollas. El material inicial de la Biblioteca Nacional de Bolivia fue, por ejemplo, fueron los más de ochomil ejemplares existentes en los conventos agustinos de Chuquisaca. La Biblioteca Nacional de Chile partió en 1813 con las colecciones que conformaban el patrimonio bibliográfico de los jesuitas depositado en la Real Universidad de San Felipe. La Biblioteca Nacional del Uruguay se inició en 1815 con las donaciones de los presbíteros Dámaso Antonio Larrañaga, José Manuel Pérez Castellano y de los Padres Franciscanos de Montevideo. La Biblioteca Nacional de México se nutrió en su nacimiento de los fondos de libros de la Real y Pontificia Universidad de México y su primer asiento fue el templo de San Agustín. Y suma y sigue.
Tales traspasos de competencias sobre los haberes librescos de las diferentes órdenes religiosas de la esfera espiritual a la mundana (incluídos los prohibidos y anatemizados) no fueron, en su mayoría, actos de discordia entre el poder civil y el religioso y difícilmente podría calificárselos de decomiso, por muy justo que este hubiera sido de haber sido necesario. Se trató por lo general de cesiones por la buena. En esta parte no se debe olvidar que muchos de los bibliotecarios de hábito y tonsura no sólo tomaron parte activa de los procesos independentistas, sino muchas veces se sumaron ellos mismos a los bienes traspasados y asumieron la misión de dirigir estas nuevas instituciones republicanas. La única excepción la constituye la expropiación por decreto supremo de los libros del obispo español de Tucumán, Rodrigo Antonio de Orellana, acusado de conspiración en contra de la Primera Junta Argentina de Gobierno de Cornelio Saavedra. En 1810 sus libros constituyeron el parabién bautismal de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
De los activos actuales de las bibliotecas latinoamericanas dan cuenta los siempre eufóricos números de las estadísticas oficiales. Cierto es que lo que a lo largo de sus existencias más que centenarias, las actuales bibliotecas nacionales han ganado en peso y estatura, pero tal desarrollo es más obra de la sinergia de bibliotecarios porfiados y empedernidos gremios de lectores que de políticas ilustradas. (Tanto ayer como hoy y siempre, el poder político dominante cultiva una desconfianza esquizofrénica frente al libro.)
No menos cierto es el hecho de que las colecciones más grandes de libros relacionados con América Latina se encuentran fuera de ella. En los Estados Unidos, The Library of Congress en Washington D.C., y la Nettie-Lee-Benson-Collection de la Universidad de Texas en Austin. En Europa, es el Ibero-Amerikanisches Institut zu Berlín el que alberga una biblioteca especializada en el tema iberoamericano, que se precia de ser la más vasta del viejo continente y la tercera del mundo.
El “Ibero”, como lo llaman sus cofrades, nació de un curiosum tan irónico como significativo: las dos principales donaciones que constituyen el pedestal de lo que devendría en esta biblioteca berlinesa son obras de dos notables latinoamericanos. La primera y mayor de ellas (algo así como 82.000 volúmenes) refleja una actitud de menosprecio o indiferencia de las castas políticas latinoamericanas frente al desarrollo social y cultural de nuestros países. Esta donación fue hecha por el sociólogo, historiador, diplomático y político argentino Ernesto Quesada (1858-1934), hijo de Vicente Quesada (1830-1913), jurisconsulto, diplomático, escritor, político y bibliotecario, quién legó a su hijo Ernesto esa inmensa colección de libros y su archivo personal, con la tarea de disponer de ellos “según su buen criterio lo indique”. En el cumplimiento de la última voluntad de su padre, Ernesto Quesada se dió a la busca en Buenos Aires de una institución adecuada que asumiera la responsabilidad del cuantioso legado. Fue una vana búsqueda de más de doce años. Ni la academia bonaerense ni la biblioteca nacional argentina se vieron en condiciones de cumplir siquiera con las más mínimas condiciones exigidas por el donante. Diferentes universidades y fundaciones de la América del Norte ofrecieron sumas fabulosas por la colección Quesada, pero su destino final fue Berlín.
