16 de enero de 2011

VIOLETA PARRA - UNA REVERENCIA


En octubre del 2008,
en la casa de la cultura Alte Feuerwache de Colonia,
mi amigo Leonardo Martinez organizó un pequeño acto recordatorio
en homenaje a Violeta Parra con ocasión de los cuarenta años de su muerte,
y me pidió que escribiera una breve introducción al mismo.
Pensé entonces que el texto, que sigue más abajo, debía contener algunas informaciones sobre Violeta que yo suponía que los asistentes, en su mayoría no conocían.
Me equivoqué. Era un público alemán que la conocía bien.
No pocos de ellos me dijeron que habían aprendido español
empujados por el deseo de leer "Gracias a la vida" en el idioma en que fue escrito.

______________


BELLEZA DE UNA FEA
 

“Dulce vecina de la verde selva
Huésped eterno del abril florido
Grande enemiga de la zarzamora
Violeta Parra.
Jardinera
                locera
                            costurera
Bailarina del agua transparente
Arbol lleno de pájaros cantores
Violeta Parra.
Has recorrido toda la comarca
desenterrando cántaros de greda
Y liberando pájaros cautivos
Entre las ramas.
Preocupada siempre de los otros
cuando no del sobrino
                                   de la tía
Cuándo vas a acordarte de ti misma
Viola piadosa.
Tu dolor es un círculo infinito
Que no comienza ni termina nunca
Pero tú te sobrepones a todo
Viola admirable.
...
Poesía
           pintura
                      agricultura
Todo lo haces a las mil maravillas
Sin el menor esfuerzo
Como quien se bebe una copa de vino.
Pero los secretarios no te quieren
Y te cierran la puerta de tu casa
Y te declaran la guerra a muerte
Viola doliente.
Porque tú no te vistes de payaso
Porque tú no te compras ni te vendes
Porque hablas la lengua de la tierra
Viola chilensis.
...
Se te acusa de esto y de lo otro
Yo te conozco y digo quién eres
¡Oh, corderillo disfrazado de lobo!
Violeta Parra.
...
(De “Defensa de Violeta Parra”
de Nicanor Parra)

