Las notas que siguen son de data antigua.
Juntaban polvo en algún rincón de mi escritorio.
Si me decido ahora a ventilarlas, es porque ellas,
aunque de manera aproximativa y parca,
entregan mi opinión sobre un viejo tema
que por viejo que sea aún no ha perdido actualidad.
que por viejo que sea aún no ha perdido actualidad.
Notas para una conversación en el Instituto Cervantes de Berlín
(23. 4. 2007)
(23. 4. 2007)
Día Internacional del Libro
Sobre libros debería ser la conversación
en el día de hoy, un asunto cuyo futuro la mórbida modernidad digital ha ido
llenando de interrogantes agoreras a las que no voy a referirme, porque no es
el tema de esta tarde, pero a lo mejor en una próxima oportunidad. Por ahora
sólo nos limitaremos a intentar algunas pocas digresiones sobre el viejo libro
de papel.
Permítanme comenzar con una archisabida
simpleza axiomática: para que un libro sea libro debe cumplir dos etapas
esenciales, primero debe ser escrito y luego debe ser leído. Supongo que en los
albores primeros del libro, mucho antes de que Gutenberg inventara su
prodigioso abracadabra de la tipografía móvil, fue sin duda la primera
condición –la escritura- la que provocó la segunda –la lectura. Pero tiene que
haber sido en el mismo momento en que el libro se convierte en literatura, en
que ambas condiciones, lectura y escritura se maridan como Dios manda, con el
fin de procrear y auxiliarse mutuamente y hasta que la muerte los separe. Así,
pienso, se convirtieron en lo que hoy son: dos lados de la misma moneda
de uso corriente en el memorioso y memorable país de la literatura.
En la ruta única, solitaria e
intransferible del escritor, lectura y escritura no son “senderos que se
bifurcan” sino un solo camino de ida y vuelta. Los libros no se hacen solos,
pero no son hechos por cualquiera, sino sólo por aquella especie de lectores
recalcitrantes e insatisfechos que en algún momento de audacia o soberbia se
les antoja que en las bibliotecas del mundo aún faltan los suyos y se dan a
escribirlos afanosamente, con el propósito siempre renovado de crear en el
papel lo que la realidad nos escatima.
Así, desde los albores mismos la
literatura deviene en una suerte de incestuosa mecánica perpetua de imaginería
en la que los libros son engendrados por sus propios hijos los que a su vez
nacen de su propio encuentro nupcial con sus progenitores. Pero no se trata
aquí de un sórdido círculo vicioso, sino más bien de una virtuosa espiral.
Acaso sea precisamente este dar y tomar de lo mismo lo que distingue la
condición más primigeniamente humana de aquel acto que llamamos libro; tal vez
sea esa práctica de intercambio incesante donde reside el secreto de su aún
activa permanencia en el tiempo, en los tiempos. Porque no solamente “el libro
nos permite compartir la imaginación del mundo” (Carlos Fuentes), sino es
también al mismo tiempo el fuego primordial que alimenta esa imaginación y la
hace feraz y viva. Siempre son los libros los guías que nos conducen a aquellos
libros que nos gustaría leer y a esos otros que quisiéramos escribir.
Hablando de libros y literatura André
Gide solía insistir en que todas las cosas ya estaban dichas, pero nadie
escuchaba por lo que había que recomenzar siempre de nuevo. Por eso, y a pesar
de los inevitables peligros de la repetición o el plagio que los acechan en
cada línea por escribir, los escritores siguen empeñados en imaginar, crear y
recrear sus propios textos con la esperanzada y porfiada intención de
convertirlos en libros.
