16 de enero de 2011

¡ESE MOZART!


QUERIDO WOLFERL


Más de alguien podría acusarme de lesa consideración por nombrarlo así: Wolferl. Pero no lo hago por falta de respeto, sino por exceso de cariño. Además, eso es menos untuoso que llamarlo Johannes o Chrysostomus o Wolfgang o Gottlieb que son los nombres que aparecen en su partida de bautismo, extendida en Salzburgo, el martes 27 de enero de 1756. Después en Viena le latinizaron postmortem el Gottlieb y lo dejaron en Amadeus, un nombre tan católicamente empalagoso que al ser pronunciado deja la boca fruncida como poto de gallina.

Para ser franco, si lo llamo Wolferl es porque así lo llamaban Nannerl, su hermana, su Konstanze inconstante y sus amigos de parranda y corazón. Agradecido y emocionado hasta el caracú, me incluyo entre estos últimos. Porque Mozart es una farra perpetua que conduce inevitablemente a la misteriosa adicción por lo divino y lo humano de la que está hecha su música.

Esta Humanidad inconclusa, a la que Wolferl sigue ayudando a humanizarse a pesar de tanto caníbal empeñado en lo contrario, encenderá en estos días sus pomposas pirotecnias jubilares para celebrar los doscientos cincuenta años de su nacimiento. Mercachifles del recuerdo y regentes melifluos volverán a filetear su cadáver exquisito, a la espera de los jugosos dividendos que manan de su inmortalidad. Esto no puede sorprender a nadie porque así fue siempre durante toda su vida.

Desde que Leopold Mozart, su padre, descubrió que a los tres años su hijo podía tocar el clavicémbalo con virtuosismo inimitable (sin que nadie se lo hubiera enseñado nunca) hasta su Réquiem inacabado, toda su vida fue la de un niño genial. Sólo entre 1760 y 1762, es decir entre los cuatro y seis años de edad, Wolferl escribió sus primeros veintidós minuetos y otras obritas que podrán calificarse de infantiles pero en ningún caso menores.

Algunos censuran al padre porque trocó la niñez de su hijo por una interminable tournée por los salones cortesanos de Munich, Augsburgo, Francoforte, Mannheim, Maguncia, Coblenza, Aquisgrán, Colonia, Bruselas, Amsterdam, La Haya, Versalles, Zurigo, Venecia, Florencia, Roma, Milán, París, Londres y siempre Viena, su ciudad-destino. Corrían extasiadas las babas reales ante las interpretaciones increíbles que este monstruito con espadín de juguete y peluca empolvada hacía de sus propias composiciones, no menos maravillosas que sus ejecuciones. Y entonces, los babosos coronados dejaban caer graciosamente sus ducados, florines y guineas en la mano extendida del orgulloso padre. No olvidemos que el secreto funcional del mecenazgo es siempre la avaricia, por lo que las propinas contantes y sonantes recibidas por Mozart nunca fueron tan grandes ni tan abundantes como los salivosos elogios orales de sus benefactores.

En esta parte, debo confesar que hasta cierto punto puedo comprender el afán del padre por cortarle una lonja dorada al destino de un hijo condenado a una gloria prometeica, aunque mucho menos rangosa de lo que podría esperarse. Es cierto que lo explotó por años como a un monito de circo, pero sin esta mezquina ambición paterna, al genio de Wolferl quizás le habría faltado espacio y abono para florecer, crecer y extenderse. Este ir y venir por los caminos de Europa le enseñó que había algo más allá de los horizontes propios.

Asi fue como durante su breve estadía en Londres se apropió del “estilo galante” de Johann Christian Bach, último hijo del gigante de Leipzig, de quién aprendió el arte de la seducción a través de los formatos de “salón”. Y en 1764 al escuchar por primera vez un concierto de la orquesta de Mannheim, la mas famosa de aquel tiempo, intuyó las veras dimensiones del juego orquestal, que luego hizo sonar en sus más de cuarenta sinfonías. En los jardines de Versalles, con nueve años incumplidos, experimentará la influencia -decisiva en su posterior obra de cámara- del clavecinista Jean Schobert, quién después de impartirle una lección de una hora en instrumentación dijo que a partir de ese momento dejaba de ser maestro de Wolferl, para convertirse en su discípulo. Algo después, su paso concertante por los estados vaticanos bastó para convertirlo en uno de los más originales compositores “italianos” y para que un boquiabierto Papa Clemente XIV lo nombrara “Cavagliere Pontificio della Spora d’oro”.

Así, sin proponérselo, a los diez años, Wolferl se convirtió en el primer europeo moderno de la Historia. Hablaba a la perfección cinco idiomas, pero su único lenguaje era el de la música.

Su lucha por liberarse de la rígida autoridad paterna fue tan larga y dura como su búsqueda de un protector comprensivo o al menos dadivoso. Ambas empresas tuvieron algunos breves trechos soportables pero nunca un final feliz. Las relaciones de Leopoldo Mozart con su hijo no fueron mejores que las que Wolferl mantuvo con sus colegas y patronos, las que llevaron siempre la impronta ominosa de la hostililidad y del abuso. Su talento de elegido olímpico, que nadie podía desconocer, sólo provocaba la envidia de un tiempo tan fatalmente chato como el actual nuestro.