En esta decisión de Ernesto Quesada de ceder la biblioteca familiar al estado prusiano jugó con toda seguridad un papel subjetivo pero importante su profunda relación personal con Alemania, surgida en sus tiempos de estudiante de derecho en Leipzig y Berlín. Pero ante todo fue una decisión tomada en la certeza de que esa biblioteca trasplantada de Buenos Aires a Berlín habría de ser el embrión de un futuro instituto alemán que hiciera suyo el cuidado y fomento de las relaciones culturales y académicas entre Alemania, Europa y la América latina, y que al mismo tiempo sirviera de oasis a los estudiantes y transmigrados latinoamericanos en Alemania. (Una Alemania que a fines de los años 20, Albert Einstein, Thomas Mann, Bertolt Brecht, Kurt Weill o Billy Wilder, entre otros, aún podían llamar suya).
La segunda donación es el producto de una rumbosa gestión personal del general y presidente mexicano Plutarco Elías Calles (1877-1945). Encontrándose éste de paso en Berlín en 1924, escuchó de boca del profesor Dr. Hermann B. Hagen la carencia de literatura mexicana en Alemania. Calles le prometió su ayuda oficial y personal para superar este déficit. Así fue como en menos de tres años, en el Instituto Geográfico de Marburgo nació la “Biblioteca Mexicana” con más de 25000 volúmenes y unos 1400 mapas llegados desde México. Estos fueron agregados posteriormente a la colección Quesada y constituyeron el punto de partida de la biblioteca del “Ibero”.
Tal rangosidad del general mexicano nos permite percibir el hálito de ese fachendoso modo de ser que muchos de nuestros prohombres gustaban de lucir a su paso por los salones públicos (y privés) de la vieja Europa, aún en detrimento de los patrimonios culturales latinoamericanos.
El Ibero-Amerikanisches Institut fue fundado en enero de 1930, pero la ceremonia oficial tuvo lugar el 12 de octubre de ese año, día entonces aún apellidado “de la Raza”. (Esta rimbombante españolada de retintín tan zarzuelesco alcanzó ciertamente una tétrica resonancia durante los doce años del Tercer Reich alemán). En 1934, no mucho después de la toma del poder por Hitler y los suyos, asumió la dirección del Instituto el ex-general Wilhelm Faupel, soldado ultranacionalista, veterano de varias guerras, instructor de las academias militares de Perú y Argentina, que fungió además como el primer embajador alemán (1936-1937) ante el gobierno espurio del General Franco en Burgos, en plena Guerra Civil Española. Las metástasis del nacional-socialismo que devastaron a Europa y devoraron cuerpo y alma de Alemania no perdonaron, por supuesto, al “Ibero”. Bajo Faupel el Instituto tomó parte activa en el frente de propaganda nacionalsocialista, orientado al mundo iberoamericano. Por esta razón, acabada la guerra, fue incluído por el US-Military Government of Germany en la larga lista de instituciones consideradas particularmente comprometidas con el régimen NS. Después del trabajoso proceso de reconstrucción democrática de posguerra que devolvió a Alemania a la civilización, el “Ibero” retomó lentamente su tarea más primigenia: servir de puente cultural bidireccional entre nuestra América latina, la península ibérica, Alemania y resto de Europa. El desafío de la globalidad ha hecho tal tarea más presente y necesaria que nunca. La biblioteca del “Ibero”, flanqueada por sus importantes centros autónomos de investigación y documentación, constituye hoy en día un pequeño barrio sudaca a orillas del Spree, un pujante microuniverso latinoamericano en Berlín que evoca quizá en algunos de nosotros un sentimiento parecido a la nostalgia por un paraíso expulsado de su lugar de nacencia en el que pulsa vigoroso una parte importante de nuestro pensamiento -pasado, actual y futuro- sobre nosotros mismos.