Si hablamos acá de la consanguinidad que
une a libros y autores no será muy ocioso preguntarse ¿qué habría sido del
Consejero Secreto de Weimar si sus multitalentos no se hubiesen alimentado con
leche griega y pan latino? ¿Cómo habría sonado la voz de mi honorable paisano
Pablo Neruda, si él no hubiera amado como amó a su Quevedo, su Góngora, su
Manrique, o si cuando joven no se hubiera hundido hasta el cogote en las
profundidades “pestilenciales” de Lautremont o Baudelaire? ¿Sería la poesía de
García Lorca la que es sin la lengua y la sangre de sus gitanos? ¿Nos habrían
alcanzado las ficciones, inquisiciones, disquisiciones, cábalas y milongas de
Jorge Luis Borges, sin las severas revelaciones que sus druidas le insuflaron
desde el Norte frío? ¿Y qué habría sido de Macondo si García Márquez no hubiera
avizorado antes los límites del Yoknapatawaphta County, cual habría sido el
epígrafe de los pergaminos de Melquíades sin la memoria del sánscrito? ¿Habrían
existido los Hombres de Maíz de Miguel Ángel Asturias sin el soplo creacional
del Popol Vuh, habrían brillado sus Tres de cuatro Soles sin las luces
tentativas de los códices aztecas? Y ya que estamos en esta casa ¿cómo habrían
resultado los hechos y hazañas del caballero de la triste figura, si nuestro
señor padre Don Miguel no se hubiera dejado seducir por los melifluos relatos
de italianos y moros?
Como quiera que se responda a estas preguntas
de nunca acabar, cada vez ellas nos hacen recordar que los escritores no son
entes partenogenéticos, por mucho que algunos se empeñen en hacernos creer que
si lo son. Así resulta que una literatura que de un modo u otro no esté
emparentada con alguna otra es tan improbable como una sociedad monocultural.
Dice Octavio Paz: “La historia está hecha de las imposiciones, préstamos,
adopciones y transformaciones de religiones, técnicas y filosofías ajenas.“
Libros y autores, como parte de esa historia, han conformado desde siempre
asociaciones polifónicas y multicromáticas. Por ende son bibliotecas desde sus
orígenes y en su naturaleza más profunda, instituciones lujuriosamente
babilónicas.
Por supuesto que a lo largo de nuestra
aún inconclusa transformación de mono en hombre, siempre han habido puristas iluminados que se han empeñado en
limpiar a sangre y fuego las llamadas “culturas nacionales” de todo corpúsculo
extraño o que lo parezca. Desde la primera quema de libros ordenadas por el
emperador chino Shi Huang di de la dinastía Qin en el año 213 a . C., hasta las fogatas
litúrgicas en la Plaza
de la Opera de
Berlín en el atardecer del 10 de mayo de 1933, los libros y los que los
escriben han debido soportar la prueba del fuego en todas las variaciones
imaginables. La Biblioteca
de Alejandría por ejemplo, que albergó la mayor colección de libros de la Antigüedad , en el año
391 fue víctima de la piadosa piromanía del emperador cristiano Teodosio I,
llamado El Grande. Para no ser menos, doscientos cincuenta años más tarde los
reconquistadores sarracenos del califa Omar usaron los últimos rollos de papiro
para calentar el agua de los baños públicos de esa metrópolis portuaria. Y no
mucho después, monjes sin nombre en celdas sin ventanas, se esmeraron aplicadamente
por siglos en borrar con piedra pómez los pensamientos paganos de viejos
pergaminos latinos para reemplazarlos por la palabra santa de los primeros
padres de la iglesia. Pero algunos de esos palimpsestos supieron esperar
pacientes por la vuelta a la luz del Renacimiento. De este modo, algunos textos
de Plauto, Cicerón, Ovidio, Plinius el Viejo, lograron resucitar para seguir
viviendo en los mundos de Molière, Bacon, Cervantes, Shakespeare, Pigafetta y
otros.
Por cierto no todos los escritos martirizados
pudieron gozar de la gracia del Fénix. La lista de los renacidos no guarda
ninguna proporción con los que se perdieron para siempre. Cada autor salvado se
alza sobre una montaña de cenizas de colegas desconocidos. Porque algo hay que
reconocerle a estos bomberos bradburyanos de ayer y hoy: cumplieron
minuciosamente con su trabajo. Y aunque sus rostros hayan sido cada vez
distintos, aunque los libros que quemaron nunca fueron los mismos, si lo fueron
sus motivos, fuesen ellos de naturaleza religiosa, ideológica, política, moral
o incluso estética. Por incomprensión, ignorancia, arrogancia, cálculo, incluso
idealismo, en todos los tiempos han habido incendiarios dispuestos a cumplir
las órdenes de los Biedermann de turno para realizar tales “acciones de limpieza”,
en nombre de un Dios, un rey o una idea.
