16 de enero de 2011

LEER Y ESCRIBIR EN LA LEJANÍA

 Las notas que siguen son de data antigua.
Juntaban polvo en algún rincón de mi escritorio.
Si me decido ahora a ventilarlas, es porque ellas, 
aunque de manera aproximativa y parca,
entregan mi opinión sobre un viejo tema
que por viejo que sea aún no ha perdido actualidad.


Notas para una conversación en el Instituto Cervantes de Berlín
(23. 4. 2007)
Día Internacional del Libro


Sobre libros debería ser la conversación en el día de hoy, un asunto cuyo futuro la mórbida modernidad digital ha ido llenando de interrogantes agoreras a las que no voy a referirme, porque no es el tema de esta tarde, pero a lo mejor en una próxima oportunidad. Por ahora sólo nos limitaremos a intentar algunas pocas digresiones sobre el viejo libro de papel.

Permítanme comenzar con una archisabida simpleza axiomática: para que un libro sea libro debe cumplir dos etapas esenciales, primero debe ser escrito y luego debe ser leído. Supongo que en los albores primeros del libro, mucho antes de que Gutenberg inventara su prodigioso abracadabra de la tipografía móvil, fue sin duda la primera condición –la escritura- la que provocó la segunda –la lectura. Pero tiene que haber sido en el mismo momento en que el libro se convierte en literatura, en que ambas condiciones, lectura y escritura se maridan como Dios manda, con el fin de procrear y auxiliarse mutuamente y hasta que la muerte los separe. Así, pienso, se convirtieron en lo que hoy son: dos lados de la misma moneda de uso corriente en el memorioso y memorable país de la literatura.

En la ruta única, solitaria e intransferible del escritor, lectura y escritura no son “senderos que se bifurcan” sino un solo camino de ida y vuelta. Los libros no se hacen solos, pero no son hechos por cualquiera, sino sólo por aquella especie de lectores recalcitrantes e insatisfechos que en algún momento de audacia o soberbia se les antoja que en las bibliotecas del mundo aún faltan los suyos y se dan a escribirlos afanosamente, con el propósito siempre renovado de crear en el papel lo que la realidad nos escatima.

Así, desde los albores mismos la literatura deviene en una suerte de incestuosa mecánica perpetua de imaginería en la que los libros son engendrados por sus propios hijos los que a su vez nacen de su propio encuentro nupcial con sus progenitores. Pero no se trata aquí de un sórdido círculo vicioso, sino más bien de una virtuosa espiral. Acaso sea precisamente este dar y tomar de lo mismo lo que distingue la condición más primigeniamente humana de aquel acto que llamamos libro; tal vez sea esa práctica de intercambio incesante donde reside el secreto de su aún activa permanencia en el tiempo, en los tiempos. Porque no solamente “el libro nos permite compartir la imaginación del mundo” (Carlos Fuentes), sino es también al mismo tiempo el fuego primordial que alimenta esa imaginación y la hace feraz y viva. Siempre son los libros los guías que nos conducen a aquellos libros que nos gustaría leer y a esos otros que quisiéramos escribir.

Hablando de libros y literatura André Gide solía insistir en que todas las cosas ya estaban dichas, pero nadie escuchaba por lo que había que recomenzar siempre de nuevo. Por eso, y a pesar de los inevitables peligros de la repetición o el plagio que los acechan en cada línea por escribir, los escritores siguen empeñados en imaginar, crear y recrear sus propios textos con la esperanzada y porfiada intención de convertirlos en libros.

