DISFRACES
Siguiendo algunos consejos
cardiológicos de autoayuda, acostumbro a dar cinco mil enérgicos pasos diarios por las
calles vespertinas del barrio en que vivo, no más acompañado por mi ineludible
Otro Yo, que casi siempre es el mismo. Con el tipo este solemos intercambiar
opiniones más o menos sinceras sobre asuntos que los años han ido tornando
sospechosamente repetitivos, y que nosotros suponemos de interés, aunque rara
vez lo sean. Por supuesto, como corresponde a parejas condenadas a vivir juntas
hasta que la muerte los separe, no olvidamos las buenas costumbres de las
incriminaciones mutuas y nuestras consuetudinarias, cada vez más acibaradas
quejas sobre el estado general del mundo y sus alrededores.
Aunque sin destino fijo, este ejercicio
hace inevitable acostumbrarse a determinadas rutas y estaciones. Una de estas
últimas es un kiosko donde me detengo a leer los titulares de diarios que hace
mucho dejé de comprar, pero que aún no logro dejar de hojear on line y a
regañadientes.
Esta vez los titulares dan cuenta de un
un supuestamente importante gran cambio en el equipo ministerial del gobierno
de turno en este país en el que vivo. La primera página muestra las fotos de
los ministros que salen y los que entran, y publica alguna frase presidencial,
tres veces adjetivada, con ocasión de este recambio, que por cierto, como ellos
mismos bien saben, no ha de cambiar nada. Es sólo una escena más de una muy
antaña liturgia republicana, vacía desde hace mucho de significados reales, si
es que alguna vez los tuvo. Esa primera página de los diarios del día registra
palabras, firmas de actas y nombres sin ninguna trascendencia, salvo aquella
que los mismos actores se autoasignan en el momento de posar para una foto tan
evanescente como su papel de comparsas en un sainete sin vis cómica ni
intenciones de tenerla. Me distraigo con las fotos de esos rostros también
perfectamente intercambiables entre sí como los discursos y diatribas con los
que ellos articulan su intrascendencia. Como están muy lejos de ser écrivains o écrivants, me ahorro el trabajo de hurgar en la nariz de Barthes
en busca de algún material para cementar este juicio mío.
“Si al menos se disfrazaran”, suspira en
ese momento, con afectación exagerada, mi Otro Yo, quien alguna vez padeció de
erráticas inclinaciones por el arte teatral, de las que nunca ha logrado
sanarse totalmente.
Su comentario logra irritarme, lo que era,
supongo, su propósito, porque era lo mismo que estaba pensando yo, sin
atreverme a pensarlo en verdad hasta el final.
“¿Disfrazarse de qué?”, le pregunto.
“¡Y, no sé! ¡Disfrazarse de algo,
digo yo!”, es su respuesta, no exenta de un inequívoco quántum de provocación
expresado en ese subtonillo porteño que gusta de usar cuando se trata de
sacarme los choros del canasto en cuestiones de leso orgullo vocacional. Ha
llegado pues, el momento de la confrontación.
“Escuche, mi estimado”, me digo,
tratando de ocultar detrás de mi despectiva modulación, tan demodée como yo
mismo, la oleada de bronca que ya no puedo evitar, “me parece que usted olvida
que los políticos, per se, viven disfrazados. Es la conditio
sine qua non de su existencia. Su disfraz, como el de putas travestis,
estafadores, periodistas de tevé, milicos, predicadores, embajadores,
vendedores de seguros y autos usados, es parte esencial de su más prístina
naturaleza profesional. ¡Que un político se
plante un disfraz encima del que ya usa, sería de un barroquismo inexcusable,
aún en ámbitos tan sobrecargados de payasos y payasadas como el de nuestra
fauna y flora política!”. Y antes de que mi acompañante abra la boca, agrego de
sopetón la frase que él ya está pensando: “¡De acuerdo, más flora que fauna!”.
Con esa respuesta mía a la provocación
de mi sombra he entrado a un terreno escabroso. Lo sé. La crítica impensada a
la práctica de arsénico y encaje antiguo de la actual política contingente, y en
contra de aquellos políticos que la practican desde tiempos de memoria escasa,
es y ha sido, por desgracia, un efectivo cazabobos de dictaduras de bigote,
credo y uniforme. El real espacio crítico que la democracia se permite en relación al personal que la administra, es
siempre estrecho y de techo bajo.
En contra de lo esperado empero, la
réplica de mi Otro Yo a mi feble razonamiento no toca ese nervio al aire que
deja mi argumentación. Lo hace de adrede y por mortificarme. Por dejar la
espina clavada en la mala conciencia de mi lengua atarantada.
“Cierto”, dice mi siamés intrínseco,
“por eso mismo, ¿no sería simpático que,
por variar digo yo, los políticos se disfrazaran alguna vez de lo que son, en
lugar de lo que les gustaría parecer?”.
Los cuatro mil pasos que nos faltan
para cumplir la caminata terapéutica de esa tarde, los invertimos en imaginar
cómo se verían.
Brasil
(el barrio), 23 de enero del 2011
muy bueno Omar..esa gente son como repollos..no tienen injundia..
ResponderEliminarlo comparto con facebook y lo que sea..
un abrazo
la de las chackras..
Muy bueno, Omar. Simpático. Un abrazo!
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