No es por apetencia necrofílica que he
hecho esta breve referencia a un aspecto particularmente tenebroso de la
historia del libro. Lo he hecho como un escritor que no puede evitar su memoria
ni olvida que nunca el juego literario ha estado exento de peligros.
Henry James describió su imagen de
literatura como una casa enorme con muchísimas ventanas, cada una de ellas
abriéndose a la visión de un paisaje único que ofrecía “una impresión distinta
de cualquier otro”. Una de esas ventanas de esa casa se abre a un paisaje en el
que vivo y que ha determinado de modo decisivo y al parecer definitivo mi
quehacer literario. Me refiero a la lejanía y la otredad del exilio. En esta
parte reconozco que hablar de mi veteranía como lector y autor de migración y
exilio es algo que lejos de entusiasmarme, me empuja con mano aviesa al foso
alquitranado de la melancolía. Hacerlo equivale a hacer un arqueo de un largo
tiempo de vida. Un balance que en mi caso particular, arroja un “Haber” harto
dudoso y un “Debe” más que respetable. Este ejercicio contable adquiere una
connotación especial cuando se realiza bajo las coordenadas de la lejanía y la
otredad, constantes axiales en torno a las que se realiza el exilio. Curiosamente,
lejanía y otredad suelen prolongarse en el país de origen aún después del
regreso –definitivo o transitorio- del ausente. El exiliado que regresa
descubre que es muy distinto al que salió, y descubre también que el lugar al
que regresa ya no es el mismo que dejó. Heráclito dixit.
Al hablar de exilio estoy refiriéndome
también, y no precisamente de forma tangencial, a lo que suele llamarse
migración, ese fenómeno usado y abusado desde siempre por la política
contingente en los países anfitriones. A mi juicio son exiliado y migrante
astillas de un mismo palo. Su presencia y suerte son comunes. Son demasiadas
las venturas y desventuras que ambos comparten, como para separarlos en su
mención. Sobre todo en su variante latinoamericana, que sabemos está lejos de
ser la única sobre el tema. Por lo demás y en lo que a mí respecta, nunca me ha
interesado mucho definir el status exacto de mi ausencia y otredad en el
país en que vivo. No sé si sea necesario aclarar que el exilio no es el único
tópico de mi literatura, ni siquiera es uno muy relevante, pero no olvido que
el es la circunstancia inicial y política que ha marcado toda mi existencia en
la lejanía y bajo la cual ejerzo mi oficio de escritor con unas ganas muy
parecidas a la pasión erótica. Otra chilena, exiliada de Chile durante casi
toda su vida, describió en dos frases muy simples esto que estoy tratando de
decir tan enredosamente. “Escribir me suele alegrar. Siempre me suaviza el
ánimo y me regala un día ingenuo, tierno e infantil; y me deja la sensación de
haber estado por unas horas en mi patria real”, dijo Gabriela Mistral en el
verano de 1938 en Montevideo.
Incontables son los intentos de
acercamiento interpretacional al tema del exilio. En los primeros que se
conocen predomina naturalmente, como es de esperar, el ducto literario por
sobre el analítico. Las primeras menciones sobre el abandono forzado del hombre
de su lugar de origen y sobre el complejo estado posterior que tal alejamiento
provoca en ese hombre, son de data muy antigua. Muy anteriormente al segundo
epos del Pentateuco donde se describe la errancia del pueblo del Libro, ya se sabía de Sinuhé, el cortesano egipcio de Amenemhet I,
cuya vivencia en el destierro palestino, dos mil años antes de Cristo,
constituye acaso el primer paradigma del exilio. Si miramos hacia atrás,
reconoceremos que el destino de Sinuhé está presente a todo lo largo, ancho y
hondo de la biografía del Hombre. Tal vez sea esa persistencia siempre renovada
la que ha hecho del exilio una condición humana extrema, como lo pensaba Rabbi
Löw, el creador del Golem, en la Praga del siglo XVI.