Si hablamos acá de la consanguinidad que une a libros y autores no será muy ocioso preguntarse ¿qué habría sido del Consejero Secreto de Weimar si sus multitalentos no se hubiesen alimentado con leche griega y pan latino? ¿Cómo habría sonado la voz de mi honorable paisano Pablo Neruda, si él no hubiera amado como amó a su Quevedo, su Góngora, su Manrique, o si cuando joven no se hubiera hundido hasta el cogote en las profundidades “pestilenciales” de Lautremont o Baudelaire? ¿Sería la poesía de García Lorca la que es sin la lengua y la sangre de sus gitanos? ¿Nos habrían alcanzado las ficciones, inquisiciones, disquisiciones, cábalas y milongas de Jorge Luis Borges, sin las severas revelaciones que sus druidas le insuflaron desde el Norte frío? ¿Y qué habría sido de Macondo si García Márquez no hubiera avizorado antes los límites del Yoknapatawaphta County, cual habría sido el epígrafe de los pergaminos de Melquíades sin la memoria del sánscrito? ¿Habrían existido los Hombres de Maíz de Miguel Ángel Asturias sin el soplo creacional del Popol Vuh, habrían brillado sus Tres de cuatro Soles sin las luces tentativas de los códices aztecas? Y ya que estamos en esta casa ¿cómo habrían resultado los hechos y hazañas del caballero de la triste figura, si nuestro señor padre Don Miguel no se hubiera dejado seducir por los melifluos relatos de italianos y moros?
Como quiera que se responda a estas preguntas de nunca acabar, cada vez ellas nos hacen recordar que los escritores no son entes partenogenéticos, por mucho que algunos se empeñen en hacernos creer que si lo son. Así resulta que una literatura que de un modo u otro no esté emparentada con alguna otra es tan improbable como una sociedad monocultural. Dice Octavio Paz: “La historia está hecha de las imposiciones, préstamos, adopciones y transformaciones de religiones, técnicas y filosofías ajenas.“ Libros y autores, como parte de esa historia, han conformado desde siempre asociaciones polifónicas y multicromáticas. Por ende son bibliotecas desde sus orígenes y en su naturaleza más profunda, instituciones lujuriosamente babilónicas.

Por supuesto que a lo largo de nuestra aún inconclusa transformación de mono en hombre, siempre han habido  puristas iluminados que se han empeñado en limpiar a sangre y fuego las llamadas “culturas nacionales” de todo corpúsculo extraño o que lo parezca. Desde la primera quema de libros ordenadas por el emperador chino Shi Huang di de la dinastía Qin en el año 213 a. C., hasta las fogatas litúrgicas en la Plaza de la Opera de Berlín en el atardecer del 10 de mayo de 1933, los libros y los que los escriben han debido soportar la prueba del fuego en todas las variaciones imaginables. La Biblioteca de Alejandría por ejemplo, que albergó la mayor colección de libros de la Antigüedad, en el año 391 fue víctima de la piadosa piromanía del emperador cristiano Teodosio I, llamado El Grande. Para no ser menos, doscientos cincuenta años más tarde los reconquistadores sarracenos del califa Omar usaron los últimos rollos de papiro para calentar el agua de los baños públicos de esa metrópolis portuaria. Y no mucho después, monjes sin nombre en celdas sin ventanas, se esmeraron aplicadamente por siglos en borrar con piedra pómez los pensamientos paganos de viejos pergaminos latinos para reemplazarlos por la palabra santa de los primeros padres de la iglesia. Pero algunos de esos palimpsestos supieron esperar pacientes por la vuelta a la luz del Renacimiento. De este modo, algunos textos de Plauto, Cicerón, Ovidio, Plinius el Viejo, lograron resucitar para seguir viviendo en los mundos de Molière, Bacon, Cervantes, Shakespeare, Pigafetta y otros.
Por cierto no todos los escritos martirizados pudieron gozar de la gracia del Fénix. La lista de los renacidos no guarda ninguna proporción con los que se perdieron para siempre. Cada autor salvado se alza sobre una montaña de cenizas de colegas desconocidos. Porque algo hay que reconocerle a estos bomberos bradburyanos de ayer y hoy: cumplieron minuciosamente con su trabajo. Y aunque sus rostros hayan sido cada vez distintos, aunque los libros que quemaron nunca fueron los mismos, si lo fueron sus motivos, fuesen ellos de naturaleza religiosa, ideológica, política, moral o incluso estética. Por incomprensión, ignorancia, arrogancia, cálculo, incluso idealismo, en todos los tiempos han habido incendiarios dispuestos a cumplir las órdenes de los Biedermann de turno para realizar tales “acciones de limpieza”, en nombre de un Dios, un rey o una idea.
No es por apetencia necrofílica que he hecho esta breve referencia a un aspecto particularmente tenebroso de la historia del libro. Lo he hecho como un escritor que no puede evitar su memoria ni olvida que nunca el juego literario ha estado exento de peligros.

