SOBRE EL
ARTE DE HABLAR CON LA PARED
¡Graffiti!
La sola mención de la palabra hace que tiemblen las paredes y que más de una yugular amenace con estallar. La especie, sin embargo, es tan vieja como el Hombre. Apenas erguido, aún tambaleante, el homo sapiens fue presa inmediata de la irresistible tentación de registrar tal acontecimiento en la paredes de sus residencias prehistóricas en Aurignac, Lascaux o Altamira. Desde aquel lejano entonces, ninguna muralla ha estado a a salvo de la inspiración de una mano que escribe o dibuja. Dejó sus huellas en los prodigios de Gizeh, en los templos mayas del Tical y en los arenosos laberintos de Susa. Fue la misma mano que en los muros del palacio de Baltasar, rey de los caldeos, escribió la más enigmática de las anunciaciones: „Mene mene tekel u-parsin“, cuya traducción a lo fatal se la debemos a Daniel, el profeta. Y antes de que el Vesubio castigara para todos los tiempos a la pecaminosa Pompeya, aquella mano garrapateó alegremente en la Via di Stabia: „Chryseros cum Sucesso hic terna futuimus“ ("Aquí folló Chryseros tres veces con Sucesso"). Y en las tinieblas de la Torre de Londres o en la - según la leyenda- sempiternamente asoleada cara occidental del Muro de Berlín esa misma mano continuó su larga crónica de nostalgias e iracundias. E impertérrita continúa escribiendo, rayando, pintando, arañando en todas las superficies posibles e imposibles. Esa mano no encontrará paz mientras haya una razón que la inquiete. Independientemente de formas y contenidos y a despecho de todo el poder del estado los graffiti gozan de una porfiada presencia que los hacen emular con la eternidad.
Los graffiti son anárquicos por naturaleza. Sus autores permanecen, por principio, en el anonimato. En contra de los esfuerzos policiales y a pesar de los llamados morales de ediles inmaculados el graffito, como hijo de la urbe, sólo terminará con el fin de la ciudad. Ni un minuto antes o después. Graffiti y ciudad están unidos indisolublemente por toda la vida y hasta que la muerte los separe. Aceptado este hecho, vale la pena preguntarse si no sería más razonable tomar y comprender los graffiti como un signo de su tiempo, antes que entregarse al sísifo trabajo de querer erradicarlos. Porque, enojosos o abyectos, los graffiti son un componente innegable del psicograma de nuestras ciudades, en nuestro tiempo.
Cierto es que sólo en pocos graffiti se adivinan intenciones estéticas. Como en otras artes mediales establecidas también aquí son infrecuentes la idea desafiante, el verbo ingenioso o la imagen más allá de la medianía. La mayoría de los graffiti de hoy corresponden a la categoría más simple de su especie: los tags. Desde su apoteósica aparición en Nueva York, hace más de sesenta años, estos han devenido por desgracia en esos primitivos mamarrachos que hacen sospechar que sus autores no pueden hablar, sino sólo eructar. Son nombres, iniciales o rúbricas dibujadas con un solo trazo de spray o marcador. Su supuesto y único mensaje: „YO ESTUVE AQUI“ se esfuma tras los muros de sus códigos secretos. Es ese el tipo de graffiti que domina la calle y la hace verse desoladamente sucia.
¿Qué distingue al graffito latinoamericano de sus lejanos congéneres en otras latitudes? América Latina se inclina manifiestamente por la variante del graffito escrito. De realización más barata que el de intención plástica de los países ricos. Después de luengas dictaduras militares y de reformas neoliberales no menos despiadadas, en las últimas dos décadas del pasado siglo XX ha crecido y se ha extendido a lo largo de las murallas latinoamericanas un denso texto silvestre, de abundancia y variedad nunca antes vistas. Todavía son visibles en él vestigios de la legendaria primavera parisina del 68. Pero al contrario de esta, el ductus general del actual graffito latinoamericano está transido por una ironía nihilista y una iconoclastia radical. En lugar de aquel nostálgico grito de batalla: “¡La imaginación al poder!”, se lee ahora: “¡La imaginación contra el poder!”. Detrás de ello no se esconde empero ningún ideal anarquizante, sino la más profunda de las desconfianzas frente al sistema imperante. En lugar de llamar a la unidad en la lucha contra él, el graffitero latinoamericano se conforma con el aullido del lobo solitario frente a la luna. No le falta en eso ni ingenio ni fuerza, pero más pesa en él una perplejidad agresiva.