LEER Y ESCRIBIR EN LA LEJANÍA

 Las notas que siguen son de data antigua.
Juntaban polvo en algún rincón de mi escritorio.
Si me decido ahora a ventilarlas, es porque ellas, 
aunque de manera aproximativa y parca,
entregan mi opinión sobre un viejo tema
que por viejo que sea aún no ha perdido actualidad.


Notas para una conversación en el Instituto Cervantes de Berlín
(23. 4. 2007)
Día Internacional del Libro


Sobre libros debería ser la conversación en el día de hoy, un asunto cuyo futuro la mórbida modernidad digital ha ido llenando de interrogantes agoreras a las que no voy a referirme, porque no es el tema de esta tarde, pero a lo mejor en una próxima oportunidad. Por ahora sólo nos limitaremos a intentar algunas pocas digresiones sobre el viejo libro de papel.

Permítanme comenzar con una archisabida simpleza axiomática: para que un libro sea libro debe cumplir dos etapas esenciales, primero debe ser escrito y luego debe ser leído. Supongo que en los albores primeros del libro, mucho antes de que Gutenberg inventara su prodigioso abracadabra de la tipografía móvil, fue sin duda la primera condición –la escritura- la que provocó la segunda –la lectura. Pero tiene que haber sido en el mismo momento en que el libro se convierte en literatura, en que ambas condiciones, lectura y escritura se maridan como Dios manda, con el fin de procrear y auxiliarse mutuamente y hasta que la muerte los separe. Así, pienso, se convirtieron en lo que hoy son: dos lados de la misma moneda de uso corriente en el memorioso y memorable país de la literatura.

En la ruta única, solitaria e intransferible del escritor, lectura y escritura no son “senderos que se bifurcan” sino un solo camino de ida y vuelta. Los libros no se hacen solos, pero no son hechos por cualquiera, sino sólo por aquella especie de lectores recalcitrantes e insatisfechos que en algún momento de audacia o soberbia se les antoja que en las bibliotecas del mundo aún faltan los suyos y se dan a escribirlos afanosamente, con el propósito siempre renovado de crear en el papel lo que la realidad nos escatima.

Así, desde los albores mismos la literatura deviene en una suerte de incestuosa mecánica perpetua de imaginería en la que los libros son engendrados por sus propios hijos los que a su vez nacen de su propio encuentro nupcial con sus progenitores. Pero no se trata aquí de un sórdido círculo vicioso, sino más bien de una virtuosa espiral. Acaso sea precisamente este dar y tomar de lo mismo lo que distingue la condición más primigeniamente humana de aquel acto que llamamos libro; tal vez sea esa práctica de intercambio incesante donde reside el secreto de su aún activa permanencia en el tiempo, en los tiempos. Porque no solamente “el libro nos permite compartir la imaginación del mundo” (Carlos Fuentes), sino es también al mismo tiempo el fuego primordial que alimenta esa imaginación y la hace feraz y viva. Siempre son los libros los guías que nos conducen a aquellos libros que nos gustaría leer y a esos otros que quisiéramos escribir.

Hablando de libros y literatura André Gide solía insistir en que todas las cosas ya estaban dichas, pero nadie escuchaba por lo que había que recomenzar siempre de nuevo. Por eso, y a pesar de los inevitables peligros de la repetición o el plagio que los acechan en cada línea por escribir, los escritores siguen empeñados en imaginar, crear y recrear sus propios textos con la esperanzada y porfiada intención de convertirlos en libros.

Si hablamos acá de la consanguinidad que une a libros y autores no será muy ocioso preguntarse ¿qué habría sido del Consejero Secreto de Weimar si sus multitalentos no se hubiesen alimentado con leche griega y pan latino? ¿Cómo habría sonado la voz de mi honorable paisano Pablo Neruda, si él no hubiera amado como amó a su Quevedo, su Góngora, su Manrique, o si cuando joven no se hubiera hundido hasta el cogote en las profundidades “pestilenciales” de Lautremont o Baudelaire? ¿Sería la poesía de García Lorca la que es sin la lengua y la sangre de sus gitanos? ¿Nos habrían alcanzado las ficciones, inquisiciones, disquisiciones, cábalas y milongas de Jorge Luis Borges, sin las severas revelaciones que sus druidas le insuflaron desde el Norte frío? ¿Y qué habría sido de Macondo si García Márquez no hubiera avizorado antes los límites del Yoknapatawaphta County, cual habría sido el epígrafe de los pergaminos de Melquíades sin la memoria del sánscrito? ¿Habrían existido los Hombres de Maíz de Miguel Ángel Asturias sin el soplo creacional del Popol Vuh, habrían brillado sus Tres de cuatro Soles sin las luces tentativas de los códices aztecas? Y ya que estamos en esta casa ¿cómo habrían resultado los hechos y hazañas del caballero de la triste figura, si nuestro señor padre Don Miguel no se hubiera dejado seducir por los melifluos relatos de italianos y moros?
Como quiera que se responda a estas preguntas de nunca acabar, cada vez ellas nos hacen recordar que los escritores no son entes partenogenéticos, por mucho que algunos se empeñen en hacernos creer que si lo son. Así resulta que una literatura que de un modo u otro no esté emparentada con alguna otra es tan improbable como una sociedad monocultural. Dice Octavio Paz: “La historia está hecha de las imposiciones, préstamos, adopciones y transformaciones de religiones, técnicas y filosofías ajenas.“ Libros y autores, como parte de esa historia, han conformado desde siempre asociaciones polifónicas y multicromáticas. Por ende son bibliotecas desde sus orígenes y en su naturaleza más profunda, instituciones lujuriosamente babilónicas.