Como en el resto del mundo, también en Chile la actitud general de la institucionalidad burguesa frente a sus artistas populares muy pocas veces ha sido solidaria. Por el contrario. Si miramos hacia atrás en la historia, y también en nuestro derredor actual, veremos que a menudo esta actitud no ha estado exenta de una hostilidad manifiesta, a veces extrema. Pero en su mayor parte ella ha sido de una indiferencia parecida al hielo. En los menos de los casos, las relaciones del estado con sus artistas populares apenas si alcanzan ocasionalmente algún grado de mecenazgo arrogante. Este por supuesto, nunca libre de una meliflua dosis de cálculo político. Tal desinterés se ha alimentado desde siempre de la supina ignorancia que los aparatos políticos y administrativos del estado suelen ostentar y cultivar frente a la creación literaria y artística generada de modo permanente por un convulso y disímil colectivo de individualidades, al interior de esa otra masa mayor que se acostumbra a llamar “pueblo”. A esta endémica relación del estado chileno con sus creadores populares, se agrega la presencia omnímoda de aquella influencia de origen principalmente neocolonial, imperial, mediático y mercantil que en forma de sub-cultura global y chata, hace que el futuro de la identidad cultural de muchas regiones del planeta se torne cada vez más evanescente.
Estas circunstancias adversas bajo las que se ha desarrollado la creación popular en Chile (y con seguridad en la mayoría de los países latinoamericanos) son de data antigua. Y nada anuncia que ellas vayan a desaparecer en un futuro cercano. Desde siempre los artistas populares han tenido que  enfrentarse a estas condiciones de plomo, para con más o menos suerte, intentar realizar su difícil destino de creadores dentro del aún más difícil arte de buscar lo propio. Aunque siempre necesaria, es tarea pendiente y asaz errátil intentar hacer una lista completa de los artistas populares que a lo largo y ancho y hondo de nuestra historia latinoamericana han entregado su aporte a lo que llamamos cultura popular, aquel “complejo sistemas de símbolos de identidad que el pueblo preserva y crea1, aquel “torrente incontenible que es padre y madre de todas las artes2. Pero no se comete ningún error destacar de entre esa miríada de nombres el de Violeta Parra, especialmente en este año cuando la cultura de ese continente nuestro conmemora el 40 aniversario de su muerte.
¿Por qué Violeta?
Una de las tantas respuesta posibles la da el peruano José María Arguedas cuando dice “yo creo que el caso de Violeta Parra es uno de los más excepcionales e interesantes de cuantos se pueda presentar en el arte de Latinoamérica (...) Ella es lo más chileno de lo más chileno que yo tengo la posibilidad de sentir; sin embargo es al mismo tiempo lo más universal que he conocido de Chile (...) Lo más genialmente individual y al mismo tiempo lo más genialmente popular (...) Era una fuerza que se hallaba cargada de una conciencia sumamente lúcida de su propio valer, y a través de este, del valer, de la calidad de todo lo que ella había buscado y encontrado en las clases populares.”
Sí, Violeta Parra fue una prodigiosa rara avis en el paisaje latinoamericano. Ella, junto con el argentino Atahualpa Yupanqui, corporizan en el siglo XX los momentos más relevantes del largo proceso de búsqueda y rescate de lo subyaciente en la entraña musical del fin austral del mundo, búsqueda y rescate de aquellos vestigios de lo que habíamos sido antes de desaparecer bajo el peso de siglos de dominación foránea que comenzó en 1492 con la llegada de la primera ola colonizadora a nuestras costas, y que aunque implacable por cierto estuvo lejos de ser la única y la más brutal. Con la llegada de los conquistadores europeos se inicia en América Latina un proceso ininterrumpido de transculturación, que si bien es determinante en la formación de nuestras culturas mestizas actuales, sepultó también parte esencial de nuestra memoria original. Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui son los primeros de la región conosureña que se dan a bucear en ese olvido nuestro de nosotros mismos. Son los primeros que se ponen a hurgar en las infinitudes del desierto, del altiplano, de la pampa, de la selva fría y los archipiélagos solitarios, para sacar otra vez a la luz del día, como trozos de cántaros rotos, canciones, letras, instrumentos, sonidos, danzas, ritmos, todas esas manifestaciones simples y prístinas que reflejan el llamada alma popular o lo que aún quedaba de ella. Pero no se trata de una simple faena compilatoria ni mucho menos científica. Ni Violeta Parra ni Atahualpa Yupanqui eran investigadores académicos. Sus motivos de acción obedecían al instinto, a la emoción, no a la abstracción o la hipótesis. Su contribución en el campo de la musicología no fue  la de desenterrar esqueletos y fósiles, sino fundamentalmente la creación de algo nuevo  a partir de sus hallazgos en terreno. Alguien dijo que si Atahualpa Yupanqui era el padre de la rediviva canción latinoamericana del Cono Sur, Violeta Parra era su madre. Ambos no se conocieron personalmente, pero compartieron y recorrieron un mismo camino.
Un vistazo al inicio y final de la biografía física de Violeta Parra nos dice que ella comienza el cinco de octubre de1917, en un lugar llamado San Carlos, no muy lejos de Chillán, la mítica ciudad-cuna de tantos poetas y artistas chilenos. Y termina  en Santiago el domingo cinco de febrero de 1967, un cuarto para las seis de la tarde, cuando Violeta Parra descarga un tiro de su pistola brasileña “Tigre” en su sien derecha.