Henry James describió su imagen de literatura como una casa enorme con muchísimas ventanas, cada una de ellas abriéndose a la visión de un paisaje único que ofrecía “una impresión distinta de cualquier otro”. Una de esas ventanas de esa casa se abre a un paisaje en el que vivo y que ha determinado de modo decisivo y al parecer definitivo mi quehacer literario. Me refiero a la lejanía y la otredad del exilio. En esta parte reconozco que hablar de mi veteranía como lector y autor de migración y exilio es algo que lejos de entusiasmarme, me empuja con mano aviesa al foso alquitranado de la melancolía. Hacerlo equivale a hacer un arqueo de un largo tiempo de vida. Un balance que en mi caso particular, arroja un “Haber” harto dudoso y un “Debe” más que respetable. Este ejercicio contable adquiere una connotación especial cuando se realiza bajo las coordenadas de la lejanía y la otredad, constantes axiales en torno a las que se realiza el exilio. Curiosamente, lejanía y otredad suelen prolongarse en el país de origen aún después del regreso –definitivo o transitorio- del ausente. El exiliado que regresa descubre que es muy distinto al que salió, y descubre también que el lugar al que regresa ya no es el mismo que dejó. Heráclito dixit. 

Al hablar de exilio estoy refiriéndome también, y no precisamente de forma tangencial, a lo que suele llamarse migración, ese fenómeno usado y abusado desde siempre por la política contingente en los países anfitriones. A mi juicio son exiliado y migrante astillas de un mismo palo. Su presencia y suerte son comunes. Son demasiadas las venturas y desventuras que ambos comparten, como para separarlos en su mención. Sobre todo en su variante latinoamericana, que sabemos está lejos de ser la única sobre el tema. Por lo demás y en lo que a mí respecta, nunca me ha interesado mucho definir el status exacto de mi ausencia y otredad en el país en que vivo. No sé si sea necesario aclarar que el exilio no es el único tópico de mi literatura, ni siquiera es uno muy relevante, pero no olvido que el es la circunstancia inicial y política que ha marcado toda mi existencia en la lejanía y bajo la cual ejerzo mi oficio de escritor con unas ganas muy parecidas a la pasión erótica. Otra chilena, exiliada de Chile durante casi toda su vida, describió en dos frases muy simples esto que estoy tratando de decir tan enredosamente. “Escribir me suele alegrar. Siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno e infantil; y me deja la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real”, dijo Gabriela Mistral en el verano de 1938 en Montevideo.

Incontables son los intentos de acercamiento interpretacional al tema del exilio. En los primeros que se conocen predomina naturalmente, como es de esperar, el ducto literario por sobre el analítico. Las primeras menciones sobre el abandono forzado del hombre de su lugar de origen y sobre el complejo estado posterior que tal alejamiento provoca en ese hombre, son de data muy antigua. Muy anteriormente al segundo epos del Pentateuco donde se describe la errancia del pueblo del Libro,  ya se sabía de  Sinuhé, el cortesano egipcio de Amenemhet I, cuya vivencia en el destierro palestino, dos mil años antes de Cristo, constituye acaso el primer paradigma del exilio. Si miramos hacia atrás, reconoceremos que el destino de Sinuhé está presente a todo lo largo, ancho y hondo de la biografía del Hombre. Tal vez sea esa persistencia siempre renovada la que ha hecho del exilio una condición humana extrema, como lo pensaba Rabbi Löw, el creador del Golem, en la Praga del siglo XVI.