Por supuesto que a lo largo de nuestra aún inconclusa transformación de mono en hombre, siempre han habido  puristas iluminados que se han empeñado en limpiar a sangre y fuego las llamadas “culturas nacionales” de todo corpúsculo extraño o que lo parezca. Desde la primera quema de libros ordenadas por el emperador chino Shi Huang di de la dinastía Qin en el año 213 a. C., hasta las fogatas litúrgicas en la Plaza de la Opera de Berlín en el atardecer del 10 de mayo de 1933, los libros y los que los escriben han debido soportar la prueba del fuego en todas las variaciones imaginables. La Biblioteca de Alejandría por ejemplo, que albergó la mayor colección de libros de la Antigüedad, en el año 391 fue víctima de la piadosa piromanía del emperador cristiano Teodosio I, llamado El Grande. Para no ser menos, doscientos cincuenta años más tarde los reconquistadores sarracenos del califa Omar usaron los últimos rollos de papiro para calentar el agua de los baños públicos de esa metrópolis portuaria. Y no mucho después, monjes sin nombre en celdas sin ventanas, se esmeraron aplicadamente por siglos en borrar con piedra pómez los pensamientos paganos de viejos pergaminos latinos para reemplazarlos por la palabra santa de los primeros padres de la iglesia. Pero algunos de esos palimpsestos supieron esperar pacientes por la vuelta a la luz del Renacimiento. De este modo, algunos textos de Plauto, Cicerón, Ovidio, Plinius el Viejo, lograron resucitar para seguir viviendo en los mundos de Molière, Bacon, Cervantes, Shakespeare, Pigafetta y otros.
Por cierto no todos los escritos martirizados pudieron gozar de la gracia del Fénix. La lista de los renacidos no guarda ninguna proporción con los que se perdieron para siempre. Cada autor salvado se alza sobre una montaña de cenizas de colegas desconocidos. Porque algo hay que reconocerle a estos bomberos bradburyanos de ayer y hoy: cumplieron minuciosamente con su trabajo. Y aunque sus rostros hayan sido cada vez distintos, aunque los libros que quemaron nunca fueron los mismos, si lo fueron sus motivos, fuesen ellos de naturaleza religiosa, ideológica, política, moral o incluso estética. Por incomprensión, ignorancia, arrogancia, cálculo, incluso idealismo, en todos los tiempos han habido incendiarios dispuestos a cumplir las órdenes de los Biedermann de turno para realizar tales “acciones de limpieza”, en nombre de un Dios, un rey o una idea.
No es por apetencia necrofílica que he hecho esta breve referencia a un aspecto particularmente tenebroso de la historia del libro. Lo he hecho como un escritor que no puede evitar su memoria ni olvida que nunca el juego literario ha estado exento de peligros.

Henry James describió su imagen de literatura como una casa enorme con muchísimas ventanas, cada una de ellas abriéndose a la visión de un paisaje único que ofrecía “una impresión distinta de cualquier otro”. Una de esas ventanas de esa casa se abre a un paisaje en el que vivo y que ha determinado de modo decisivo y al parecer definitivo mi quehacer literario. Me refiero a la lejanía y la otredad del exilio. En esta parte reconozco que hablar de mi veteranía como lector y autor de migración y exilio es algo que lejos de entusiasmarme, me empuja con mano aviesa al foso alquitranado de la melancolía. Hacerlo equivale a hacer un arqueo de un largo tiempo de vida. Un balance que en mi caso particular, arroja un “Haber” harto dudoso y un “Debe” más que respetable. Este ejercicio contable adquiere una connotación especial cuando se realiza bajo las coordenadas de la lejanía y la otredad, constantes axiales en torno a las que se realiza el exilio. Curiosamente, lejanía y otredad suelen prolongarse en el país de origen aún después del regreso –definitivo o transitorio- del ausente. El exiliado que regresa descubre que es muy distinto al que salió, y descubre también que el lugar al que regresa ya no es el mismo que dejó. Heráclito dixit. 