La historia latinoamericana muestra que las relaciones siempre difíciles entre el estado burgués y sus artistas populares, suelen mejorar notablemente después de la muerte de estos. Los que en vida fueron vilipendiados, acosados, negados, ignorados y humillados, gozan después de muertos del curioso privilegio de un culto tan piadoso como hipócrita. El caso de Violeta Parra no es una excepción a esta barbarie ilustrada de nuestra “modernidad”. El entonces Presidente de la República de Chile, Eduardo Frei, se apresuró a enviar una gran corona de flores a los funerales de Violeta Parra con la misma deferencia con que un año antes había impuesto en las pocas radios santiaguinas que transmitían minúsculos programas de “música comprometida” la prohibición tajante de que se transmitiera cualquiera canción que hiciera alusión a una masacre de mineros en El Salvador a manos de la policía bajo su gobierno, ocurrida en 1966. Las muchas canciones de “protesta” de Violeta no se libraron de ese perentorio úcase presidencial.
Por lo tanto no debe asombrar que después de su muerte, Violeta Parra comenzó a recibir del aparato institucional del estado el reconocimiento que este le negó cuando vivía. Pero quizás no se trate de un gesto tardío de constricción, sino de una sibilina forma de agradecerle que por fin se callara la boca. Porque la verdad es que el sistema dominante siempre ignoró y despreció a esta mujer fea, desafiante y sobre todo contraria a sus intereses. Ella representaba una otra cultura, la que venía y se hacía en los sectores más desposeídos de la sociedad chilena y latinoamericana. Violeta Parra nunca negó su intrínseca condición de “mujer del pueblo”, como ella misma se definía. Sin caer en el cliché manoseado o en el panfleto político, ella entendió su creación como una crónica descarnada de su pueblo y de su tiempo, como una representación vital de sus esperanzas y desconsuelos. Víctor Casaus afirma que “ahí radica, sin duda, una de las grandezas de su trabajo: no sólo haber recogido, divulgado y recreado las formas musicales y poéticas de las regiones que visitó e investigó, sino también haber comprendido y apresado los tremendos conflictos sociales y humanos que subyacían en aquellos cantos y en aquellas vidas”. Violeta Parra fue una de las primeras que osó romper la mudez cómplice de la “cultura oficial” para expresar con su canto en todo lugar y ante cualquier público, su protesta frente a la injusticia, la iniquidad y todas las lacras congénitas de la sociedad en que le tocó vivir, la que en su esencia no es muy diferente a la nuestra actual. Así, la obra musical de Violeta Parra es la piedra angular sobre la que se alzó posteriormente todo el movimiento de la llamada “nueva canción chilena”, vigente en sus esfuerzos hasta el día de hoy. 
No obstante la falta permanente de apoyo institucional a su labor creadora, Violeta Parra logró gozar en vida del afecto popular. Pero sin que este llegara a traducirse en un mejoramiento concreto y estable de calidad de vida. Su popularidad no fue nunca sinónimo de prosperidad. Precariedad y escasez fueron las constantes materiales de su toda existencia. Habría que decir que su pueblo, del que ella venía y al que ella cantaba, tampoco supo aquilatar en toda su dimensión la presencia de Violeta viva. A pesar de que desde comienzos de la década de los 50 hasta el último día de su vida, su nombre -y principalmente su obra musical- eran conocidos y estimados de manera creciente hasta en el más remoto rincón de nuestra largura geográfica, en su legendaria Carpa de La Reina penaban a menudo las ánimas. Como su nombre lo indica, La “Carpa” no era más que eso: una vieja carpa de circo, con un escenario en el centro de su arena y con capacidad para ochocientas personas. Era al mismo tiempo su domicilio. Allí trabajaba y vivía, al estilo de los artistas de circos nómades, como ella misma y sus hermanos lo fueron durante su infancia. En ese lugar al margen de Santiago, que hoy es pronunciado con el mismo fervor con que se invoca a un santuario, no pocas veces Violeta Parra ofreció sus canciones apenas a cinco o siete espectadores y más de una vez a las hileras de asientos vacíos. A su entierro sin embargo, asistió una multitud que superó las treintamil personas. Al féretro lo seguían cuatro carrozas repletas de flores. Todos los diarios le dedicaron a Violeta Parra en esos primeros días de su muerte, lo que nunca le ofrecieron en vida: sus títulos de portada, ediciones especiales y extensos reportajes recordatorios. La mayoría de las estaciones de radio hicieron sonar por días enteros los mismos temas que por años se habían negado sistemáticamente a incluir en sus programaciones musicales. Dice el que fue su amigo, Alfonso Alcalde, en la introducción a su antología de canciones y poemas de Violeta: “Es nuestra manera de ser, amar a los amuertos y odiar bastante a los vivos. Después –ya idos- les prendemos velas en tales cantidades que con esa suma de dinero se le podría haber pagado al finado un largo reposo para que viviera como un rey. Siempre llegamos tarde.” Como no podía ser de otra manera, naturalmente la excepción en esos días fue “El Mercurio”, el diario de mayor circulación en el país y la yegua madrina de la derecha política y la oligarquía chilenas. Fiel a su manera de ver las cosas, “El Mercurio” no prendió ni velas ni simuló condolencias. Se limitó a informar de la muerte de Violeta Parra en un breve párrafo de treinta y dos líneas a una columna en la página treinta del tercer cuerpo. Pero al día siguiente le dedicó la primera página con fotos a todo color al fallecimiento de la actriz francesa Martine Carol, uno de los símbolos sexuales de esa época. Pero a Violeta no le habría molestado esta discriminación mercurial. Ella misma ya había dicho años antes: “En Chile hay periódicos que no son amables conmigo, los de derecha, de la burguesía. Yo soy una mujer del pueblo. Y cada vez que me ocupo de política, esas personas se enfadan conmigo. Quisieran que fuese solamente cantante. Pero hay personas muy abiertas en la burguesía que me aprecian. La tarea a realizar es unir a todo el mundo, y los enemigos a veces son más interesantes que los amigos.