En América Latina no fue solamente la derecha tradicional o renovada la que se alucinó con el ectasy del ultraneoliberalismo. También son numerosos los ex-devoradores de capitalistas, que hoy lo adoran como una panacea prodigiosa contra todos los males. Entonces, „Soy marxista, pero del ala neoliberal“, es el comentario que se lee en la calle sobre esta metamorfosis de Saulus en Paulus. O también: „¡Pobre país! ... ¡Hasta los comunistas son de derecha!“. Las secuelas de la francachela neoliberal son visibles por doquier, y muy lejos de ser pretéritas. Incluso el Banco Mundial, institución no muy delicada cuando se trata de repartir consejos para el „saneamiento“ de las economías latinoamericanas y para exigir la reducción de la „carga del gasto social“, constataba con preocupación que en el año 2000 en ningún lugar del mundo la distribución del producto nacional bruto a pesar de las innegables tasas de crecimiento, había sido tan injusta como en América Latina. Chile en primer lugar. Dicho con otras palabras: „Este país tiene un gran futuro – La cuestión es si sobrevivirá el presente“. O como lo expresa el graffito favorito de García Márquez: „Si la mierda tuviera algún valor, los pobres nacerían sin culo“.
La sola mención de la palabra hace que tiemblen las paredes y que más de una yugular amenace con estallar. La especie, sin embargo, es tan vieja como el Hombre. Apenas erguido, aún tambaleante, el homo sapiens fue presa inmediata de la irresistible tentación de registrar tal acontecimiento en la paredes de sus residencias prehistóricas en Aurignac, Lascaux o Altamira. Desde aquel lejano entonces, ninguna muralla ha estado a a salvo de la inspiración de una mano que escribe o dibuja. Dejó sus huellas en los prodigios de Gizeh, en los templos mayas del Tical y en los arenosos laberintos de Susa. Fue la misma mano que en los muros del palacio de Baltasar, rey de los caldeos, escribió la más enigmática de las anunciaciones: „Mene mene tekel u-parsin“, cuya traducción a lo fatal se la debemos a Daniel, el profeta. Y antes de que el Vesubio castigara para todos los tiempos a la pecaminosa Pompeya, aquella mano garrapateó alegremente en la Via di Stabia: „Chryseros cum Sucesso hic terna futuimus“ ("Aquí folló Chryseros tres veces con Sucesso"). Y en las tinieblas de la Torre de Londres o en la - según la leyenda- sempiternamente asoleada cara occidental del Muro de Berlín esa misma mano continuó su larga crónica de nostalgias e iracundias. E impertérrita continúa escribiendo, rayando, pintando, arañando en todas las superficies posibles e imposibles. Esa mano no encontrará paz mientras haya una razón que la inquiete. Independientemente de formas y contenidos y a despecho de todo el poder del estado los graffiti gozan de una porfiada presencia que los hacen emular con la eternidad.
Los graffiti son anárquicos por naturaleza. Sus autores permanecen, por principio, en el anonimato. En contra de los esfuerzos policiales y a pesar de los llamados morales de ediles inmaculados el graffito, como hijo de la urbe, sólo terminará con el fin de la ciudad. Ni un minuto antes o después. Graffiti y ciudad están unidos indisolublemente por toda la vida y hasta que la muerte los separe. Aceptado este hecho, vale la pena preguntarse si no sería más razonable tomar y comprender los graffiti como un signo de su tiempo, antes que entregarse al sísifo trabajo de querer erradicarlos. Porque, enojosos o abyectos, los graffiti son un componente innegable del psicograma de nuestras ciudades, en nuestro tiempo.
Cierto es que sólo en pocos graffiti se adivinan intenciones estéticas. Como en otras artes mediales establecidas también aquí son infrecuentes la idea desafiante, el verbo ingenioso o la imagen más allá de la medianía. La mayoría de los graffiti de hoy corresponden a la categoría más simple de su especie: los tags. Desde su apoteósica aparición en Nueva York, hace más de sesenta años, estos han devenido por desgracia en esos primitivos mamarrachos que hacen sospechar que sus autores no pueden hablar, sino sólo eructar. Son nombres, iniciales o rúbricas dibujadas con un solo trazo de spray o marcador. Su supuesto y único mensaje: „YO ESTUVE AQUI“ se esfuma tras los muros de sus códigos secretos. Es ese el tipo de graffiti que domina la calle y la hace verse desoladamente sucia.