Al hablar de exilio estoy refiriéndome también, y no precisamente de forma tangencial, a lo que suele llamarse migración, ese fenómeno usado y abusado desde siempre por la política contingente en los países anfitriones. A mi juicio son exiliado y migrante astillas de un mismo palo. Su presencia y suerte son comunes. Son demasiadas las venturas y desventuras que ambos comparten, como para separarlos en su mención. Sobre todo en su variante latinoamericana, que sabemos está lejos de ser la única sobre el tema. Por lo demás y en lo que a mí respecta, nunca me ha interesado mucho definir el status exacto de mi ausencia y otredad en el país en que vivo. No sé si sea necesario aclarar que el exilio no es el único tópico de mi literatura, ni siquiera es uno muy relevante, pero no olvido que el es la circunstancia inicial y política que ha marcado toda mi existencia en la lejanía y bajo la cual ejerzo mi oficio de escritor con unas ganas muy parecidas a la pasión erótica. Otra chilena, exiliada de Chile durante casi toda su vida, describió en dos frases muy simples esto que estoy tratando de decir tan enredosamente. “Escribir me suele alegrar. Siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno e infantil; y me deja la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real”, dijo Gabriela Mistral en el verano de 1938 en Montevideo.

Incontables son los intentos de acercamiento interpretacional al tema del exilio. En los primeros que se conocen predomina naturalmente, como es de esperar, el ducto literario por sobre el analítico. Las primeras menciones sobre el abandono forzado del hombre de su lugar de origen y sobre el complejo estado posterior que tal alejamiento provoca en ese hombre, son de data muy antigua. Muy anteriormente al segundo epos del Pentateuco donde se describe la errancia del pueblo del Libro,  ya se sabía de  Sinuhé, el cortesano egipcio de Amenemhet I, cuya vivencia en el destierro palestino, dos mil años antes de Cristo, constituye acaso el primer paradigma del exilio. Si miramos hacia atrás, reconoceremos que el destino de Sinuhé está presente a todo lo largo, ancho y hondo de la biografía del Hombre. Tal vez sea esa persistencia siempre renovada la que ha hecho del exilio una condición humana extrema, como lo pensaba Rabbi Löw, el creador del Golem, en la Praga del siglo XVI.

Tan variopintas son ellas que sería lato y azaroso pretender enumerar aquí las causas iniciáticas de los exilios, pero cualquiera que ellas sean, sus consecuencias –igualmente variopintas- van siempre mucho más allá de los límites individuales de los que lo viven y siempre terminan proyectándose, de manera insoslayable, en el tiempo cultural del país de asilo y también en el de origen. Es obvio entonces que en cada una de las llamadas literaturas nacionales se perciba el aliento del exilio, llegando a ser muchas veces concluyentes en su gestación y desarrollo. No existen las literaturas, y por ende tampoco las llamadas culturas nacionales, que hayan permanecido impermeables a la influencia de lo exiliar, para usar el giro de Juan Gelman.
Nada más lejos de mi intención es pretender aquí aventurarme en la espesura de una teoría cultural de la migración o de una hermenéutica del exilio. Mucho menos me arriesgaría a pronunciar alguna palabra doctrinal sobre el tema. Porque aunque sea destino común de muchos, el exilio en si es una forma instransferible de vida individual. Mis acotaciones, por lo tanto, no son más que fugaces referencias a mi personalísima práctica de exilio como autor y consumidor de literatura en y desde la lejanía.
En mi caso, esta lejanía tiene un nombre. Se llama Alemania y dura ya más de treinta años. En otros textos autoreferentes sobre el mismo tema he dado cuenta hace algún tiempo del raro privilegio que me concedió la historia, al permitirme iniciar mi exilio en un pequeño país alemán que ya no existe y continuarlo después –sin moverme un milímetro del lugar en que estaba parado-  en otro país igualmente alemán, pero más grande y en mucho diferente. Como si una vez no fuera suficiente, mi exilio ha sido pues, dos veces alemán. Algunos espíritus demasiado sensibles, tanto en Chile como en Alemania, han llegado a presumir que esta carambola tan rebuscada de la política internacional me ha arrojado de un exilio a otro exilio. Es una presunción equivocada. No es improbable que algunos alemanes provenientes de la fenecida República Democrática Alemana se sientan exiliados en la Alemania actual, pero sería erróneo incluirme entre ellos. Yo fui y me sigo sintiendo lo que soy, un exiliado chileno. Con ese título de viaje me basta y me sobra.