Esta tarea de unir a todo el mundo a través de la obra artística inspiraba su arte. Consideraba un deber hacerlo. Nunca fue su afán el de abrir fosos que aislaran su creación de los demás sino el de tender puentes en todas direcciones, sin discriminaciones, condiciones ni cortapisas. La universalidad del arte no era para ella una frase, sino una práctica concreta, tangible, al alcance de cada uno que lo necesitara y buscara. Concibió su Carpa de La Reina –su última empresa artística- como un lugar de encuentro de lo nuevo y lo viejo, lo conocido y lo por conocer, y sobre todo como un lugar donde se realizara “el milagro del contacto” entre público y artista, borrando las diferencias entre ellos para que se fundieran en el acto creativo. Por cierto esto no la impedía detenerse en mitad de su canto para hacer callar de viva voz al que osara interrumpirla. No existe en la aún balbuceante historia cultural de América Latina una figura que haya formulado con tanta claridad y alcance un concepto de “arte popular” como el que concibió Violeta Parra.  En un continente de rostros culturales tan diversos y cambiantes como el nuestro, su obra y actividad artísticas han devenido en paradigma de la energía creativa que alimenta y mueve la cultura popular en el sentido más primigenio de la expresión. Si se piensa además que Violeta Parra fue una mujer que vivió, luchó y creó en en medio de una sociedad y un tiempo intrínseca y reaccionariamente machistas, es inevitable que su trayectoria humana y su actividad incansable hayan adquirido en la distancia del tiempo la envergadura y reciedumbre de una araucaria solitaria en lo alto de un rocoso andino. Una que no cesa de crecer.
Como suele suceder en el trato con aquellos muertos que comienzan a vivir de verdad a partir de su muerte, los libros, monografías, antologías, estudios, o conferencias (como esta) sobre Violeta Parra alcanzan hoy con seguridad un volumen varias veces mayor que su obra misma. Y esta fue compleja, extensa y varia. Por supuesto la esfera de su creación que desde siempre acapara la mayor parte de la atención de sus desenterradores y cultores es su música. Esta preferencia es perfectamente comprensible. Basta escuchar cualquiera de sus canciones más conocidas para entender por qué el camino más fácil de acceso a Violeta Parra es su música. No es el único, pero es con certeza el más transitado. Cuándo una canción logra penetrar en lo más íntimo del que la escucha hasta fundirse con él, es un misterio que no creo que sea posible explicar con los rudimentos del lenguaje. Sólo sabemos que ocurre. Sabemos también que no ocurre siempre. Con muchas de las canciones de Violeta Parra este misterio ocurre a menudo.
Hay algunos que opinan que este particular magnetismo de la música de Violeta Parra nace de su profundo conocimiento y dominio de la cultura folklórica, a cuya investigación y apropiación Violeta dedicó parte importante de su vida. Pero tal vez sea esta una opinión demasiado estrecha. La actitud misma de Violeta Parra frente al folklore campesino y suburbano fue muy estricta. Lo escuchaba y estudiaba con un profundo sentido crítico. “Nada ni nadie le impidió discriminar con pasmosa seguridad entre lo valioso, lo mediocre y lo malo de la música vernácula”, recuerda el compositor Alfonso Letelier en su nota necrológica sobre ella. Indudablemente no se puede aislar la obra de Violeta Parra, en especial la musical, de la tradición folklórica de la que nace. El cultivo de la tradición es particularmente reconocible en algunos ritmos, en la instrumentación, en las diferentes formas métricas que ella utiliza en muchas de sus composiciones. Pero se comete un error si se considera a su obra “folklórica” como una simple prolongación lineal de la tradición popular. Tampoco se trata de una mera reordenación o un reciclaje de elementos folklóricos ya conocidos. Un vistazo panorámico al opus completo de Violeta Parra es suficiente para comprobar la inapelable predominancia de su originalidad y su individualidad por sobre todas las otras cosas.
Durante una gira de la Orquesta Filarmónica de Nueva York a fines de los años 50, el director y compositor noramericano Leonard Bernstein conoció y escuchó a Violeta Parra en Santiago, en casa de su amigo el historiador Leopoldo Castedo. La impresión que esta mujer de aspecto desaliñado dejó en él fue tan profunda, que Bernstein años después, en 1961, cuando se realizó una semana cultural de Chile en Washington (la mujer de Bernstein era chilena) en el acto de inauguración al que asistió como invitado de honor, Bernstein la recordó como una mujer extraordinaria. “Un genio”, dijo, que lo había inspirado con su música para varias partes de una misa que él compuso un tiempo después. En esa misma ocasión Bernstein lamentó que Violeta Parra no estuviera presente en esa muestra de la cultura chilena. No podía saber que el nombre de Violeta Parra había sido eliminado de la delegación oficial por decisión personal de Germán Vergara Donoso, Ministro de Relaciones Exteriores de entonces, por considerarla impropia de representar la cultura chilena en el extranjero.