Tan variopintas son ellas que sería lato
y azaroso pretender enumerar aquí las causas iniciáticas de los exilios, pero
cualquiera que ellas sean, sus consecuencias –igualmente variopintas- van
siempre mucho más allá de los límites individuales de los que lo viven y
siempre terminan proyectándose, de manera insoslayable, en el tiempo cultural
del país de asilo y también en el de origen. Es obvio entonces que en cada una
de las llamadas literaturas nacionales se perciba el aliento del exilio,
llegando a ser muchas veces concluyentes en su gestación y desarrollo. No
existen las literaturas, y por ende tampoco las llamadas culturas nacionales,
que hayan permanecido impermeables a la influencia de lo exiliar, para
usar el giro de Juan Gelman.
Nada más lejos de mi intención es
pretender aquí aventurarme en la espesura de una teoría cultural de la
migración o de una hermenéutica del exilio. Mucho menos me arriesgaría a
pronunciar alguna palabra doctrinal sobre el tema. Porque aunque sea destino
común de muchos, el exilio en si es una forma instransferible de vida
individual. Mis acotaciones, por lo tanto, no son más que fugaces referencias a
mi personalísima práctica de exilio como autor y consumidor de literatura en y
desde la lejanía.
En mi caso, esta lejanía tiene un nombre.
Se llama Alemania y dura ya más de treinta años. En otros textos autoreferentes
sobre el mismo tema he dado cuenta hace algún tiempo del raro privilegio que me
concedió la historia, al permitirme iniciar mi exilio en un pequeño país alemán
que ya no existe y continuarlo después –sin moverme un milímetro del lugar en
que estaba parado- en otro país
igualmente alemán, pero más grande y en mucho diferente. Como si una vez no
fuera suficiente, mi exilio ha sido pues, dos veces alemán. Algunos espíritus
demasiado sensibles, tanto en Chile como en Alemania, han llegado a presumir
que esta carambola tan rebuscada de la política internacional me ha arrojado de
un exilio a otro exilio. Es una presunción equivocada. No es improbable que
algunos alemanes provenientes de la fenecida República Democrática Alemana se
sientan exiliados en la
Alemania actual, pero sería erróneo incluirme entre ellos. Yo
fui y me sigo sintiendo lo que soy, un exiliado chileno. Con ese título de
viaje me basta y me sobra.
Sin duda, migración y exilio han
estropeado muchas existencias, a veces definitivamente. Con mucha frecuencia la
vida en suelo ajeno está sombreada por oscuros sentimientos de desgajadura,
pérdida, miedo, soledad y mutismo. La psicopatología del migrante y exiliado es
rica en ofertas de todo tipo. Sobre eso rinde informe una amplia escritura
testimonial y documental. En su “Mínima Moralia” el emigrante Theodor W. Adorno
sostiene que “cada intelectual en la emigración, sin excepción está dañado”. Es
cierto. En algunos, tales daños resultan mortales. Otros, entre los que me
incluyo, se esfuerzan por sobrevivir. Y en algún momento de ese esfuerzo
descubrimos por suerte que por entre el velo gris de los sentimientos del
desterrado, no sólo podemos ver con más nitidez nuestro lugar de origen, sino
vislumbrar además otros insospechados horizontes, en nosotros y allá en la
distancia. Las vivencias personales se intensifican, se multiplican, se aceleran.
Nuestra capacidad de asombro ante lo nuevo se vigoriza en la misma medida que
se descascara el oropel de nuestra vanidad y arrogancia. Cuando eso ocurre, se
abren a nuestra literatura posibilidades inesperadas. Bajo las costras duras de
la lejanía y otredad, subyacen fructíferas regiones, donde también es posible
sembrar y cosechar. Tal experiencia conforma el momento germinal de lo que
podría llamarse una poética de la lejanía y la otredad. Fuente de la que se han
nutrido y nacido no pocas obras esenciales de las letras mundiales. Es dentro
de este proceso siempre fluctuante de intercambio mutuo de lo propio y lo
ajeno, que mi literatura ha ido tomando forma y cuerpo. Todo ello ha confluído
en el hecho irrevocable de mi cosmopolitismo cultural, aunque yo me empeñe en
seguir siendo un autor de chilenizada lengua castellana. Eso es al menos lo que
yo creo, pero cada vez que llego a gozar de esas siempre demasiado breves
estadías en mi primera casa, mi muy querida madre, todavía con el pañuelo
húmedo de lágrimas en las manos, insiste en decirme que me he “alemanizado”
terriblemente. Y como todas las madres de este mundo, no deja de tener mucha
razón. Con la economía de una sola palabra me hace ver algo que yo me resisto a
aceptar o que no logro percibir de manera conciente: que mis más de
treinta años “alemanes” han dejado en mi, más por dentro que por fuera, huellas
indelebles. Para darle un nombre, llamémoslas cicatrices culturales.