Sin duda, migración y exilio han estropeado muchas existencias, a veces definitivamente. Con mucha frecuencia la vida en suelo ajeno está sombreada por oscuros sentimientos de desgajadura, pérdida, miedo, soledad y mutismo. La psicopatología del migrante y exiliado es rica en ofertas de todo tipo. Sobre eso rinde informe una amplia escritura testimonial y documental. En su “Mínima Moralia” el emigrante Theodor W. Adorno sostiene que “cada intelectual en la emigración, sin excepción está dañado”. Es cierto. En algunos, tales daños resultan mortales. Otros, entre los que me incluyo, se esfuerzan por sobrevivir. Y en algún momento de ese esfuerzo descubrimos por suerte que por entre el velo gris de los sentimientos del desterrado, no sólo podemos ver con más nitidez nuestro lugar de origen, sino vislumbrar además otros insospechados horizontes, en nosotros y allá en la distancia. Las vivencias personales se intensifican, se multiplican, se aceleran. Nuestra capacidad de asombro ante lo nuevo se vigoriza en la misma medida que se descascara el oropel de nuestra vanidad y arrogancia. Cuando eso ocurre, se abren a nuestra literatura posibilidades inesperadas. Bajo las costras duras de la lejanía y otredad, subyacen fructíferas regiones, donde también es posible sembrar y cosechar. Tal experiencia conforma el momento germinal de lo que podría llamarse una poética de la lejanía y la otredad. Fuente de la que se han nutrido y nacido no pocas obras esenciales de las letras mundiales. Es dentro de este proceso siempre fluctuante de intercambio mutuo de lo propio y lo ajeno, que mi literatura ha ido tomando forma y cuerpo. Todo ello ha confluído en el hecho irrevocable de mi cosmopolitismo cultural, aunque yo me empeñe en seguir siendo un autor de chilenizada lengua castellana. Eso es al menos lo que yo creo, pero cada vez que llego a gozar de esas siempre demasiado breves estadías en mi primera casa, mi muy querida madre, todavía con el pañuelo húmedo de lágrimas en las manos, insiste en decirme que me he “alemanizado” terriblemente. Y como todas las madres de este mundo, no deja de tener mucha razón. Con la economía de una sola palabra me hace ver algo que yo me resisto a aceptar o que no logro percibir de manera conciente: que mis más de treinta años “alemanes” han dejado en mi, más por dentro que por fuera, huellas indelebles. Para darle un nombre, llamémoslas cicatrices culturales.

Yo llegué al exilio sabiendo leer y escribir. Pero en castellano. Lo que al comienzo de mi vida en este país equivalía a un perfecto analfabetismo. Este estigma lo llevé por todo el tiempo que me llevó entender el alemán y –lo que es mucho más importante y complicado- entenderme con los alemanes. Una ardua empresa personal aún muy lejos de concluir. Entretanto he aprendido, espero, a disimularla bajo una gruesa capa de silenciosa urbanidad. Con esto estoy tratando de responder una de las preguntas estándar que me he acostumbrado a escuchar a lo largo de mi tiempo alemán: ¿En qué idioma escribo? Confieso que al comienzo, esta era una pregunta que me parecía una tomadura de pelo. Era y es suficiente escuchar mi alemán para darse cuenta que como instrumento de expresión apenas si basta para satisfacer las más simples necesidades de lo cotidiano. Pero todos sabemos que literatura está lejos de ser un reflejo de cotidianidad o simplicidad. Al menos es algo diferente. Mi respuesta por lo tanto a la pregunta por el idioma en que escribo, tenía al comienzo un subtonito de sarcasmo e impaciencia. ¿En qué idioma puede articular el escritor sus imaginerías si no es en el propio? era mi réplica. Al decir propio quería decir yo, lengua materna. Un vínculo sanguíneo que en aquel entonces yo consideraba intangible y sagrado. Sin que esto nos haga olvidar, que nunca faltan los hijos que maltratan cruelmente a sus madres. Hoy, transcurridos más de treinta años desde nuestro primer encuentro, no he ganado con el alemán una segunda lengua materna, pero si una primera lengua madrastra. Luego de un muy largo y lento proceso de acercamiento, lejos aún de concluir, pero sin las hostilidades del comienzo, el idioma alemán y yo hemos decidido firmar una suerte de pacto de cooperación y ayuda mutua. Sin embargo, debo reconocer que esta fue también una decisión urgida por la necesidad existencial de acceder, sin la mediación de un traductor, con mis cuentas y abalorios, al cada vez más perdulario bazar mediático alemán, en especial el de la televisión y el cine.