¿Qué distingue al graffito latinoamericano de sus lejanos congéneres en otras latitudes? América Latina se inclina manifiestamente por la variante del graffito escrito. De realización más barata que el de intención plástica de los países ricos. Después de luengas dictaduras militares y de reformas neoliberales no menos despiadadas, en las últimas dos décadas del pasado siglo XX ha crecido y se ha extendido a lo largo de las murallas latinoamericanas un denso texto silvestre, de abundancia y variedad nunca antes vistas. Todavía son visibles en él vestigios de la legendaria primavera parisina del 68. Pero al contrario de esta, el ductus general del actual graffito latinoamericano está transido por una ironía nihilista y una iconoclastia radical. En lugar de aquel nostálgico grito de batalla: “¡La imaginación al poder!”, se lee ahora: “¡La imaginación contra el poder!”. Detrás de ello no se esconde empero ningún ideal anarquizante, sino la más profunda de las desconfianzas frente al sistema imperante. En lugar de llamar a la unidad en la lucha contra él, el graffitero latinoamericano se conforma con el aullido del lobo solitario frente a la luna. No le falta en eso ni ingenio ni fuerza, pero más pesa en él una perplejidad agresiva.
En América Latina no fue solamente la derecha tradicional o renovada la que se alucinó con el ectasy del ultraneoliberalismo. También son numerosos los ex-devoradores de capitalistas, que hoy lo adoran como una panacea prodigiosa contra todos los males. Entonces, „Soy marxista, pero del ala neoliberal“, es el comentario que se lee en la calle sobre esta metamorfosis de Saulus en Paulus. O también: „¡Pobre país! ... ¡Hasta los comunistas son de derecha!“. Las secuelas de la francachela neoliberal son visibles por doquier, y muy lejos de ser pretéritas. Incluso el Banco Mundial, institución no muy delicada cuando se trata de repartir consejos para el „saneamiento“ de las economías latinoamericanas y para exigir la reducción de la „carga del gasto social“, constataba con preocupación que en el año 2000 en ningún lugar del mundo la distribución del producto nacional bruto a pesar de las innegables tasas de crecimiento, había sido tan injusta como en América Latina. Chile en primer lugar. Dicho con otras palabras: „Este país tiene un gran futuro – La cuestión es si sobrevivirá el presente“. O como lo expresa el graffito favorito de García Márquez: „Si la mierda tuviera algún valor, los pobres nacerían sin culo“.
Nunca antes en la historia de America Latina desapareció tanto dinero en tan pocos bolsillos, como en los últimos veinte años. „¡Tanta democracia, tanta libertad, y tantos mendigos!“, suspira la muralla. Para más de dos tercios de la población latinoamericana los términos „modernización“, „privatización“ y „globalización“ no son más que ampulosas perífrasis de „empobrecimiento“, „malversación“ y „neocolonialismo“. Una aterradora mayoría juvenil entiende como „futuro“ la ausencia del mismo.
La casquivana integridad de no pocos políticos y hombres de estados latinoamericanos ha jugado y sigue jugando un papel protagónico en este proceso de descomposición. Sus nombres son legión. El ex-presidente brasileño Collor de Melho, el ex-presidente mexicano Salinas de Gortari, el ex-presidente peruano Fujimori, el ex-presidente ecuatoriano Bucaram, el ex-presidente colombiano Samper, el-expresidente Menem, etc. son sólo algunos de los casos más conocidos de una práctica habitual. „Políticos honrados son elementos asociales“, informa la muralla. Ciertamente tal información es válida no sólo en América Latina, ella es el reflejo estadítico de una pandemia que azota todos los continentes. A propósito de pandemia y valga como ejemplo: el narcotráfico internacional. Por supuesto que nadie conoce las dimensiones exactas de la zona gris que existe entre el elegante negocio bancario y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico, pero todos saben que existe, aunque hay unanimidad en reconocer que lo más saludable es no tocar el tema. Así pues, a la muralla no le queda más que suspirar: „La moral está por los suelos ...¡Písala!“
No es sorprendente entonces que en el continente de lo real-maravilloso, el graffito concentre su ataque permanente y principal contra este babilónico estado de cosas. Registra al mismo tiempo una implacable observación autocrítica de su propia impotencia para cambiarlo. Reparte, por lo tanto, su ira por partes iguales entre víctimas y victimarios, sin descuidar ni un aspecto de la vida social y privada. Y no permite que su fastidio ante la política real-existente se marchite en la afasia de la apatía.