“¡Ay, qué manera de caer hacia arriba esta
y de ser sempiterna esta mujer!
De cielo en cielo corre o nada o canta
la violeta terrestre:
la que fue, sigue siendo,
pero esta mujer sola
en su ascensión no sube solitaria:
la acompaña la luz del toronjil,
del oro ensortijado
de la cebolla frita,
la acompañan los pájaros mejores,
la acompaña Chillán en movimiento
¡Santa de greda de pura!
Te alabo, amiga mía, compañera:
de cuerda en cuerda llegas
al firme firmamento,
y, nocturna, en el cielo, tu fulgor
es la constelación de una guitarra.
De cantar a lo humano y lo divino,
voluntariosa, hiciste tu silencio
sin otra enfermedad que la tristeza
...”
 (Op. cit.)
La creatividad artística de Violeta Parra no se circunscribió sólo a la música, aunque esta sea la más conocida de todas las artes en que incursionó. Pero Violeta no veía grandes diferencias entre escribir una canción o pintar un cuadro o hacer una arpillera. Veía en cada canto un cuadro para ser pintado y decía que las arpilleras eran canciones que se pintan. Así su canto de saludo “Casamiento de negros” se transformó en un cuadro con el mismo nombre y  motivo. Sería asunto tan ocioso como vano intentar separar su creación poética, de la musical o la plástica. De modo totalmente natural ella supo entrelazar la música con otras expresiones plásticas como la pintura, la cerámica, la tapicería, la escultura y también la poesía escrita. Los materiales que usó en su arte fueron los más primarios de todos: la palabra, el sonido, el color, la arcilla, la lana, el papel. Junto a sus instrumentos musicales se alineaban la paleta, la aguja, la espátula, el martillo, los lápices de colores. Sin que uno desprivilegiara al otro. Por lo general, tampoco hay una ruta rigurosa en su creación. Cantaba, bordaba, cosía, escribía, esculpía, tejía, componía, cómo y cuando le bajaban las ganas, sin más plan previo que el que le dictaban sus demonios interiores, que no eran pocos ni mansos ni mucho menos perezosos. “Ando con una nubecita” les decía a sus hijos para significarles que se sentía embarazada de una nueva idea para una canción o una arpillera o una máscara. Si se mira la dimensión de su obra total, se puede deducir que Violeta toda su vida la vivió en medio de esas “nubecitas”.
Cuando en 1964 el Museo de Artes Decorativas de París decide realizar una exposición con pinturas, tapicerías, esculturas y máscaras de Violeta Parra en el pabellón Marsan del Palacio del Louvre, un remezón sacude el vetusto edificio de la burguesía chilena. Es la primera vez que un artista latinoamericano realiza una exposición individual en ese museo de nombradía mitológica. En un comienzo creen que se trata de un error o de un chiste francés de mal gusto. Simplemente no pueden convencerse que en el Louvre se expusieran esas burdas “arpilleras”, esas telas bastas de yute que se usan para hacer sacos, bordadas con baratas lanas de colores. Los juicios (más bien los prejuicios) en contra de la artista eran lapidarios: “No tiene formación académica, no tiene idea de técnicas, de perspectivas, de colores”. Diametralmente diferente es la opinión de Marie Madeleine Brumagne, la crítica de cine y arte francesa que visitó una exposición de las tapicerías y cuadros de Violeta en Laussane. “...Seré parcial sin duda –lo que es contrario a una actitud crítica objetiva- e incapaz de analizar por qué las tapicerías que ella (Violeta Parra) expone en la Galerie de Nouveaux Magasins son plásticamente bellas. Ellas son por otra parte más que bellas, mágicas. Escapan a las normas de juicio cuyo acercamiento razonado se puede explicar ... Violeta Parra no hace de ellas elementos decorativos nacidos de su pura imaginación, sino retratos de gentes que ella ama o no, restitución de recuerdos de Chile sobre la tela para glorificarlos o exorcizarlos. Se asiste al nacimiento de un mundo en que violencia sorda y ternura fecundante se corresponden... sus obras sobrepasan los encantos fáciles y engañosos del exotismo o del folklore de pacotilla... Obras inocentes, primitivas pero cargadas de experiencia, ricas en técnica y trascendencia vital”.3 Esta opinión no es la única. Pero a la “cultura oficial” chilena esta exposición de Violeta Parra en el Louvre le parece simplemente una grotesca tomadura de pelo. Sólo se convence que este desatino es cierto, cuando se enteran que la Baronesa de Rotschild ha comprado uno de los tapices de Violeta (“Thiago de Mello”). El dinero de una Rotschild es siempre criterio indesmentible de verdad.
A fines de 1964, a su regreso en Santiago, después de provocar la admiración tanto de la crítica como del público lego que visitó sus numerosas exposiciones en Francia y Suiza, a Violeta Parra la esperaba en su país la acostumbrada indiferencia institucional a la que se enfrentó toda su vida y que la acompañó hasta su muerte. Consultada en 1982 si el Museo de Arte Contemporáneo de Chile estaría interesado en mostrar algo de la obra pictórica de Violeta, su directora de entonces respondió: “No sé si tendría interés. Bueno, quizás como cosa curiosa.“ De una forma quizás más disimulada pero no menos efectiva esa indiferencia se mantiene vigente hasta el día de hoy. De otro modo no se comprende que en el Chile actual aún no exista el Museo de Violeta Parra. Su obra plástica aún continúa dispersa por el mundo, sin que nadie se preocupe de intentar lograr reunirla bajo un mismo techo en el país que ella extrañamente tanto amó. Sus pinturas, arpilleras, esculturas, máscaras se encuentran desparramadas en Argentina, Cuba, Brasil, Francia, Suiza, Finlandia y otros países. Tan sólo en una galería en Ginebra hay más de cien piezas de su obra, otras cuarenta están en manos de personas privadas en Argentina. En Chile no existen más de veinte.