Así pues, mi alemán de uso propio es más bien –horribili dictu- una lengua instrumental. Verdad es que ella me ha ayudado y ayuda solidariamente a resolver muchos problemas de orden práctico cuando se trata de escribir para la prensa, el teatro, la radio y la televisión. Mi prosa, empero, que constituye el motivo central de mi actividad literaria, sólo puedo realizarla en castellano. Así que no soy un “eingewanderter Autor deutscher Sprache”, para usar un lapidario término con que la ciencia literaria local intenta definir algunos límites de lo propio. En otras partes y ocasiones he reiterado la opinión que no existen literaturas inmunes a su tiempo o a su lugar de nacencia. En los caminos encuentra el caminante seducciones demasiado grandes, como para negarse a ellas. Por lo mismo siempre se está produciendo un apareamiento entre lo propio y lo extraño, conciente a veces, inconciente las más, a pleno día o a hurtadillas, que nos deja embarazados de cosas nuevas que vamos dando a luz por ahí, en alguna esquina de lo que escribimos. Es obvio entonces que mi larga relación con el alemán y los alemanes haya influido, en todo sentido y profundidad en mi literatura. Le debo a la literatura, a la lengua y a las artes alemanas una parte sustancial e irrenunciable de mi mismo.


En cuanto a la recepción de mi literatura aquí, allá y acullá es un tema que merecería ser sujet de un cuento negrocómico. Cada autor sueña alguna vez ser publicado en lenguas extranjeras, diferentes a la que él escribe. Para mi este sueño se convirtió hace tiempo en una pesadilla de la que aún no logro despertar. Casi la mayoría de mis cuentos, novelas y piezas de teatro, primero han visto la luz del día en su traducción alemana. Con mucho pudor agrego además que varias de mis obras han sido publicadas o estrenadas en Holanda, Inglaterra, Unión Soviética, Bulgaria, Polonia, Estados Unidos, Suecia, Costa Rica, Argentina, Italia y hasta en el orientalísimo Japón. Por favor, que no se confunda esta rara divulgación con éxito. La menciono sólo porque sirve para ilustrar el grotesco cuasi esquizofrénico que para mí significa que muy pocos de mis libros hayan sido publicados en Chile, el lugar al que pertenecen evidentemente por ley natural. Pertenezco pues a ese grupo de escritores parias que pareciera haber sido desheredado culturalmente por su propia patria. Las razones de tal repudio son varias. Algunas de ellas pueden suponerse en los caprichos del mercado libresco, donde se ofrece sólo lo que a juicio de los editores tiene posibilidades de ser vendido. Esto es el “libro seguro”, ya conocido o lo epigonal. El llamado “libro de riesgo” –aquel que a ojos del editor quizá no logre encontrar los compradores suficientes que justifiquen comercialmente los costos que demandan su edición- por lo general no se publica. Y como se sabe, el libro que no se publica no existe. De tal modo, la mayor parte de la recepción literaria sólo tiene lugar con la venia del mercado. Porque nos guste o no, la modernidad ha terminado por darle al libro una nueva condición que en estos tiempos pareciera ser la más importante de todas: la condición de mercancía.
  
Me parece que tal situación refleja el Zeitgeist actual. Tengo la impresión de que este es un tiempo en que el hambre por cultura y literatura se ha ido haciendo una necesidad cada vez menor, que el mercado satisface con la lectura diet y el fast food perfectamente desechable de la intrascendencia subcultural. Es pues hasta casi comprensible que en las pocas librerías chilenas de hoy, no haya demasiado lugar para literaturas como la mía, que insisten en apelar a la tozudez de la memoria como material temático y que hacen del inconformismo acético un anteojo indiscreto para enfocar la otra parte de la realidad nacional, esa que no se ve, esa que no se quiere ver, esa que no es, la que podría ser.

Al respecto una pequeña anécdota privada: un amigo, Carlos Orellana, que durante la dictadura militar fue secretario de redacción de “Araucaria”, la revista cultural más importante del exilio chileno, se refiere elogiosamente a mi persona y mi literatura en su libro autobiográfico “Penúltimo Informe”. Olvida sin embargo, mencionar que cuando se desempeñó como jefe de la editorial Planeta en Chile, se negó a publicar un volumen mío de narraciones, que en aquel año 1992 o 93 había obtenido el Premio del Fondo Nacional del Libro, un laurel de más significancia económica que moral. El peregrino argumento con que Carlos Orellana reforzó su rechazo, fue que mi escritura era “demasiado política”, que a la gente del Chile posdictatorial le interesaba poco tal tipo de literatura. Por muy discutible que sea este punto de vista, el contiene una brutal porción de realidad. La potestad cuasi omnímoda del mercado prescribe desde hace tiempo la mayor parte del quehacer literario y cultural de la aldea global. No solamente en Chile. También en este, mi país de residencia, la industria editorial, aunque en expansión numérica constante, se muestra recelosa frente a los autores “de riesgo”, como lo son todos aquellos que escapan o pretenden escapar de la trampa fácil del adocenamiento. Por suerte aún se encuentran en Chile y Alemania algunos lectores y editores que se esfuerzan  por mantener, buscar o crear en los vericuetos del mercado unos pocos nichos donde una literatura que pretende ser fiel a sí misma pueda ejercer su derecho a existir.