El graffito clava indefectiblemente cada proceso electorero, cada decisión gubernamental, cada debate parlamentario en la picota pública de su palabra. De este modo, en las paredes latinoamericanas tiene lugar una catarsis muy particular, que al menos sirve para una transitoria desintoxicación de las almas de autores y lectores, tan envenenadas por las desilusiones crónicas de nuestras democracias contrahechas.
No es sorprendente entonces que en el continente de lo real-maravilloso, el graffito concentre su ataque permanente y principal contra este babilónico estado de cosas. Registra al mismo tiempo una implacable observación autocrítica de su propia impotencia para cambiarlo. Reparte, por lo tanto, su ira por partes iguales entre víctimas y victimarios, sin descuidar ni un aspecto de la vida social y privada. Y no permite que su fastidio ante la política real-existente se marchite en la afasia de la apatía.
El graffito clava indefectiblemente cada proceso electorero, cada decisión gubernamental, cada debate parlamentario en la picota pública de su palabra. De este modo, en las paredes latinoamericanas tiene lugar una catarsis muy particular, que al menos sirve para una transitoria desintoxicación de las almas de autores y lectores, tan envenenadas por las desilusiones crónicas de nuestras democracias contrahechas.
Las inscripciones murales se extienden como un reguero de pólvora por todo el continente. Es difícil precisar el origen geográfico exacto de cada una de ellas. En esta peregrinación se van generando numerosas variaciones sobre temas comunes, adaptadas cada vez a las particularidades regionales. Así pues, mientras en Perú se lee: „Las putas a la legislación, los parlamentarios a la prostitución“, en Quito se propone: „Las putas al poder, sus hijos fracasaron“.
El graffito latinoamericano es la rebelión de los desdentados. De los que no muerden, pero que se esfuerzan en ladrar un poco. Ya no transporta ningún llamado a tomar el cielo por asalto, como en aquellos prístinos tiempos en que las utopías aún podían caminar. Lo que resta de aquel tiempo es una descascarada pátina de nostalgia. Por eso es que aún se puede leer de vez en cuando: „¡Atención, último llamado! ¡Proletarios de todos los países, uníos!“ o „¡El Ché vive! ¡Como adrenalina en nosotros!“ Aunque esto no sea tan cierto. También el comandante inolvidable vegeta ahora sin rumbo en camisetas descoloridas, y los proletarios tienen hoy preocupaciones más urgentes que la de luchar. A pesar de todo la pared insiste: „¡No mate sus ideales! ¡Son una especie en extinción!“
Como sea, los graffiti continúan siendo una pedrada en el ojo de los próceres urbanos. Según el criterio policial universal los „sprayers“ se encuentran en el lado oscuro de la sociedad y como tal deben ser tratados. Cualquier medio es bueno para combatirlos. Policías, jueces y moralistas descargan toda su artillería en contra de esta plaga de la palabra escrita. Los aún activamente existentes „escuadrones de la muerte“ latinoamericanos hace de los graffiteros, junto a la chusma de mendigos, niños vagos, putas y maricones, uno de los blancos favoritos de sus campañas de higiene pública, en el transcurso de las cuales cuenta a menudo con el apoyo decidido de los diezmil de arriba. Para no pocos bravos ciudadanos ejemplares, la justicia de Lynch es sólo una otra forma de practicar la „tolerancia cero“.
Curiosamente la respuesta de los graffiteros a esta malquerencia no es el gesto ofendido, pero tampoco el deseo de corregirse. „Maestro, ayude a su policía: torture a un niño“, recomiendan con servicial bonhomía en las calles hondureñas. Pero ya en la esquina siguiente de Ciudad de México llaman a participar en concursos de peor suerte: „¡Mate un policía y gánese un yo-yo!“. En los muros de cuarteles y regimientos de Buenos Aires preguntan con geométrica ingenuidad a los que viven detrás de ellos: „¿Che milico, si el mundo es redondo, por qué tu cabeza es cuadrada?“. Y acto seguido proponen: „A los milicos habría que levantarles un monumento, pero encima“.
Por su parte, la jerarquía de la poderosa iglesia católica latinoamericana, visiblemente recuperada de la enfadosa teología de la liberación y controlada ahora en buena parte por el guante mórbido del Opus Dei, cree ver en el origen del graffiti pocos motivos terrenales, pero si una alarmante señal de satanismo. La inaudita lata de spray que osa suponer: „Dios te ama pero no se le para“, sólo puede ser movida por el Anticristo. Las tournées pastorales del Ioannis Paulus II por América Latina fueron precedidas por doquier con el conocido anuncio: „El Papa viene. Lo trae la Coca-Cola“.
