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José Saramago -a quien sigo considerando mi amigo a pesar de que nos vimos y compartimos sólo una vez por un par de días en 1982 en Berlín y a pesar de su mudanza al otro lado del espejo en el 2010- prefirió llamarlo “O caderno”a su blog. Al hacerlo, desapareció como por arte de magia el ruido metálico del noranglicismo. Personalmente no siento ninguna aversión frente al uso de extranjerismos de cualquier tipo, y yo mismo los pronuncio a veces, con más pereza de expresión que otra intención. Creo comprender porqué Saramago llamó "El cuaderno" a esta botella de náufrago, que tantos millones lanzan diariamente a las oceánicas vastedades digitales, con un mensaje dentro, y la muy remota esperanza de que alguien lo lea. Garrapatear alguna frase en una hoja de cuaderno, pareciera hacer más humano este intento de comunicación que nos ha regalado la técnica.
Si yo fuera alemán habría elegido quizá la palabra Kassiber, que así se llaman esos minúsculos papelitos clandestinos con que los prisioneros en las cárceles de alta seguridad intercambian mensajes entre sí y con el mundo exterior.
Igualmente inevitable es la comparación de un blog con un "diario de vida". Otro objeto de antaño hecho de papel y de los buenos propositos de inscribir en él alguna frase, más secreta que literaria, que diera cuenta de algun pensamiento o hecho personal digno de ser registrado para la posteridad. No sé cuantos "diarios de vida" empecé en mi niñez y en mi adolescencia. Nunca, creo, pasé de la primera línea. Ninguna de ellas honestas. Quiero decir con ello, que tales líneas estaban muy lejos de ser una confesión real de mis confusiones de entonces, las que -gracias a Heraclitus- raras veces fueron las mismas pero sí cada vez más grandes.
Con todo lo que yo quiero y admiro a Saramago, jamás se me ocurrió imitarlo e intentar seguirlo en su tarea de escribir un cuaderno/blog. La que me indujo a esto, de modo más o menos perentorio, fue mi hija Bárbara, la que -como su nombre lo indica- no sólo es patrona de los artilleros, sino además exige de ellos buena punteria. También fue ella la que seleccionó el wanako que aparece como mi retrato en esta prima página. "Saben escupir", fue su razón. ¡Y bueno, ahora se trata de esmerarse en afinar la puntería, para que el escupitajo no aterrice en rostros inocentes! Si es que los hay.
Indudablemente esto de ponerse a lanzar frases al aire a la espera de que alguien las agarre al vuelo, tiene mucho y bastante de exhibicionismo: ustedes saben, aquella vieja práctica de abrirse súbitamente la gabardina a la entrada de un colegio de monjas, (las del Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el barrio de Versalles, por ejemplo), con la remota esperanza de que alguna pía doncella se escandalice a la vista de poquedades sin ninguna importancia real.
Lo que en esta página pudiera yo escribir, seguro que será un poquito de todo de eso. Sobre todo nostalgia. (¡Qué suene el bandoneón, maestro!). Por algo que no fue, pero pudo ser. Por algo que es, a pesar de uno. Nostalgia también por el desperdicio de la posibilidad diaria de haber sido mejor y "el valor de ya no ser". (Alfredo Le Pera dixit!).
De antemano, me declaro inocente de todo lo que aquí digo y diré. No lo soy por supuesto, pero afirmarlo pudiera tal vez despertar la piadosa credulidad de alguien dispuesto a tragarse el anzuelo.
Aclaradas estas cosas, el wanako de la foto se da ahora a la paciente tarea de juntar saliva y escoger su primer blanco.
Maestro,
ResponderEliminarno se demore en su primer blanco y
¡¡¡qué suene el bandoneón!!!
Magdalena
estupendo me parece...se me ocurren varios blancos posibles.
ResponderEliminarBravo! Bravo! A por ellos!
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