Yo llegué al exilio sabiendo leer y
escribir. Pero en castellano. Lo que al comienzo de mi vida en este país
equivalía a un perfecto analfabetismo. Este estigma lo llevé por todo el tiempo
que me llevó entender el alemán y –lo que es mucho más importante y complicado-
entenderme con los alemanes. Una ardua empresa personal aún muy lejos de
concluir. Entretanto he aprendido, espero, a disimularla bajo una gruesa capa
de silenciosa urbanidad. Con esto estoy tratando de responder una de las
preguntas estándar que me he acostumbrado a escuchar a lo largo de mi tiempo
alemán: ¿En qué idioma escribo? Confieso que al comienzo, esta era una
pregunta que me parecía una tomadura de pelo. Era y es suficiente escuchar mi
alemán para darse cuenta que como instrumento de expresión apenas si basta para
satisfacer las más simples necesidades de lo cotidiano. Pero todos sabemos que
literatura está lejos de ser un reflejo de cotidianidad o simplicidad. Al menos
es algo diferente. Mi respuesta por lo tanto a la pregunta por el idioma en que
escribo, tenía al comienzo un subtonito de sarcasmo e impaciencia. ¿En qué
idioma puede articular el escritor sus imaginerías si no es en el propio? era
mi réplica. Al decir propio quería decir yo, lengua materna. Un vínculo
sanguíneo que en aquel entonces yo consideraba intangible y sagrado. Sin que
esto nos haga olvidar, que nunca faltan los hijos que maltratan cruelmente a
sus madres. Hoy, transcurridos más de treinta años desde nuestro primer
encuentro, no he ganado con el alemán una segunda lengua materna, pero si una
primera lengua madrastra. Luego de un muy largo y lento proceso de
acercamiento, lejos aún de concluir, pero sin las hostilidades del comienzo, el
idioma alemán y yo hemos decidido firmar una suerte de pacto de cooperación y
ayuda mutua. Sin embargo, debo reconocer que esta fue también una decisión
urgida por la necesidad existencial de acceder, sin la mediación de un
traductor, con mis cuentas y abalorios, al cada vez más perdulario bazar
mediático alemán, en especial el de la televisión y el cine.
Así pues, mi alemán de uso propio es más bien –horribili dictu- una
lengua instrumental. Verdad es que ella me ha ayudado y ayuda solidariamente a
resolver muchos problemas de orden práctico cuando se trata de escribir para la
prensa, el teatro, la radio y la televisión. Mi prosa, empero, que constituye
el motivo central de mi actividad literaria, sólo puedo realizarla en
castellano. Así que no soy un “eingewanderter Autor deutscher Sprache”, para
usar un lapidario término con que la ciencia literaria local intenta definir
algunos límites de lo propio. En otras partes y ocasiones he reiterado la
opinión que no existen literaturas inmunes a su tiempo o a su lugar de
nacencia. En los caminos encuentra el caminante seducciones demasiado grandes,
como para negarse a ellas. Por lo mismo siempre se está produciendo un
apareamiento entre lo propio y lo extraño, conciente a veces, inconciente las
más, a pleno día o a hurtadillas, que nos deja embarazados de cosas nuevas que
vamos dando a luz por ahí, en alguna esquina de lo que escribimos. Es obvio
entonces que mi larga relación con el alemán y los alemanes haya influido, en
todo sentido y profundidad en mi literatura. Le debo a la literatura, a la
lengua y a las artes alemanas una parte sustancial e irrenunciable de mi mismo.