Tan variopintas son ellas que sería lato y azaroso pretender enumerar aquí las causas iniciáticas de los exilios, pero cualquiera que ellas sean, sus consecuencias –igualmente variopintas- van siempre mucho más allá de los límites individuales de los que lo viven y siempre terminan proyectándose, de manera insoslayable, en el tiempo cultural del país de asilo y también en el de origen. Es obvio entonces que en cada una de las llamadas literaturas nacionales se perciba el aliento del exilio, llegando a ser muchas veces concluyentes en su gestación y desarrollo. No existen las literaturas, y por ende tampoco las llamadas culturas nacionales, que hayan permanecido impermeables a la influencia de lo exiliar, para usar el giro de Juan Gelman.
Nada más lejos de mi intención es pretender aquí aventurarme en la espesura de una teoría cultural de la migración o de una hermenéutica del exilio. Mucho menos me arriesgaría a pronunciar alguna palabra doctrinal sobre el tema. Porque aunque sea destino común de muchos, el exilio en si es una forma instransferible de vida individual. Mis acotaciones, por lo tanto, no son más que fugaces referencias a mi personalísima práctica de exilio como autor y consumidor de literatura en y desde la lejanía.
En mi caso, esta lejanía tiene un nombre. Se llama Alemania y dura ya más de treinta años. En otros textos autoreferentes sobre el mismo tema he dado cuenta hace algún tiempo del raro privilegio que me concedió la historia, al permitirme iniciar mi exilio en un pequeño país alemán que ya no existe y continuarlo después –sin moverme un milímetro del lugar en que estaba parado-  en otro país igualmente alemán, pero más grande y en mucho diferente. Como si una vez no fuera suficiente, mi exilio ha sido pues, dos veces alemán. Algunos espíritus demasiado sensibles, tanto en Chile como en Alemania, han llegado a presumir que esta carambola tan rebuscada de la política internacional me ha arrojado de un exilio a otro exilio. Es una presunción equivocada. No es improbable que algunos alemanes provenientes de la fenecida República Democrática Alemana se sientan exiliados en la Alemania actual, pero sería erróneo incluirme entre ellos. Yo fui y me sigo sintiendo lo que soy, un exiliado chileno. Con ese título de viaje me basta y me sobra.

Sin duda, migración y exilio han estropeado muchas existencias, a veces definitivamente. Con mucha frecuencia la vida en suelo ajeno está sombreada por oscuros sentimientos de desgajadura, pérdida, miedo, soledad y mutismo. La psicopatología del migrante y exiliado es rica en ofertas de todo tipo. Sobre eso rinde informe una amplia escritura testimonial y documental. En su “Mínima Moralia” el emigrante Theodor W. Adorno sostiene que “cada intelectual en la emigración, sin excepción está dañado”. Es cierto. En algunos, tales daños resultan mortales. Otros, entre los que me incluyo, se esfuerzan por sobrevivir. Y en algún momento de ese esfuerzo descubrimos por suerte que por entre el velo gris de los sentimientos del desterrado, no sólo podemos ver con más nitidez nuestro lugar de origen, sino vislumbrar además otros insospechados horizontes, en nosotros y allá en la distancia. Las vivencias personales se intensifican, se multiplican, se aceleran. Nuestra capacidad de asombro ante lo nuevo se vigoriza en la misma medida que se descascara el oropel de nuestra vanidad y arrogancia. Cuando eso ocurre, se abren a nuestra literatura posibilidades inesperadas. Bajo las costras duras de la lejanía y otredad, subyacen fructíferas regiones, donde también es posible sembrar y cosechar. Tal experiencia conforma el momento germinal de lo que podría llamarse una poética de la lejanía y la otredad. Fuente de la que se han nutrido y nacido no pocas obras esenciales de las letras mundiales. Es dentro de este proceso siempre fluctuante de intercambio mutuo de lo propio y lo ajeno, que mi literatura ha ido tomando forma y cuerpo. Todo ello ha confluído en el hecho irrevocable de mi cosmopolitismo cultural, aunque yo me empeñe en seguir siendo un autor de chilenizada lengua castellana. Eso es al menos lo que yo creo, pero cada vez que llego a gozar de esas siempre demasiado breves estadías en mi primera casa, mi muy querida madre, todavía con el pañuelo húmedo de lágrimas en las manos, insiste en decirme que me he “alemanizado” terriblemente. Y como todas las madres de este mundo, no deja de tener mucha razón. Con la economía de una sola palabra me hace ver algo que yo me resisto a aceptar o que no logro percibir de manera conciente: que mis más de treinta años “alemanes” han dejado en mi, más por dentro que por fuera, huellas indelebles. Para darle un nombre, llamémoslas cicatrices culturales.