EL FIN

El último disco que grabó lleva un nombre agorero: “Las últimas composiciones de Violeta Parra”. Salió al mercado veinte días antes de su muerte. Más que un disco es un testamento sin notas al pié de página. El eco de sus últimas palabras. Esta grabación contiene las que son tal vez las canciones de amor y odio más intensos y vívidos de la historia musical chilena. Como en sus cuadros y arpilleras, la poesía de lo aparentemente elemental alcanza en ellas la profundidad misteriosa de los siglos y los espejos.
Hay coincidencia en todos los que la conocieron de cerca que Violeta no fue una mujer fácil. Más bien temible, brusca, insoportable en sus momentos de depresión y también en sus alegrías. Fue “un ser humano” –dice su hija Carmen Luisa-  “que se equivocó y con el que nos equivocamos”. Y como ser humano, su hambre de amor fue tan enorme como las dificultades para encontrarlo. Toda su vida se sintió fea, lo que es mucho peor que serlo. Acaso fue ese sentimiento infeliz la que la llevó a crear tanta belleza. No lo sabemos. La causa de su muerte fue simple: una bala calibre 22. Sobre los motivos de su suicidio sólo se puede especular.

            “Bueno, Violeta Parra, me despido,
            me voy a mis deberes.
¿Y qué hora es? La hora de cantar.
Cantas.
            Canto.
                      Cantemos.”

(De “Elegía para cantar” – Pablo Neruda)



1 Eduardo Galeano, „Literatura y cultura popular en América Latina”, Barcelona, 1980
2 Gabriel García Márquez, “Un manual para ser niño”, Bogotá, 1992
3 „Tribune“, diario de Laussane, Suiza, 5 de febrero 1965.

1 comentario:

  1. Gracias por los textos obsequiados. Si vienes a Valparaíso podemos caminar un rato juntos y conversar un poco. Marcela

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