En cuanto a la recepción de mi literatura
aquí, allá y acullá es un tema que merecería ser sujet de un cuento
negrocómico. Cada autor sueña alguna vez ser publicado en lenguas extranjeras,
diferentes a la que él escribe. Para mi este sueño se convirtió hace tiempo en
una pesadilla de la que aún no logro despertar. Casi la mayoría de mis cuentos,
novelas y piezas de teatro, primero han visto la luz del día en su traducción
alemana. Con mucho pudor agrego además que varias de mis obras han sido
publicadas o estrenadas en Holanda, Inglaterra, Unión Soviética, Bulgaria,
Polonia, Estados Unidos, Suecia, Costa Rica, Argentina, Italia y hasta en el
orientalísimo Japón. Por favor, que no se confunda esta rara divulgación con
éxito. La menciono sólo porque sirve para ilustrar el grotesco cuasi esquizofrénico
que para mí significa que muy pocos de mis libros hayan sido publicados en
Chile, el lugar al que pertenecen evidentemente por ley natural. Pertenezco
pues a ese grupo de escritores parias que pareciera haber sido desheredado
culturalmente por su propia patria. Las razones de tal repudio son varias.
Algunas de ellas pueden suponerse en los caprichos del mercado libresco, donde
se ofrece sólo lo que a juicio de los editores tiene posibilidades de ser
vendido. Esto es el “libro seguro”, ya conocido o lo epigonal. El llamado
“libro de riesgo” –aquel que a ojos del editor quizá no logre encontrar los
compradores suficientes que justifiquen comercialmente los costos que demandan
su edición- por lo general no se publica. Y como se sabe, el libro que no se
publica no existe. De tal modo, la mayor parte de la recepción literaria sólo
tiene lugar con la venia del mercado. Porque nos guste o no, la modernidad ha
terminado por darle al libro una nueva condición que en estos tiempos pareciera
ser la más importante de todas: la condición de mercancía.
Me parece que tal situación refleja el Zeitgeist
actual. Tengo la impresión de que este es un tiempo en que el hambre por
cultura y literatura se ha ido haciendo una necesidad cada vez menor, que el
mercado satisface con la lectura diet y el fast food
perfectamente desechable de la intrascendencia subcultural. Es pues hasta casi
comprensible que en las pocas librerías chilenas de hoy, no haya demasiado
lugar para literaturas como la mía, que insisten en apelar a la tozudez de la
memoria como material temático y que hacen del inconformismo acético un anteojo
indiscreto para enfocar la otra parte de la realidad nacional, esa que no se
ve, esa que no se quiere ver, esa que no es, la que podría ser.
Al respecto una pequeña anécdota privada:
un amigo, Carlos Orellana, que durante la dictadura militar fue secretario de
redacción de “Araucaria”, la revista cultural más importante del exilio
chileno, se refiere elogiosamente a mi persona y mi literatura en su libro
autobiográfico “Penúltimo Informe”. Olvida sin embargo, mencionar que cuando se
desempeñó como jefe de la editorial Planeta en Chile, se negó a publicar un
volumen mío de narraciones, que en aquel año 1992 o 93 había obtenido el Premio
del Fondo Nacional del Libro, un laurel de más significancia económica que
moral. El peregrino argumento con que Carlos Orellana reforzó su rechazo, fue
que mi escritura era “demasiado política”, que a la gente del Chile
posdictatorial le interesaba poco tal tipo de literatura. Por muy discutible
que sea este punto de vista, el contiene una brutal porción de realidad. La
potestad cuasi omnímoda del mercado prescribe desde hace tiempo la mayor parte
del quehacer literario y cultural de la aldea global. No solamente en Chile.
También en este, mi país de residencia, la industria editorial, aunque en
expansión numérica constante, se muestra recelosa frente a los autores “de
riesgo”, como lo son todos aquellos que escapan o pretenden escapar de la
trampa fácil del adocenamiento. Por suerte aún se encuentran en Chile y
Alemania algunos lectores y editores que se esfuerzan por mantener, buscar o crear en los
vericuetos del mercado unos pocos nichos donde una literatura que pretende ser
fiel a sí misma pueda ejercer su derecho a existir.
Para concluir: yo sigo siendo un
convencido que es una ocasión de suerte para cada cultura y literaturas
–propias o ajenas- poder contar con la acción y reacción de autores de la
otredad y la lejanía. Ellos ofrecen la inapreciable ayuda óptica de la torre de
Babel, aquel viejo inmueble en construcción perenne, desde cuyas alturas es
posible avizorar la tierra prometida de las utopías.
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