Sí, evidentemente el Malo está en marcha. Esto lo puede comprobar cada feligrés de camino a la misa dominical, en alguna barriada quiteña, en las calles de Lima, pero también en los duros bancos de cualquiera parroquia para pobres, en donde se lee: „Cristo es el camino, Marx el atajo“. O: „¿Por qué son Cristo y la Iglesia tan diferentes?”. O: „Todos somos el chicle de Dios“, etc. Sí, tratándose de Dios, la pared puede hablar horas largas. Al Diablo en cambio, lo deja, por lo general, en paz.
El graffito latinoamericano es la rebelión de los desdentados. De los que no muerden, pero que se esfuerzan en ladrar un poco. Ya no transporta ningún llamado a tomar el cielo por asalto, como en aquellos prístinos tiempos en que las utopías aún podían caminar. Lo que resta de aquel tiempo es una descascarada pátina de nostalgia. Por eso es que aún se puede leer de vez en cuando: „¡Atención, último llamado! ¡Proletarios de todos los países, uníos!“ o „¡El Ché vive! ¡Como adrenalina en nosotros!“ Aunque esto no sea tan cierto. También el comandante inolvidable vegeta ahora sin rumbo en camisetas descoloridas, y los proletarios tienen hoy preocupaciones más urgentes que la de luchar. A pesar de todo la pared insiste: „¡No mate sus ideales! ¡Son una especie en extinción!“
Como sea, los graffiti continúan siendo una pedrada en el ojo de los próceres urbanos. Según el criterio policial universal los „sprayers“ se encuentran en el lado oscuro de la sociedad y como tal deben ser tratados. Cualquier medio es bueno para combatirlos. Policías, jueces y moralistas descargan toda su artillería en contra de esta plaga de la palabra escrita. Los aún activamente existentes „escuadrones de la muerte“ latinoamericanos hace de los graffiteros, junto a la chusma de mendigos, niños vagos, putas y maricones, uno de los blancos favoritos de sus campañas de higiene pública, en el transcurso de las cuales cuenta a menudo con el apoyo decidido de los diezmil de arriba. Para no pocos bravos ciudadanos ejemplares, la justicia de Lynch es sólo una otra forma de practicar la „tolerancia cero“.
Curiosamente la respuesta de los graffiteros a esta malquerencia no es el gesto ofendido, pero tampoco el deseo de corregirse. „Maestro, ayude a su policía: torture a un niño“, recomiendan con servicial bonhomía en las calles hondureñas. Pero ya en la esquina siguiente de Ciudad de México llaman a participar en concursos de peor suerte: „¡Mate un policía y gánese un yo-yo!“. En los muros de cuarteles y regimientos de Buenos Aires preguntan con geométrica ingenuidad a los que viven detrás de ellos: „¿Che milico, si el mundo es redondo, por qué tu cabeza es cuadrada?“. Y acto seguido proponen: „A los milicos habría que levantarles un monumento, pero encima“.
Por su parte, la jerarquía de la poderosa iglesia católica latinoamericana, visiblemente recuperada de la enfadosa teología de la liberación y controlada ahora en buena parte por el guante mórbido del Opus Dei, cree ver en el origen del graffiti pocos motivos terrenales, pero si una alarmante señal de satanismo. La inaudita lata de spray que osa suponer: „Dios te ama pero no se le para“, sólo puede ser movida por el Anticristo. Las tournées pastorales del Ioannis Paulus II por América Latina fueron precedidas por doquier con el conocido anuncio: „El Papa viene. Lo trae la Coca-Cola“.
Sí, evidentemente el Malo está en marcha. Esto lo puede comprobar cada feligrés de camino a la misa dominical, en alguna barriada quiteña, en las calles de Lima, pero también en los duros bancos de cualquiera parroquia para pobres, en donde se lee: „Cristo es el camino, Marx el atajo“. O: „¿Por qué son Cristo y la Iglesia tan diferentes?”. O: „Todos somos el chicle de Dios“, etc. Sí, tratándose de Dios, la pared puede hablar horas largas. Al Diablo en cambio, lo deja, por lo general, en paz.
Que amenazas canónicas o llamados misericordes logren silenciar al graffito, es más que improbable. A fin de cuentas, recuerda algún chusco indomable, "También Cristo fue un graffitero". Uno oral, claro.