Para concluir: yo sigo siendo un convencido que es una ocasión de suerte para cada cultura y literaturas –propias o ajenas- poder contar con la acción y reacción de autores de la otredad y la lejanía. Ellos ofrecen la inapreciable ayuda óptica de la torre de Babel, aquel viejo inmueble en construcción perenne, desde cuyas alturas es posible avizorar la tierra prometida de las utopías.



13 de enero de 2011

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INICIO

José Saramago -a quien sigo considerando mi amigo a pesar de que nos vimos y compartimos sólo una vez por un par de días en 1982 en Berlín y a pesar de su mudanza al otro lado del espejo en el 2010- prefirió llamarlo “O caderno”a su blog. Al hacerlo, desapareció como por arte de magia el ruido metálico del noranglicismo. Personalmente no siento ninguna aversión frente al uso de extranjerismos de cualquier tipo, y yo mismo los pronuncio a veces, con más pereza de expresión que otra intención. Creo comprender porqué  Saramago llamó "El cuaderno" a esta botella de náufrago, que tantos millones lanzan diariamente a las oceánicas vastedades digitales, con un mensaje dentro, y la muy remota esperanza de que alguien lo lea. Garrapatear alguna frase en una hoja de cuaderno, pareciera hacer más humano este intento de comunicación que nos ha regalado la técnica.
Si yo fuera alemán habría elegido quizá la palabra Kassiber, que así se llaman esos minúsculos papelitos clandestinos con que los prisioneros en las cárceles de alta seguridad intercambian mensajes entre sí y con el mundo exterior.
Igualmente inevitable es la comparación de un blog con un "diario de vida". Otro objeto de antaño hecho de papel y de los buenos propositos de inscribir en él alguna frase, más secreta que literaria, que diera cuenta de algun pensamiento o hecho personal digno de ser registrado para la posteridad. No sé cuantos "diarios de vida" empecé en mi niñez y en mi adolescencia. Nunca, creo, pasé de la primera línea. Ninguna de ellas honestas. Quiero decir con ello, que tales líneas estaban muy lejos de ser una confesión real de mis confusiones de entonces, las que -gracias a Heraclitus- raras veces fueron las mismas pero sí cada vez más grandes.
Con todo lo que yo quiero y admiro a Saramago, jamás se me ocurrió imitarlo e intentar seguirlo en su tarea de escribir un cuaderno/blog. La que me indujo a esto, de modo más o menos perentorio, fue mi hija Bárbara, la que -como su nombre lo indica- no sólo es patrona de los artilleros, sino además exige de ellos buena punteria. También fue ella la que seleccionó el wanako que aparece como mi retrato en esta prima página. "Saben escupir", fue su razón. ¡Y bueno, ahora se trata de esmerarse en afinar la puntería, para que el escupitajo no aterrice en rostros inocentes! Si es que los hay.
Indudablemente esto de ponerse a lanzar frases al aire a la espera de que alguien las agarre al vuelo, tiene mucho y bastante de exhibicionismo: ustedes saben, aquella vieja práctica de abrirse súbitamente la gabardina a la entrada de un colegio de monjas, (las del Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el barrio de Versalles, por ejemplo), con la remota esperanza de que alguna pía doncella se escandalice a la vista de poquedades sin ninguna importancia real.
Lo que en esta página pudiera yo escribir, seguro que será un poquito de todo de eso. Sobre todo nostalgia. (¡Qué suene el bandoneón, maestro!). Por algo que no fue, pero pudo ser. Por algo que es, a pesar de uno. Nostalgia también por el desperdicio de la posibilidad diaria de haber sido mejor y "el valor de ya no ser". (Alfredo Le Pera dixit!).
De antemano, me declaro inocente de todo lo que aquí digo y diré. No lo soy por supuesto, pero afirmarlo pudiera tal vez despertar la piadosa credulidad de alguien dispuesto a tragarse el anzuelo.
Aclaradas estas cosas, el wanako de la foto se da ahora a la paciente tarea de juntar saliva y escoger su primer blanco.