Primero en Salzburgo y luego en Viena, una farándula babilónica de poderosos y vanidosos encargó a Wolferl todo tipo de trabajos. Ayer como hoy, a la decadencia nunca le faltan motivos para celebrar. Le pedían entonces alguna misa para una ocasión farisea, o una letanía de despedida para el sifilítico de turno, o quizás una partida de divertimentos onomásticos, y también algún concierto digestivo para después de la cena. Seguramente estos obispos, príncipes, regentes junto a sus cocottes y mancebos se asombraban al comprobar que en lugar de escuchar la musiquilla trivial de siempre, revelaciones inauditas de un sonido nuevo les venían a fundir el cerumen fósil de su intrascendencia centenaria. Así por ejemplo, lo que debía ser una breve reverencia musical al recién nombrado burgomaestre de Salzburgo, se transformó en la Sinfonía “Haffner”. Un apellido perfectamente casual que hoy sólo sirve para evocar la genialidad sin par de Mozart, el jornalero que la compuso. En similares circunstancias mercenarias nacieron la mayoría de sus 626 composiciones registradas en el catálogo temático de Ludwig von Köchel.

No sin razón se afirma que recién en su adultez, Wolferl pudo vivir la infancia que le negaron de niño. Algunos lo dicen para explicar así su aparente despreocupación con la que se entregaba al hoy sin pensar en el mañana, o para justificar sus frecuentes calaveradas con vino y pierna suave. Otros críticos -criados seguramente con leche cortada- creen ver en la obra mozartiana una simple artesanía con mucha paja formal y pocas “ideas”, que nunca logró traspasar los límites de una superficialidad pueril. Tales opiniones se parecen en mucho a aquella de Joseph ll, sacro emperador de Austria por mandato divino, a quién se le escapó por cierto la crítica a la soberbia occidental y cristiana encerrada en “El rapto del serrallo”, pero no le gustó porque tenía “demasiadas notas”.

Cierto, Wolferl no nació para ser filósofo, ni matemático, ni mucho menos teólogo. Para mayor gloria humana su estrella era otra. Aunque nunca su música padeció la pérdida de esa frescura terrenal que la hace tan cercana a sus contemporáneos de todos los tiempos, nadie puede desoír que en ella cohabitan también ángeles y demonios. Ya en sus composiciones más adolescentes comienza a sonar en su obra una sorprendente mezcla de resignación y alborozo, de sometimiento y alegría. Son los materiales principales de que se nutren el melancólico cinismo de “Don Giovanni”, la ironía filuda de “Las bodas del Fígaro” o su indagatoria por la luz en “La Flauta Mágica”.

El tiempo de Wolferl a este lado del espejo fue breve. La arena de su reloj terminó de escurrirse definitivamente poco antes de la una de la mañana del viernes 5 de diciembre de 1791. Todavía no cumplía los 36. Su ultima notación fue el octavo compás del Lacrimosa de su Réquiem, el que fue terminado después por Franz Xaver Süßmayr, un discípulo de Mozart, de acuerdo a indicaciones muy precisas del maestro.

Las leyendas en torno al Réquiem y la muerte de Wolferl comenzaron a tejerse antes siquiera de que su cadáver se enfriara. Lo primero que se dijo fue que la obra había sido el encargo de un misterioso mandante sin rostro. Después se agregó que el encargo provenía de una logia masónica como venganza por una supuesta traición de secretos de la Hermandad, la que además había decidido envenenar a Mozart con un sublimado de argento vivo, que le provocaría una muerte lo suficientemente lenta y dolorosa para darle tiempo y motivo para concluir el Réquiem. Luego se inculpó al pobre Antonio Salieri, un compositor italiano de moda y mala pata, que al enfrentarse y reconocer el genio de Mozart no le quedó más remedio que enloquecer de envidia y terminar sus días con camisa de fuerza en el manicomio imperial de Viena. Y siguieron otras versiones, una más truculenta que la otra. En verdad, el Réquiem fue ordenado secretamente a Mozart por el conde von Walsegg, un compositor aficioneque a quién le gustaba comprar obras ajenas que después presentaba a sus amigos como propias.

Este año la necrofilia mediática conmemorará el sesqui bicentenario del nacimiento de Mozart con nuevas especulaciones mortuorias que se agregarán sin pena ni gloria al centenar ya existente. Como si lo más importante de su vida hubiera sido su muerte.

Se cuenta que Antonin Dvořak, el célebre compositor checo que era famoso por su iracundia, durante una de sus clases de composición en el conservatorio de Praga hizo a su clase una pregunta de sospechosa gramática: “¿Qué es Mozart?”. Las débiles respuestas exasperaron de tal modo a Dvořak que no pudo contenerse, arrastró de la oreja a uno de los discípulos hasta la ventana, y le preguntó: “¿Dime qué ves?”. Turulato, el muchacho comenzó a describir lo que veía: faroles, gente, carruajes, etc. “¡Eres un ciego cretino!”, tronó Dvořak, “¿No ves acaso el sol? ¡Ahora ya lo sabéis, imbéciles! ¡Mozart es el sol!”.

Creo que no hay que esperar por ocasiones especiales para encontrarse con Wolferl. Escucharlo, es cantarse y celebrarse a uno mismo (dice Whitman). Además, cualquier día, cualquier momento es bueno para gozar del sol, especialmente en tiempos oscuros.



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