Yo llegué al exilio sabiendo leer y escribir. Pero en castellano. Lo que al comienzo de mi vida en este país equivalía a un perfecto analfabetismo. Este estigma lo llevé por todo el tiempo que me llevó entender el alemán y –lo que es mucho más importante y complicado- entenderme con los alemanes. Una ardua empresa personal aún muy lejos de concluir. Entretanto he aprendido, espero, a disimularla bajo una gruesa capa de silenciosa urbanidad. Con esto estoy tratando de responder una de las preguntas estándar que me he acostumbrado a escuchar a lo largo de mi tiempo alemán: ¿En qué idioma escribo? Confieso que al comienzo, esta era una pregunta que me parecía una tomadura de pelo. Era y es suficiente escuchar mi alemán para darse cuenta que como instrumento de expresión apenas si basta para satisfacer las más simples necesidades de lo cotidiano. Pero todos sabemos que literatura está lejos de ser un reflejo de cotidianidad o simplicidad. Al menos es algo diferente. Mi respuesta por lo tanto a la pregunta por el idioma en que escribo, tenía al comienzo un subtonito de sarcasmo e impaciencia. ¿En qué idioma puede articular el escritor sus imaginerías si no es en el propio? era mi réplica. Al decir propio quería decir yo, lengua materna. Un vínculo sanguíneo que en aquel entonces yo consideraba intangible y sagrado. Sin que esto nos haga olvidar, que nunca faltan los hijos que maltratan cruelmente a sus madres. Hoy, transcurridos más de treinta años desde nuestro primer encuentro, no he ganado con el alemán una segunda lengua materna, pero si una primera lengua madrastra. Luego de un muy largo y lento proceso de acercamiento, lejos aún de concluir, pero sin las hostilidades del comienzo, el idioma alemán y yo hemos decidido firmar una suerte de pacto de cooperación y ayuda mutua. Sin embargo, debo reconocer que esta fue también una decisión urgida por la necesidad existencial de acceder, sin la mediación de un traductor, con mis cuentas y abalorios, al cada vez más perdulario bazar mediático alemán, en especial el de la televisión y el cine.


Así pues, mi alemán de uso propio es más bien –horribili dictu- una lengua instrumental. Verdad es que ella me ha ayudado y ayuda solidariamente a resolver muchos problemas de orden práctico cuando se trata de escribir para la prensa, el teatro, la radio y la televisión. Mi prosa, empero, que constituye el motivo central de mi actividad literaria, sólo puedo realizarla en castellano. Así que no soy un “eingewanderter Autor deutscher Sprache”, para usar un lapidario término con que la ciencia literaria local intenta definir algunos límites de lo propio. En otras partes y ocasiones he reiterado la opinión que no existen literaturas inmunes a su tiempo o a su lugar de nacencia. En los caminos encuentra el caminante seducciones demasiado grandes, como para negarse a ellas. Por lo mismo siempre se está produciendo un apareamiento entre lo propio y lo extraño, conciente a veces, inconciente las más, a pleno día o a hurtadillas, que nos deja embarazados de cosas nuevas que vamos dando a luz por ahí, en alguna esquina de lo que escribimos. Es obvio entonces que mi larga relación con el alemán y los alemanes haya influido, en todo sentido y profundidad en mi literatura. Le debo a la literatura, a la lengua y a las artes alemanas una parte sustancial e irrenunciable de mi mismo.