Los bofetones del graffito alcanzan también a otros cómplices del sistema y los acusa de yanaconismo. Prensa, radio y televisión. „¡Periodista, sácale el condón a tu pluma, escribe la verdad!“, exige la pared. Y agrega: „Los hechos no se pueden cambiar, pero sí tergiversarlos“.
Los moralistas municipales afirman que la pared es papel del lumpen. Es posible que tal rudeza no peque de originalidad, pero en un punto tiene razón: en toda pared se puede escribir. Qué se escribe, es lo que enfurece a los sumistas de las ciudades latinoamericanas.
No son ciertamente la queja y la burla sobre las miserables deficiencias de este mundo y del cielo los únicos temas que mueven y conmueven la mano del graffitero. Una y otra vez se dejan arrastar por razones más hermosas, por motivos más sublimes. Cuando eso sucede, cuando el viejo milagro del asombro poético vuelve a ocurrir, entonces la mano que habla debe hurgar más profundo en la palabra. Y su voz se hace queda cuando pregunta: „¿Quién gritó cuando nació el azul?“. Se asombra en medio de la noche ilegal: „Aún existe el silencio“. Esa mano que escribe en el muro percibe el aliento de su ciudad materna y anota: „El viento trae el aullido de una rata“.
Los enamorados por su lado, hacen de la pared lo que siempre ha sido desde sus comienzos: poderosa trompeta del amor feliz o desgraciado. Pues todo el mundo debe saberlo: „Tu abrazo, una telaraña llena de luz“ o „Voy a llorar, voy a ladrar, pero nunca, nunca más volveré a hablarte“. Y él susurra: „Espera por mí, desnuda entre los escorpiones“. Y ella responde: „Allí estaré, con tu veneno en mi sangre“.
Quizás algún día, cuando (no sólo en América Latina) el graffito devenga en poesía, será mucho más peligroso de lo que hoy podemos imaginar. Puede ocurrir entonces que un día, un ejército de soñadores se decida a responder la pregunta „¿Por qué no damos entre todos una patada a esta enorme burbuja gris?“, con la osadía de la práctica.
Los bofetones del graffito alcanzan también a otros cómplices del sistema y los acusa de yanaconismo. Prensa, radio y televisión. „¡Periodista, sácale el condón a tu pluma, escribe la verdad!“, exige la pared. Y agrega: „Los hechos no se pueden cambiar, pero sí tergiversarlos“.
Los moralistas municipales afirman que la pared es papel del lumpen. Es posible que tal rudeza no peque de originalidad, pero en un punto tiene razón: en toda pared se puede escribir. Qué se escribe, es lo que enfurece a los sumistas de las ciudades latinoamericanas.
No son ciertamente la queja y la burla sobre las miserables deficiencias de este mundo y del cielo los únicos temas que mueven y conmueven la mano del graffitero. Una y otra vez se dejan arrastar por razones más hermosas, por motivos más sublimes. Cuando eso sucede, cuando el viejo milagro del asombro poético vuelve a ocurrir, entonces la mano que habla debe hurgar más profundo en la palabra. Y su voz se hace queda cuando pregunta: „¿Quién gritó cuando nació el azul?“. Se asombra en medio de la noche ilegal: „Aún existe el silencio“. Esa mano que escribe en el muro percibe el aliento de su ciudad materna y anota: „El viento trae el aullido de una rata“.
Los enamorados por su lado, hacen de la pared lo que siempre ha sido desde sus comienzos: poderosa trompeta del amor feliz o desgraciado. Pues todo el mundo debe saberlo: „Tu abrazo, una telaraña llena de luz“ o „Voy a llorar, voy a ladrar, pero nunca, nunca más volveré a hablarte“. Y él susurra: „Espera por mí, desnuda entre los escorpiones“. Y ella responde: „Allí estaré, con tu veneno en mi sangre“.
Quizás algún día, cuando (no sólo en América Latina) el graffito devenga en poesía, será mucho más peligroso de lo que hoy podemos imaginar. Puede ocurrir entonces que un día, un ejército de soñadores se decida a responder la pregunta „¿Por qué no damos entre todos una patada a esta enorme burbuja gris?“, con la osadía de la práctica.
Bien
saben los enemigos del graffito que la lucha en su contra no se puede
ganar. Una posible solución sería batirlo con sus propias armas. ¿Pero
cómo debería verse un graffito-antigraffiti que no fuera graffito? Y bueno, eso habría que preguntárselo a un grafittero.
http://www.youtube.com/watch?v=uuGaqLT-gO4
ResponderEliminarun comentario gráfico..