En cuanto a la recepción de mi literatura aquí, allá y acullá es un tema que merecería ser sujet de un cuento negrocómico. Cada autor sueña alguna vez ser publicado en lenguas extranjeras, diferentes a la que él escribe. Para mi este sueño se convirtió hace tiempo en una pesadilla de la que aún no logro despertar. Casi la mayoría de mis cuentos, novelas y piezas de teatro, primero han visto la luz del día en su traducción alemana. Con mucho pudor agrego además que varias de mis obras han sido publicadas o estrenadas en Holanda, Inglaterra, Unión Soviética, Bulgaria, Polonia, Estados Unidos, Suecia, Costa Rica, Argentina, Italia y hasta en el orientalísimo Japón. Por favor, que no se confunda esta rara divulgación con éxito. La menciono sólo porque sirve para ilustrar el grotesco cuasi esquizofrénico que para mí significa que muy pocos de mis libros hayan sido publicados en Chile, el lugar al que pertenecen evidentemente por ley natural. Pertenezco pues a ese grupo de escritores parias que pareciera haber sido desheredado culturalmente por su propia patria. Las razones de tal repudio son varias. Algunas de ellas pueden suponerse en los caprichos del mercado libresco, donde se ofrece sólo lo que a juicio de los editores tiene posibilidades de ser vendido. Esto es el “libro seguro”, ya conocido o lo epigonal. El llamado “libro de riesgo” –aquel que a ojos del editor quizá no logre encontrar los compradores suficientes que justifiquen comercialmente los costos que demandan su edición- por lo general no se publica. Y como se sabe, el libro que no se publica no existe. De tal modo, la mayor parte de la recepción literaria sólo tiene lugar con la venia del mercado. Porque nos guste o no, la modernidad ha terminado por darle al libro una nueva condición que en estos tiempos pareciera ser la más importante de todas: la condición de mercancía.
  
Me parece que tal situación refleja el Zeitgeist actual. Tengo la impresión de que este es un tiempo en que el hambre por cultura y literatura se ha ido haciendo una necesidad cada vez menor, que el mercado satisface con la lectura diet y el fast food perfectamente desechable de la intrascendencia subcultural. Es pues hasta casi comprensible que en las pocas librerías chilenas de hoy, no haya demasiado lugar para literaturas como la mía, que insisten en apelar a la tozudez de la memoria como material temático y que hacen del inconformismo acético un anteojo indiscreto para enfocar la otra parte de la realidad nacional, esa que no se ve, esa que no se quiere ver, esa que no es, la que podría ser.

Al respecto una pequeña anécdota privada: un amigo, Carlos Orellana, que durante la dictadura militar fue secretario de redacción de “Araucaria”, la revista cultural más importante del exilio chileno, se refiere elogiosamente a mi persona y mi literatura en su libro autobiográfico “Penúltimo Informe”. Olvida sin embargo, mencionar que cuando se desempeñó como jefe de la editorial Planeta en Chile, se negó a publicar un volumen mío de narraciones, que en aquel año 1992 o 93 había obtenido el Premio del Fondo Nacional del Libro, un laurel de más significancia económica que moral. El peregrino argumento con que Carlos Orellana reforzó su rechazo, fue que mi escritura era “demasiado política”, que a la gente del Chile posdictatorial le interesaba poco tal tipo de literatura. Por muy discutible que sea este punto de vista, el contiene una brutal porción de realidad. La potestad cuasi omnímoda del mercado prescribe desde hace tiempo la mayor parte del quehacer literario y cultural de la aldea global. No solamente en Chile. También en este, mi país de residencia, la industria editorial, aunque en expansión numérica constante, se muestra recelosa frente a los autores “de riesgo”, como lo son todos aquellos que escapan o pretenden escapar de la trampa fácil del adocenamiento. Por suerte aún se encuentran en Chile y Alemania algunos lectores y editores que se esfuerzan  por mantener, buscar o crear en los vericuetos del mercado unos pocos nichos donde una literatura que pretende ser fiel a sí misma pueda ejercer su derecho a existir.

Para concluir: yo sigo siendo un convencido que es una ocasión de suerte para cada cultura y literaturas –propias o ajenas- poder contar con la acción y reacción de autores de la otredad y la lejanía. Ellos ofrecen la inapreciable ayuda óptica de la torre de Babel, aquel viejo inmueble en construcción perenne, desde cuyas alturas es posible avizorar la tierra prometida de las utopías.



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